|
HABILIDADES DIPLOMÁTICAS |
|
Helio Vera Periodista |
|
Las primeras informaciones me decepcionaron profundamente. Decían que la policía argentina estaba investigando ciertas operaciones ilícitas en las que estaban involucrados varios embajadores y funcionarios diplomáticos extranjeros. Pero, cosa extraña, no se mencionaba para nada al Paraguay. El lector desconfiado podría dibujar tres conjeturas: primera, que nuestros diplomáticos estaban metidos en el fato, pero no fueron pillados; segunda, que fueron pillados, pero evitaron que el asunto trascendiera; tercera, que no tenían nada que ver.
El negocio es bien antiguo y lo conocen de sobra varios ex embajadores: se adquieren vehículos lujosos sin pagar los impuestos respectivos, porque los diplomáticos tienen privilegios especiales en materia tributaria. Después, casi inmediatamente, los venden a compradores previamente contratados y se embolsan la diferencia. El negocio ni siquiera fue inventado por los paraguayos, pero admitamos que los muchachos se esmeraron en sacarle mejor provecho en varios de los países donde pusieron el pie.
El servicio exterior paraguayo siempre estuvo poblado de pícaros. La historia de nuestras embajadas permite un módico repaso de varias figuras de la ley penal. Por ejemplo, hace algunas décadas se atribuyó a un embajador paraguayo en cierto país americano el pecadillo de dedicarse a introducir bombachas y otras prendas de nylon para surtir a ciertas concurridas tiendas de Asunción. El nylon, en esa época, era un producto codiciado, y representaba la última palabra en prendas de vestir femeninas.
Otro, nada menos que con grado de general del ejército nacional, se dedicó a meter oro de contrabando de Taiwán a la India. Al ser descubierto, lo llevó a dar con sus huesos en la cárcel. El escándalo tuvo resonancia internacional. Nuestro compatriota tuvo que cumplir la condena, o por lo menos buena parte de ella, antes de poder volver a la patria. Hoy ya nadie recuerda ese resonante episodio que en su tiempo fue un quemo completo.
Ni hablar de los que se dedicaron a intermediar en el tráfico de armas, uno de los más lucrativos del mundo. Pero no para ellos, porque estos negocios son exclusivos de los grandes cocodrilos, y están vedados a los insignificantes “pikyses” del servicio exterior. Es así que se sucedieron prósperas operaciones en el negocio de la muerte, sobre las cuales florecieron algunas fortunas muy conocidas. Fueron tan exitosos estos negocios que sus beneficiarios ganaron fama y respetabilidad y hasta fueron condecorados por el gobierno paraguayo. Alguna vez, en los primeros años de la transición, un juez metiche quiso meter las narices en este oscuro asunto, pero fue rápidamente trasladado, con la amable invitación de ir a papar moscas bien lejos. Así, tutti contenti. Y la vida continúa, sin sobresaltos ni contratiempos.
De ahí que tenía legítimo derecho a sorprenderme cuando nuestros honorables diplomáticos en la Argentina no fueron mencionados en la primera tanda de chismes sobre el fato de los autos de lujo vendidos a magnates porteños. Pero nunca se debe perder la esperanza prematuramente. En los días siguientes ya aparecieron nuestros distinguidos representantes, de frente y de perfil, como sospechosos de estar metidos hasta en el cuello en el asunto. Entre los miembros de la representación paraguaya revista, con todos los honores, un experimentado comerciante del mercado de Pettirossi, que tal vez haya adquirido su experiencia diplomática en hacer pasar gato por liebre a los desprevenidos compradores.
Considerando nuestras gloriosas tradiciones patrias, no tenemos derecho a arredrarnos. Por eso, alguno que otro de los reclamados por la justicia argentina, ella no les podrá echar el guante a ninguno, porque están protegidos por la inmunidad correspondiente a sus cargos, podrá aterrizar en algún ministerio, entidad binacional o empresa pública. Tal vez, quién sabe, a la vuelta de un par de años, veremos cómo se les ensarta en el pecho alguna honorable condecoración nacional. Asunción, 3 de febrero de 2.008 |
|
Contácte con el escritor
|
|