SAPOS DE DISTINTOS POZOS

Helio Vera  
Periodista

Uno de los cuentos más estremecedores de Edgar Allan Poe es “La caída de la casa Usher”, que describe el proceso de hundimiento de una antigua mansión, víctima de una especie de carcoma que la venía corroyendo por dentro. Finalmente termina devorada por un pantano oscuro y pestilente, que se extendía en torno de ella como una amenaza que siempre estuvo allí, pero a la que se hacía poco caso.

 

Me pregunto si el Paraguay no se parece demasiado a esa mansión, majestuosa pero siniestra, cuyos muros se van pulverizando por dentro. Encerrada dentro de ellos, la clase política sigue su vida rutinaria, ciega y sorda a los cambios que están estremeciendo al mundo, temerosa de la tecnología, desconfiada de la capacidad creadora de la gente. Prefiere confiar en que el Estado, el esclerótico y polvoriento Leviatán de Thomas Hobbes, se encargará de mantener las cosas en su sitio, de conservar el orden y de evitar que los hombres devoren a los hombres.


Por un lado, pareciera que el agua sigue moviéndose por el mismo cauce, mansa y silenciosa. Pero si miramos más atentamente, notaremos que no todo está tan calmo como parece, y que hay algunas sombras amenazantes bajo la superficie. En primer lugar, debiéramos tener en cuenta que en estas elecciones los tres candidatos más importantes no se parecen nada al político tradicional, del tipo de José Gill y Manchí Gamarra, colorado y liberal respectivamente, con su visión primitiva del mundo y su concepto feudal del Estado.


Hoy pugnan por la presidencia una mujer, que desafía la arcaica y casi ridícula visión de la sociedad, propia del macho implume paraguayo; un ex obispo, que compite tranquilamente sin que a nadie le importe un pito el coro de anatemas que le dirige la poderosa derecha católica, y un general, pese a la memoria histórica sobre la presencia de los militares en la política. En suma, todos son sapos de otro pozo.


Todos los intentos de reivindicar los papeles tradicionales han ido a parar al fracaso más estruendoso. Ahí están las apelaciones de José Alberto Alderete, presidente del Sanedrín del Partido Colorado, quien quiso cerrar el paso a Blanca Ovelar con el argumento de que la candidatura oficialista debía corresponder, por derecho propio, a un político de tomo y lomo. Pero el pueblo le dio la espalda, porque sabe muy bien que al paso de uno de ellos es mejor asegurarse de que la billetera sigue en su lugar. En cuanto al ingeniero Castiglioni, me parece que no se presentó precisamente como un ejemplar de la fauna política. Su perfil fue más bien el de un joven renovador, que aró muy bien en el terreno abonado por la bronca contra Nicanor Duarte Frutos.

Pero el problema crucial es otro: ¿hasta qué punto los candidatos están dispuestos a dejar que el país siga siendo tragado por el pantano? Es difícil saberlo, porque lo que se dice en una campaña no es lo que se hará en función de gobierno. Ello dependerá de la capacidad de producir concertaciones que tenga el próximo gobierno, esta vez para promover el cambio institucional que se necesita y no para repartir zoquetes a diestra y siniestra.


Tal vez, atemorizada por el rumor de los muros que se van quebrando, la clase política se decida de una vez por todas a tomar la decisión correcta en la única opción que estará en juego en las próximas elecciones: entre el país en joda y el país en serio. Lo demás son cuentos, como diría Encina Marín.


Asunción, 02 de mazo de 2.008

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