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Aníbal
Solís murió en su cama, en la calurosa medianoche del pasado jueves. Lo
hizo como había vivido; sin emitir una sola queja, sin incomodar a
nadie, sin hacerse notar para nada. Silenciosamente. En su modesta casa
del barrio Republicano, donde había vivido los últimos años con ejemplar
modestia.
Pocos
saben que me refiero al último paleógrafo del Archivo Nacional; es
decir, alguien capaz de leer de corrido esos abstrusos garabatos de la
época colonial, porque garabato es la única forma de denominar los
signos de la escritura de esa época. Entre los estilos de escritura de
esa época debe incluirse la neblinosa “escritura encadenada” del siglo
XVI que pocos pueden descifrar. Requiere conocimientos y, desde luego,
mucha práctica, para evitar que el trabajo se demore hasta alcanzar la
fastidiosa velocidad de la tortuga.
No hubo historiador de la época colonial cuya obra no tuviera como
soporte documental algún texto rescatado por Solís de la oscuridad.
Tampoco faltó alguno que recibiera como obsequio la versión, vertida a
un español actual, de algún extraño manuscrito tres veces centenario. O,
lo que es decir de otro modo: una joya invalorable.
Solís había sido funcionario del Archivo Nacional durante toda su vida,
desde la época en que por allí todavía andaba don Juan E. O´Leary, o
cuando el casi mítico Doroteo Bareiro trataba de evitar la destrucción
de los valiosos documentos guardados en esa vieja casona. Allí Solís
aprendió las destrezas del paleógrafo con el mismo método recomendado
por el poeta: “Caminante no hay camino / se hace camino al andar”. Así
se fue convirtiendo en parte del paisaje, en una sombra más, en el
mueble indispensable que justifica un rincón.
Ganaba 900 mil guaraníes al mes, por un trabajo que hubiera permitido
una vida holgada a un colega europeo o norteamericano. Hace poco,
después de gestiones realizadas por algunos amigos, entre los que me
incluyo, su salario ascendió a la increíble suma de 1.600.000 guaraníes.
Tuvo la jubilosa oportunidad de cobrar ese salario durante dos meses.
Falleció antes de cobrar el tercero.
Duele pensar que cualquier bípedo implume, con un vocabulario de
trescientas palabras, puede ganar el triple sin otra sabiduría que la de
saber batir el parche al paso de alguno de los adustos próceres de la
transición. O que el Parlamento despilfarra el dinero público en colmar
de pensiones graciables a una vasta colección de zopencos, a los cuales
la República no les debe nada, salvo un bozal para frenar su voracidad;
o un diccionario, para que aprendan a utilizar el español.
Es imposible no pensar que desde hace más de medio siglo escuchamos
diariamente el himno triunfal del nacionalismo, cuyos jefes sollozan de
emoción cada vez que se acuerdan del mariscal López. Me parece un
monumento a la hipocresía. Por eso, tengo la sospecha de que la única
lágrima que cae de los ojos de estas eminencias es arrancada por la
emocionada contemplación de una pila de billetes que, ciertamente,
ostentan la cara barbada y pensativa del mariscal.
El Archivo Nacional de Asunción es el más antiguo del Río de la Plata y
contiene documentos de inmenso valor, que durante años se fueron
convirtiendo en trizas, en polvo, en nada.
Entre ellos, los que se relacionan con la independencia, de 1811, que
pronto acompañarán a Solís a un mundo polvoriento y borroso habitado por
espíritus puros. Un mundo de armonías celestiales, donde las letras
volverán a unirse para formar palabras, y estas para reunirse en
documentos que tal vez Solís se encargue de hacer comprensibles para
otras almas desatinadas.
Por fin, esos papeles, junto a su infatigable intérprete, estarán en el
único sitio a salvo de la corrupción; en la eternidad.
Asunción, 09 de mazo de 2.008
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