ESTADO SINDICAL EN EL SECTOR PÚBLICO


Luís María Fleitas Vega
Ingeniero Agrónomo
Master en Desarrollo

 

 

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Todas las sociedades humanas se rigen por códigos y convenciones colectivas. Los códigos no siempre provienen de las tradiciones y buenas costumbres, así como las leyes; sino de las mentes que los engendran; normalmente son dictados por un líder o una élite providencial e iluminada, que está amparado por un poder político.


Dicho poder nace de una gran sabiduría, del temor generado por las armas o de la lujuria engendrada por el dinero.

Los códigos más antiguos conocidos, como el de Hamurabi en la antigua Mesopotamia, o el de Moisés, emanado en el desierto del Sinaí, hace cuatro mil años aproximadamente, con-tenían reglas básicas de moral, de virtud y de salud pública.

Salus populi, suprema lex est

Los códigos y leyes actuales son una copia burda de aquellos. Aunque sus progenitores se esfuercen por encuadrarlas dentro del concepto de “modernas, rápidas y baratas”, solo han confirmado aquel adagio que reza: el rico las crea, los pobres las cumplen.

El hombre, genéricamente hablando, siempre se ha divertido creando leyes que atentan contra las buenas costumbres. Lo hemos visto desde la antigua Ur de los caldeos, hasta la última vendetta de la Cámara de Diputados del Paraguay contra un director de la Policía Caminera. Incontables proyectos de leyes contradictorias, absurdas, ilógicas y ofensivas a la razón se pasean por nuestro sistema legislativo.

Sin embargo, otras leyes como aquella lograda vía referéndum, les devolvió a los paraguayos residentes en el extranjero sus derechos civiles conculcados en la Constitución del 92. Aquí vemos al propio soberano (el pueblo) confeccionando su propio código ante la hipocresía de aquellos que pretenden el vitaliciado político.

En este contexto de sutilezas y disfraces abundan las medias verdades, las omisiones y las mentiras. Mientras un partido centenario decía públicamente que apoyaba el referéndum, no completaba ni el 2% de las mesas electorales; tampoco promocionaron, salvo en sus arcaicas seccionales de extramuros.

De un extremo a otro

John Kenneth Galbraith, economista de origen canadiense, profesor de Harvard y editor de la Revista Fortune, expuso en la década de los 50 una teoría económica que demuestra la dominación de las grandes multinacionales sobre los Estados. Lo hizo en una trilogía literaria publicada en EE.UU., país que lo honró con la ciudadanía.

En su primera gran obra, Capitalismo americano (1952) señala que las grandes corporaciones han desplazado a los pequeños negocios de carácter familiar, y, como consecuencia, los modelos de competencia perfecta no pueden ser aplicados en la economía. Una forma para contrarrestar ese poder, según Galbraith, es el surgimiento de grandes sindicatos.

En La sociedad opulenta (1958), sin embargo, contrasta el poder del sector privado con la debilidad y la corrupción del sector público. Finalmente, en El nuevo Estado industrial (1967) señala que las grandes corporaciones dominan el mercado. La gran productividad y el nivel de sus operaciones les permiten controlar los grandes mercados. Evidentemente, Galbraith hablaba de sindicatos verdaderos, que luchaban por genuinos derechos laborales enfrentando a empresas expoliadoras que, al contar con suficiente poder económico, dominaban a un Estado débil y corrupto.

Sin embargo, lo que en esta serie trataremos de analizar es un nuevo tipo de poder que se está enseñoreando en Paraguay: los sindicatos del sector público. Es a la inversa del fenómeno desmenuzado por el economista de Harvard. Es la nueva “profesión” del Estado, apenas un poco menos rentable que la política criolla.

Desde la caída del régimen colorado en el 2008 estas corporaciones, hoy vitalicias, han doblegado a los tres poderes del Estado. Pero es bueno aclarar que el trabajo fue de hormiga y se inició al día siguiente de la caída de Stroessner. Así han “controlado” el Poder Judicial las veces que han pedido aumento. Han controlado el Congreso haciendo manifestaciones en las plazas anexas. Otros sindicatos han sacrificado a ministros y cerrado aeropuertos internacionales con la falacia de no ceder un bien “estratégico” en administraciones privadas transitorias.

El viejo discurso colorete de “trabajo en primer lugar” une a una falsa izquierda con el viejo híbrido estatista en una maraña prebendaria y corrupta. Es la teoría de la bóveda: si cae uno, caen todos. El cuco del despido hace que los planilleros y empleados ineficientes otorguen fueros y quórum a unos dirigentes que los apadrinan. Es la mafia de Don Corleone otorgando “protección” a los trabajadores con la política del terror.

Lo que no perciben los incautos, mezclados en lodo con estos dirigentes del atraso, es el lema tácito de los falsos sindicalistas “hoy por mí, mañana por mí, y pasado también por mí”.

He visto a muchos lobos gremialistas acostarse con políticos profesionales hasta lograr una gerencia o un directorio, sin más méritos que un titulito de cuarta, comprado en uno de los tantos quioscos académicos. En este “cambalache” se unen los congelados, los saldos y retazos y conspiran en sus madrigueras, de noche y de día. Tienen tiempo para escribir comunicados, cartas y panfletos, denostando a los trabajadores honestos y halagando a los aprovechadores.

Es lo que han hecho últimamente la mayoría de los sindicatos del Estado. Cuando les conviene firman notas a favor y cuando no, te salpican con su propia hediondez; es que gozan de la impunidad de la carroña. Nadie en su sano juicio las quiere patear.

Poder. Un nuevo tipo de poder que se está enseñoreando en la República del Paraguay: los sindicatos del sector público.

Fueros. El cuco del despido hace que los planillleros y empleados ineficientes otorguen fueros y quórum a unos dirigentes que los apadrinan.


Asunción, 20 de noviembre de 2011






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