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Soy un habitante de la segunda mitad del siglo XX, un
tiempo signado por la devoción a Los Beatles, la perplejidad ante la
llegada del hombre a la Luna y la lucha obstinada entre ideologías
empeñadas en destruir el género humano. En esa época, la tecnología
comenzaba a desprenderse de objetos que hoy son simples piezas
arqueológicas, como el turú, el teléfono de manivela y los automóviles
de ocho cilindros. Era un tiempo en que prevalecían las emisoras en
“onda corta” y donde la música venía grabada en unos discos del tamaño
de los que se usan en las Olimpiadas: los inolvidables Long play.
La primera computadora que llegó al Paraguay tenía el tamaño de
un contenedor, y fue instalada en el Centro Nacional de Computación. La
información era almacenada en unas tarjetas de cartulina y procesar la
información era todo un acontecimiento.
Pero he aquí que la
electrónica y la informática crearon un mundo nuevo en el que me
encuentro tan aturdido como perro de jangada. Hoy existen unos objetos
tan diminutos como una uña –los chips– donde puede caber una montaña de
datos. Y estos pueden instalarse en unos objetos –los pendrives– que uno
puede llevar en el bolsillo pequeño del saco. En los chips de ellos
pueden caber todas las sinfonías de Beethoven y varios diccionarios
bilingües.
En la comunicación hay otras
hazañas tecnológicas. Los teléfonos celulares, que caben en la palma de
la mano, tienen tantas funciones que aprenderlas todas exige pasar por
un curso de siete meses, cuanto menos. La información tiene, pues,
nuevos soportes materiales. Y si, para buscar un número telefónico, uno
comete la imprudencia de exhibir su vieja libreta de direcciones, con
tapa de cartulina negra, se expone a recibir una mirada de asco
absoluto.
No queda otra cosa que tratar
de adaptarse. Sé que es difícil, y que mis acciones estarán regidas por
la torpeza. Pero habrá que pasar por esa experiencia, porque el tiempo
no retrocede. Y muy pronto seré más obsoleto que el calzoncillo largo.
Por eso, imbuido del sentido de la vergüenza, y a instancia de algunos
amigos, me vi obligado a instalar una página web en el espacio virtual.
No me pregunten detalles misteriosos. Por ejemplo, cómo se hace una
página web, cómo se la coloca en la red y cómo se la administra. Son
misterios tan inaccesibles para mí como la composición de los agujeros
negros del espacio.
Ahí está la página (www.heliovera.com),
incompleta todavía, como un enigmático Frankenstein que se va
completando a fuerza de hurtar cadáveres de la morgue. Un día le
agregamos una oreja, la lengua, un fémur, el dedo meñique de la mano
derecha. En otro, incorporamos el riñón izquierdo, las uñas del pie, la
muela del juicio, el esófago. En fin, como dice el lenguaje críptico de
los especialistas, “la página está todavía en construcción”. Pero el
cuerpo se está completando, con asfixiante lentitud. Y confío en que
pueda ser terminada antes de que termine este milenio de incontables
sorpresas.
Confío en que los lectores
serán piadosos con este intento. Sus observaciones serán muy útiles para
mejorarla, hasta que pueda convertirse en un nuevo instrumento de
comunicación con la gente. Total, la página es perfectible. Puede ser
mejorada constantemente, con la ayuda, obviamente, de alguien que
conozca sus secretos. No es mi caso, como ya lo he explicado. Pero la
experiencia puede depararme sorpresas y perplejidades. El ingreso a la
modernidad es como un parto, doloroso y traumático, pero permite una
especie de nacimiento. En este caso, de renacimiento, pero esta vez en
el mundo de la tecnología.
Asunción, 25 de noviembre de 2007
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