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EMAIL RECIBIDO DE CARLOS ARDISSONE |
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De:Carlos J. Ardissone Fecha: Wed, 20 May 2009 10:13:43 -0400 Asunto: opinión
A poco del fracaso de la última etapa de la ofensiva multisectorial contra el gobierno, iniciada con el escándalo de las paternidades del presidente y terminada con la marcha de las organizaciones sociales que no reunió más que a un raleado grupo de tontos, los conspiradores continúan su gimnasia. Hoy, por ejemplo, el editorial de ABC, a página entera, se refiere a las reivindicaciones paraguayas sobre Itaipú. Hace recomendaciones al gobierno y advierte al Brasil, pero no dice una palabra de la unidad del pueblo paraguayo en esta campaña internacional iniciada por el gobierno nacional. ABC parece pretender figurar entre los paladines de esta campaña pero, al mismo tiempo, debilita al gobierno con su prédica ciega contra él. La información de ABC es groseramente sesgada; día a día publica rumores, comentarios no confirmados y noticias simplemente falsas. Diariamente ABC pública, obligadamente, rectificaciones y desmentidos de los responsables de las oficinas oficiales afectadas por la desinformación. Pero lo grave es que ABC no es el único medio que cae en esta grave falta contra la gobernabilidad, contra la paz mental y psíquica de la población: la mayoría de los otros medios también se lanzan a una carrera comercial grosera que parece pregonar la mercadería solicitada por la irreflexión, por el gusto del escándalo y del chisme de la calle.
El gobierno se ve acosado por el periodismo, por sectores políticos y grupos gremiales. Los liberales llevan su espíritu faccioso al gobierno del que participan y en vez de sumar restan energías constructivas. Trabajadores de la educación –no educadores- hacen huelga tras huelga e indecorosas movilizaciones por trivialidades o por cuestiones que, dado el nivel de su preparación intelectual según exámenes conocidos, escapan a su comprensión. Sectores sociales compuestos o manejados por facinerosos paralizan el tráfico de la capital y de rutas nacionales con movilizaciones más o menos violentas. Gremios empresariales se suman al desorden general con críticas acerbas o demandas impacientes.
Y el gobierno del presidente Lugo no reacciona. Estamos ante, entre otras crisis, una crisis de autoridad, la peor que puede afectar al Paraguay. De la crisis económica global saldremos al parecer no tan mal parados, pero cuando en el Paraguay el gobierno da señas de debilidad el pronóstico es sombrío. Este no es un pueblo de marchar disciplinado y consciente; aquí los triunfos políticos no se obtienen discutiendo decentemente, se ganan a los gritos, coimeando, a garrotazos o a los tiros. No se puede gobernar un país cuyo Congreso cuenta entre sus miembros más destacados a varios senadores de pésimas reputaciones, algunos reclamados por la justicia y defendidos por sus colegas en sacrílega interpretación a sus fueros; los diputados forman un grupo lamentable de ignorantes y gente de antecedentes poco conocidos. Los miembros del Poder Judicial, comenzando con una Corte Suprema de mala fama, sigue con demasiados jueces y fiscales denunciados como delincuentes desvergonzados. La administración pública ya no es el coto de caza de los colorados, pero sigue plagada por la corrupción, enfermedad cultural endémica del Paraguay. Sindicatos y gremios siguen siendo trampolines desde los cuales sus dirigentes persiguen sus intereses particulares sin cuidarse del interés legítimo general. Y la masa ciudadana pronta a exigir ruidosamente todos sus derechos y aun más, pero olvidando sus deberes más elementales. Y suma y sigue.
Los partidos no desempeñan su función orientadora y auxiliar del gobierno de la sociedad. No adoctrinan, no incuban ideas. No critican, execran. No negocian, comercian y mercan. El periodismo miente, engaña, defiende intereses particulares, se lo acusa de vender su influencia.
Y el gobierno se debate en infinita desorientación. Apoyado para las elecciones por un concierto en seguida desconcertado de grupos políticos incompatibles y deudor de favores a todos ellos, no acierta a gobernar con la eficacia necesaria ni a dar la tranquilidad que el pueblo espera.
En estas condiciones, se pueden predecir horas trágicas para la nación. Resta, sin embargo, la esperanza de que de algún sector salga una voz que llame a una concertación de salvación nacional del que formen parte fuerzas capaces de asumir conductas adecuadas. Los intelectuales deben encontrar lugares desde los cuales debatir y señalar senderos. La educación nacional debe encararse con urgencia para resucitar valores perdidos y erradicar los que nos agobian. El gobernante debe comprender lo básico de la administración del Estado. Urgentemente debemos hacer lo que podamos para obligar a los medios a ser objetivos y ecuánimes. Y que la Providencia nos ampare.
Carlos J. Ardissone 20.5.09 |
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