Observo a menudo que la imagen ocupa un lugar muy importante en la
escala de prioridades de cada persona y más aún si esta se ubica en un
lugar visible de nuestra sociedad. Pasamos mucho tiempo detrás de ella,
en especial cuidando aspectos visuales que puedan dar a entender lo que
deseamos proyectar. La imagen personal es importante cuidarla, ya que
es lo primero que los demás ven de nosotros. Cuando una persona se
presenta ante otras, antes de pronunciar una palabra, ya está
transmitiendo datos e ideas, aún sin quererlo. Aunque no seamos
conscientes, todos proyectamos nuestra personalidad a través de la
imagen que ofrecemos al exterior.
Sin embargo, sin darnos cuenta podemos tener una imagen en el trabajo y
otra en la familia e incluso entre los amigos, la cual se proyecta
hacia los demás como un estilo de grupo y este, posteriormente, se
traduce en teorías y argumentos que nos llevan a tomar decisiones sobre
las situaciones que vivimos a diario.
El boom de la publicidad masiva en Estados Unidos en los años sesenta
llevó a muchas empresas a estimular la venta de sus productos a través
de la capacidad de seducción de la imagen, e hizo recobrar el viejo
proverbio chino que reconocía que "una imagen vale más que mil
palabras".
En los tiempos que vivimos nos quejamos de toda una sobrecarga de
falsedades y antivalores que desem- bocan en problemas sociales cada
vez más graves, y en donde también ocupa un lugar la imagen de la
sociedad, tan vacía y en ocasiones contradictoria. Allí la criticamos
con fuerza, solo que esa fuerza no es suficiente para mover o cambiar
el rumbo de problemáticas complejas en nuestro país.
Entonces va la pregunta: ¿qué podemos hacer?
Pues bien, debemos mirar en nuestro interior y comenzar a alinear
nuestros valores cristianos con los deseos de cambio que tenemos,
comenzando por nuestra primera sociedad núcleo, la familia, y ocuparnos
de que en ella no se encuentren arraigados condimentos que contribuyan
a un futuro que no construye. Pues esencialmente somos imagen y
semejanza de un Dios que es amor, misericordia y fortaleza pura.
La regla de oro para transmitir una buena imagen es: "estar a gusto y
seguro con uno mismo" y a partir de ello trabajar por el bien común con
el testimonio, pues la imagen que proyectemos será el testimonio que
atraerá masas para alcanzar cambios significativos.
Debemos definir acciones y reacciones más acordes con una imagen de
sociedad más equitativa, fraterna y próspera. Sin culpar a generaciones
pasadas, actuales o futuras, más bien analizando las fortalezas de cada
una y planificando mejores propuestas con alto grado de convicción y
compromiso, y de esa manera nuestra imagen sí aporta y mucho.
Evitemos ser tan poco expresivos ante las injusticias y tan poco
participativos, formemos una masa crítica que promueva cambios
positivos y rechace todo tipo de incoherencias con fuerza y firmeza.
Tomemos el desafío hoy de mirar cada día en nuestro interior y ser
reflejo e imagen de una persona cristiana y por qué no, cambiar
actitudes de indiferencia o conformismo y dar una mejor imagen de
jóvenes a este Paraguay que tanto nos necesita y que lo necesitamos
para contribuir positivamente a los cambios del mundo.