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(Reorientemos
el Materialismo Dialéctico)
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Consideramos
que el tiempo completo de relajación del Sistema Capitalista espera
todavía por muchas vueltas alrededor del Sol. La libre
convertibilidad del explotado en explotador y el virulento contagio
de este sistema potencian y convierten a favor suyo hasta el más
ilustrado de los asalariados de formación marxiana y marxista. |
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Entiéndese
por formación marxiana la adquirida directamente de las obras y
ediciones propias de las manos y cerebros de Karl Marx y Federico
Engels. Entiéndese por f. marxista la posteriormente derivada de las
obras, versiones y ediciones de los intérpretes de la obra de aquellos.
Tomemos
como ejemplo los Nobelados de la Literatura y Economía desde los
años finales del Siglo pasado. Casi todos los artistas, literatos y
pintores y músicos de elevado intelecto fueron severos críticos de
las injusticias cometidas por los gobernantes y poderosos de todos
los tiempos. De un tiempo para acá eso ha sufrido notorios y
reversibles cambios. Por ejemplo, Karl Marx representó (y lo sigue
haciendo) el crítico más objetivo y contumaz del Capital como
formación socioeconómica o modo de vida bajo condiciones de
explotación de muchos hombres por sólo unos pocos, relativamente
hablando.
El
genial Beethoven optó por suprimir el Epitafio en el nombre
original de su preciosa “Tercera Sinfonía, Eroica( Emperor)”. Lo
hizo como reacción a la conducta proimperialista sorpresivamente
asumida por Napoleón Bonaparte cuando éste se autocolocó la
corona correspondiente. El epitafio eliminado expresaba la
complacencia anterior del compositor, puesto que la dedicaba a la
celebración de la memoria de un gran hombre.
Veamos
la Alta Gerencia y Administración de las empresas burguesas de
mayor giro económico. Casi todos esos factores terminan como socios
de poderosas empresas capitalistas.
Fijémonos
en la inapropropiadamente llamada Clase Media de los países del
mundo mercantil. En el grueso estadístico de todos esos asalariados
se puede observar una sumisión absoluta de la gestión imperialista
y globalizadora del gran patronaje burgués. Estos aristocratizados
de la plantilla salarial suelen desentenderse de la hambruna
generada en el mundo burgués. En su defecto, usan a esta con fines
económicos para repotenciar y alimentar el mismo sistema que los
engendra a ellos y a la hambruna e intranquilidad sociales que nos
caracteriza desde hace más de 2 cientos años de europeizada
industrialización burguesa.
La
fuerte y eficaz virulencia de la mercancía capitalista es tal que
basta una de sus unidades para llenar de ellas el amplio espectro de la
economía del país, de una región y hasta del planeta mismo.
Fue
a partir de la primera contrata de mano de obra no esclava ni feudal
que todo esto comenzó. El hombre que no tiene nada qué vender
como producto suyo, sino su propia fuerza de trabajo, más tarde o
temprano termina vendiéndola al primer patroncito que le proponga
comprársela. De allí en adelante el comprador se hace capitalista y el
vendedor asalariado, burgués y proletario, el primero
explotador y el segundo explotado, y todo ocurre ante la mayor
incredulidad de legos y leídos.
Luego
de esa prologación, pasemos a enumerar y admirar los innegables
encantos del sistema de vida más perfectamente desarrollado hasta
ahora en materia de “explotación del hombre por el hombre”, y
por sí mismo, agregamos nosotros:
Comprar
mercancías útiles y necesarias para sus consumidores
potenciales, limitarnos a su exposición en los inventarios de
cualquier tarantín, y dedicarnos cómodamente a esperar por sus
ansiosos compradores, es una de la pocas tareas laborales a las que
pueda dedicarse una persona, y si además con esas transacciones de
compraventa su practicante logra lucrarse y hacerse rico y hasta
muy rico, entonces, ¡bienvenido sea! el sistema que ha
comercializado la producción de las mercancías y convertido
al mundo en un mercado máximamente generalizado. Este mercado es
comprensivo de la producción y compraventa del dinero, de las
materias primas, de la producción y venta de los medios de
producción, y, lo más interesante, representa un sistema de vida
que logró convertir a la mano de obra feudal y esclava en una
mercancía libre y semoviente, encantadoramente productora de otras
mercancías, como tal, susceptible de compraventa y en la cual se
halla la base y la fuente de todo tipo de enriquecimiento económico.
Esta mano de obra incluye técnicos, científicos y artistas,
burócratas y filósofos.
Fíjese
usted: Que un trabajador diligente, industrioso y vocacionalmente
trabajador logre con su salario hacerse de un modesto capital
burgués, o tomarlo a préstamo de algún ente financiero, con el
cual iniciar prósperamente su carrera como explotador de otros
asalariados como él, o inferiores a él y hasta superiores a él,
no puede menos que admirarse como una de las incuestionables
“bondades” de este sistema, aunque detrás de sus deslumbrantes
encantos haya terminado escondiéndose la más perversa forma de
vida sociohumana.
Si
bien es cierto que los pocos y grandes explotadores pertenecientes a
la Alta Burguesía se forman por la decantación piramidal de la
inmensa masa de explotadores, tenemos que reconocer que quedan en su
amplia base los numerosos comerciantes medios y detallistas, los
pequeños y medianos productores. Todos ellos representan una
considerable cantidad de trabajadores y ex trabajadores obviamente
satisfechos con el sistema, aunque vivan permanentemente quejándose
ante cualquier impedimento regulador de la avaricia sembrada en todo
comerciante, en todo industrial de un sistema que no conoce límites
superiores para el enriquecimiento personal, habida cuenta de que cada
“dólar” de riqueza adicional se integra al capital de
propiedad privada y personal.
Otro
encanto no menos importante es literalmente poder renacer de sus
propias cenizas. El ejemplo nos viene dado por la extraordinaria y
creciente recuperación de la economía capitalista luego de
profundas debacles o crisis económicas experimentadas en reiteradas
oportunidades, al punto de haber incorporado como suyos los famosos
ciclos de la economía burguesa. Sólo zozobran y sucumben los
capitalistas de menor giro sobre los cuales pesan mucho las
eventualidades y azarosos vaivenes del mercado.
Ahora
bien, es difícil hallar consensos entre trabajadores y explotadores
medianos y pequeños en materia de renuncia al sistema que, en primer
lugar, es el único que han conocido. En segundo lugar, renunciar al
sistema que les ha permitido vivir holgadamente, y en tercer lugar un
sistema de vida donde probar que unos hombres explotan o viven del
trabajo ajeno de sus trabajadores es todavía materia de discusión e
incredulidad casi generalizada.
Porque,
sencillamente, el grueso de los trabajadores asalariados no
experimenta la explotación como lo hacía el siervo medioeval y el
esclavo de más atrás. El asalariado no se capacita concienzudamente
para renegar de su patrono como persona que lo
explote, mientras aquel logra de ésta mejoras salariales y todas
esas reivindicaciones que han permitido el fomento y mantenimiento
del estrato sindical.
Esas
bondades y encantos capitalistas pasan a convertirse en poderosos
prejuicios antisocialistas que terminan coadyuvando con el patronaje
y negando las aspiraciones revolucionarias de las minorías de
trabajadores que van renunciando a la conciencia burguesa y
sustituyéndola por una verdadera conciencia proletaria.
24
de
mayo
de 2009
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