De un tiempo a esta parte la
Cancillería nacional ha hecho gala de una
chisporroteante publicidad y una deslumbrante
pirotecnia verbal a fin de camuflar y disimular la
seguidilla de imposturas, como en el caso del
vergonzoso protocolo de Montevideo, en la que el
canciller ha tratado de justificar su
implementación bajo el pretexto institucional de
la defensa de la democracia, cuando en realidad
este protocolo involucra un vil atentado contra
los principios fundamentales del derecho
internacional como el concepto de soberanía y
autodeterminación de los pueblos, y de la no
intervención en los asuntos internos de otros
Estados, esbozados ya por Hugo Grocio en las
postrimerías de la guerras europeas de religión
del siglo XVII y reafirmado más adelante por el
Congreso de Viena del año 1815, para llegar al día
de hoy, donde se encuentra consignada la
convención de Viena en la década del sesenta y en
nuestra propia Carta Magna, con algunas reservas
en lo concerniente al derecho internacional
humanitario.
El protocolo de Montevideo va mucho más allá de la
cláusula democrática interamericana adoptada por
la OEA, hace diez años, porque no solamente habla
de ruptura del orden constitucional sino de
amenaza de ruptura que conlleva una apreciación
subjetiva y caprichosa sujeta al buen saber y
entender del presidente de turno.
Esta bárbara y anacrónica forma de interpretar una
situación institucional tiene su antecedente y
paralelismo, salvando las distancias de tiempo y
espacio, en el tratado de la Triple Alianza, cuyo
artículo 17 dice “que los aliados se garantizarán
recíprocamente el fiel cumplimiento de los
acuerdos, arreglos y tratados que hayan de
celebrarse con el gobierno que se establecerá en
el Paraguay”… “si estos esfuerzos fuesen inútiles,
los aliados concurrirán con todos los medios a fin
de hacer efectiva la ejecución de lo estipulado”.
No se requiere demasiada perspicacia para tomar
conciencia del espíritu intervencionista de ambos
compromisos, aquel lejano de 1865 y el que se
quiere aplicar hoy al Paraguay, pues bien sabido
es que el mismo no se podrá imponer al Brasil ni a
la Argentina por razones más que obvias.
Paraguay es un país mediterráneo sujeto a un
determinismo geográfico funesto que conspira
contra la supervivencia de la propia nación.
Es más, el protocolo de Montevideo menciona el
cierre total o parcial de las fronteras
terrestres, limitación o suspensión del tráfico
aéreo y marítimo y la suspensión de los
suministros energéticos y de servicios. Con ello
el Paraguay quedaría totalmente aislado,
asfixiado, encerrado en sí mismo sin posibilidad
de revertir esta deplorable situación que
conllevaría a su colapso existencial como nación
soberana.
Sin embargo, el protocolo de Montevideo no hace
mención a los presidentes que tienen delirios
mesiánicos y que intentan perpetuarse en el poder
a través de reelecciones indefinidas a la usanza
de las dinastías hereditarias de los Borbones o de
los Habsburgos o de los caprichos reeleccionistas
de Hitler y de Stalin, que de salvadores de la
patria pasaron a integrar la tétrica galería de
los más crueles y oprobiosos genocidas que
registra la historia universal.
El Paraguay no debe aceptar este vil y denigrante
protocolo que como un disimulado caballo de Troya
intenta penetrar en nuestro suelo patrio,
despojándonos de aquello que hemos logrado con
sangre, sudor y fuego: la dignidad de ser un país
soberano y autodeterminado.