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Existe
la idea de que lo antiguo no sirve, salvo para el museo o la
historia. Nuestra reciente historia política demuestra lo contrario.
Vale hacer una comparación del modelo de democracia que existió en la
Grecia antigua con el que hoy tenemos en Paraguay, para comprobar que si
bien tienen un título en común, "democracia", el contenido y las formas
son diferentes
En la
democracia griega y de forma muy rústica, los ciudadanos realizaban un
mínimo de diez reuniones al año para decidir sobre las cuestiones de
ciudad. Ellos votaban muy a menudo en las llamadas asambleas que reunían
hasta 6.000 personas, todos varones, sin otro límite que ser ciudadanos.
La
igualdad era esencial.
El mercado era el sitio donde se realizaban las asambleas. Es
posible imaginarse que los antiguos griegos tomaban las decisiones más
importantes en el mismo lugar donde los mercaderes anunciaban a los
gritos sus productos: licores, prendas de vestir, pescados, verduras,
etc. Era también el sitio donde se informaban, conocían los asuntos que
eran de interés colectivo, pero también donde en forma secreta o pública
se rumoreaba, se intrigaba y se hacía lobby para alguna causa.
El
interés colectivo debía ser ventilado públicamente.
Cuando se tenía que tomar una decisión muy importante, se
permitía a cada uno de los ciudadanos el uso de la palabra. Hablar era
muy importante, pues un buen orador podría orientar la decisión de los
asambleístas. Se utilizaban varios métodos de votación. En ocasiones, se
levantaban las manos pero en los casos muy especiales, en particular
donde se decidía la vida de las personas, se utilizaban piedras de
colores negras y blancas o bien escribían en caparazones de ostras y
depositaban en una ánfora para su conteo.
La
libertad de expresión debía ser ejercida.
En el mercado y con esas formalidades, los griegos
construyeron una de las civilizaciones emblemáticas de la humanidad e
hicieron de la igualdad, la libertad de expresión y la supremacía del
interés público sobre el privado los cimientos del mundo democrático
sobre el que decimos pertenecer.
En nuestro Paraguay poststronista, también se realizan
asambleas, quizás de manera más fácil porque se convoca a grupos que se
llaman a sí mismos convencionales de partidos políticos y que según
nuestras leyes nos representan políticamente. Seguramente, por esta
razón se disponen de lugares especiales, micrófonos para hablar sin
esforzar la garganta, amplificadores para ser escuchados por la
totalidad de los asistentes, urnas electrónicas para tener certeza y
rapidez en el conteo de los votos y además se pueden trasmitir en
directo por las radios y canales de TV para que la sociedad pueda
informarse, así como fotografiar y transcribirse los hechos en los
diarios, para analizarlos con cierta calma.
Sin embargo, es imposible compararnos con esa Grecia, nos
separan más de 25 siglos y toda la evolución que eso supone. Las
asambleas políticas no son iguales y las recientes actuaciones de los
partidos políticos tradicionales demuestran que muchas formas han
cambiado, pero esencialmente demuestran que no tienen los mismos
contenidos.
Nuestras asambleas se convocan de vez en cuando y a criterio,
necesidad o interés de los que tienen el poder; los convocados integran
sectores comprometidos con algún liderazgo, muy pocos tienen
independencia de criterio; en los sitios de las asambleas sin ser
mercados apenas se puede hablar o escuchar; las informaciones previas
son escasas o manipuladas y la sociedad, que no participa del evento,
conoce muy poco lo que tratan y menos de lo que se decide en esas
reuniones.
Continúan el rumor, la intriga y el lobby, pero los resultados
son el fruto de acuerdos "a oscuras" y previos al debate asambleario,
casi siempre sin tener en cuenta los intereses colectivos.
Un dato final nos demuestra cuánto ha cambiado "la democracia":
la votación escrita o secreta está ausente; ahora se vota levantando las
manos o moviendo los pies para pararse o sentarse.
En nuestra "democracia", hasta Alfredo Stroessner regresó
físicamente bajo el pseudónimo de "Goli". No será necesario que se
repita aquella famosa frase del 4 de febrero: "en esas fotos falto yo"
porque su historia parece retornar.
1º de noviembre de 2005.
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