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El desarraigo y el amor a la familia
Estimados compatriotas
Amigos y amigas
Días pasados se cumplió el sexto aniversario del fallecimiento de mi
madre. Mucho tiempo; sin embargo, poco. Hasta hoy tengo ganas de
llenarla de abrazos y besos, me dan ganas de ir a buscarla a casa,
hacerle bromas con mis hermanos, aunque sé que nunca más estará entre
nosotros. Basta imaginar (no es difícil porque muchos de nosotros sufren
esta situación) a la querida madre en Asunción o en el interior de
nuestro país y nosotros aquí (a miles de kilómetros) en un rincón del
planeta, lejos de ella y no poder verla, atenderla o abrazarla siquiera
tan solo por algún tiempo, y otros con menos suerte que ya la perdió,
como en mi caso; otros incluso antes de hacerla sentir y disfrutar
merecidamente el cariño que le debe un hijo a una madre, por encontrarse
separados geográficamente en otros países o continentes por
circunstancias diferentes y otros caprichos del destino. Hermosa pero
injusta es la vida, ¿verdad?
La crudeza de la distancia es una realidad tal que nos obliga a
enfrentar el desarraigo y ser despojados de los nuestros, y es cuando no
queda sino tentar a la suerte, pero más injusto aún es que cuando apenas
hallamos cierta estabilidad económica y hasta emocional tengamos que
resignar ante la desidia institucional de la República, somos deportados
o tenemos que irnos por voluntad propia por no contar con los documentos
legales para ser residentes. Son muchos los compatriotas que fueron
deportados, unos 600 aquí y más desde España tras ser humillados y
maltratados. ¿Quién se apiada de los compatriotas, quién sabe de todo
eso? ¿El Consulado?, ¿El presidente Nicanor Duarte? ¿Los candidatos
oficiales a la Presidencia? En realidad, a ciencias ciertas nadie sabe
cuántos ya fueron deportados, presionados y que volvieron humillados a
sortear la pobreza que fomentan cada día más los políticos de turno.
Se acuerdan que más de 200 familias paraguayas fueron engañadas para
conseguir un estatus migratorio para residir legalmente en este país con
la idea de poder superarse … un hermoso sueño que fue brutalmente
truncado para estos compatriotas. En el pasado mes de noviembre deberían
haber sido deportados muchos compatriotas y nadie sabía nada.
Mientras caminamos nuestro camino con egoísmo, y si caminamos de lado
para no ver la verdadera realidad en que vivimos, no podremos analizar y
discernir nuestra verdadera situación. Aceptar la dura realidad es el
punto de partida para buscar los mecanismos e ideas para encontrar
soluciones.
Imaginen, ¿cuánto tenemos que caminar aún para asumir, unirnos y
apoyarnos entre compatriotas, a partir de nuestra condición de migrantes?
¿Cuánto tiempo más estará presente la arrogancia entre compatriotas que
nos impide ver la realidad y nos impide caminar juntos?
Sabemos de la malaria política de nuestro país, donde nuestros derechos
ciudadanos no son considerados; por lo tanto, prestos para destruir
nuestros sueños de volver algún día a nuestro querido país o ser
expulsados sin postergar. Es hora de gritar que el responsable de
nuestra situación aquí, de que muchos sean expulsados sin auxilio ni
protección y demás situaciones escabrosas, preocupaciones y otros
sufrimientos no es más que la plaga instalada con todos los parásitos en
el Gobierno por más de medio siglo y que convirtieron a nuestro hermoso
y rico Paraguay en un país de miserables, de los que tienen que migrar
para lograr vivir dignamente, aunque se nos parte el corazón. ¿No es
momento acaso de buscar otras alternativas? Somos nosotros los que
tenemos que dejar este camino erróneo de escuchar y elegir a estos
parásitos y maltrechos políticos como Nicanor y su acólito Galaverna.
Como decía monseñor Rolón, con hombres escombros no se puede construir
un nuevo país.
Hoy los que vivimos esparcidos en los distintos rincones del mundo
exijamos que nos devuelvan el derecho que nos robaron, el derecho de ser
ciudadanos paraguayos, libres de elegir a un presidente que nos
devolverá la dignidad y la esperanza de un nuevo Paraguay. Asumamos la
tarea de invitar a los parientes y amigos residentes en el país que
reciben los frutos de nuestros esfuerzos, el fruto del trabajo que ellos
no tienen en el país, a que apoyen la idea de los que miramos de lejos.
Distribuidos en varios lugares de Asunción se han instalado, ya desde
hace un tiempo, enormes carteles con un Cristo yaciente y doliente en la
cruz y con la corona de espinas en la cabeza. Estos carteles de los que
no sabemos su origen dicen: “Cristo, ten piedad del Paraguay”. Sí
nosotros no cambiamos, la situación persistirá, seguiremos enfrentando
situaciones donde nuestros parientes queridos desaparecerán en nuestra
ausencia, tendremos que volver, no porque queremos sino porque nos rajan
y solamente nos quedará la opción de encomendarnos al cielo.
¡Que Dios les bendiga a todos los paraguayos que viven y no viven en el
Paraguay!
24 de enero de 2008
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