La democracia que los
paraguayos adoptamos y establecemos en nuestra
Constitución es una forma de gobierno que responde a
las ideas centrales de que el hombre es libre, que la
soberanía radica en el pueblo y que por medio del
sufragio eligen un gobierno para administrar los
valores tangibles e intangibles de una nación
ejerciendo el poder en el marco estricto e
infranqueable establecido por la Constitución y las
leyes.
Cualquier funcionario que ejerce una función pública,
electo o no, pierde autoridad cuando ejerce el poder
fuera de esos límites y los ciudadanos tenemos derecho
a no respetar sus decisiones porque la autoridad de
los funcionarios no deviene de su voluntad sino que de
la ley. Esta simple formulación define lo que es el
Estado de Derecho establecido en el PRIMER ARTÍCULO de
la Constitución, el artículo de apertura desde el cual
se desarrolla todo el resto.
El preámbulo expresa claramente el propósito con el
que el pueblo paraguayo establece la Constitución.
“Con el fin de asegurar la libertad, la igualdad y la
justicia, reafirmando los principios de la DEMOCRACIA
REPRESENTATIVA (…) ratificando LA SOBERANÍA E
INDEPENDENCIA NACIONALES (…) sanciona y promulga esta
Constitución”.
Esta democracia tiene plena protección y garantía
internacional con los instrumentos internacionales de
la OEA y de Ushuaia I que entiende la democracia tal
cual entendemos los paraguayos y nuestra
Constitución.
El acuerdo de la OEA refiere y describe íntegramente
la democracia representativa al que se comprometen los
Estados Americanos.
Pero, nuestra democracia, por la que tantos héroes
anónimos lucharon –perdieron bienes y salud, muchos
perdieron la vida– fue distorsionada por una camarilla
policromática, que aprovechándose de la ignorancia y
la falta de tradición democrática de nuestro pueblo,
logró desfigurarla al punto que hoy hay más confusión
que convicción, más cálculo que causa o compromiso.
Los partidos están cada vez más lejos de sus
principios y más sometidos a los apetitos y ambiciones
desmedidas de los que controlan sus estructuras.
Los gremios, las asociaciones y los ciudadanos en
general se desenvuelven casi de manera idéntica,
construyendo una comunidad nacional que está
inmovilizada por la confusión y la desorientación
(planeadas), la indiferencia, la picardía o la
comodidad.
Como consecuencia, un pequeñísimo grupo,
insignificante por su número y valores intelectuales,
éticos y morales de la izquierda radical liderada por
un ser sin moral como Fernando Lugo, desarrolla en el
campo político y desde la más alta magistratura de la
República todas las acciones para violar nuestra
Constitución con éxito y sin consecuencias (desde su
preámbulo hasta las disposiciones claves para nuestro
proceso de consolidación democrática).
Fernando Lugo no representa el cambio y lo
venimos advirtiendo desde el 2007, sino el quiebre
más dramático de nuestro proceso iniciado en 1989,
que tuvo dos hitos posteriores fundamentales. La
Constituyente de 1992 establece la democracia
representativa como sistema político y la economía
social de mercado. Luego, las elecciones de
2008 en las que un gobierno electo por el pueblo
transfiere el poder, pacíficamente, a otro de signo
contrario, a un adversario. Sin heridos, sin muertos
con una enorme satisfacción íntima de que podemos
convivir en paz y democracia.
Fernando Lugo reconoció las debilidades
institucionales e individuales del Estado, los
partidos y las organizaciones intermedias y hasta se
dio el lujo de anunciar lo que quería y solo
disimular, de tanto en tanto, sus objetivos cuando
empezaba a mostrarse muy evidente. Los disimulos los
tiene que asumir porque sabe que en el Paraguay no
aceptaremos la forma de vida que ofrece la tiranía
marxista, llamada Socialismo Siglo XXI que él
representa en el Paraguay.
La historia de la humanidad está a favor de estos
simuladores. Si los alemanes no se dieron cuenta quién
y qué representaba Hitler, si los ingleses le creyeron
a Chamberlain y no a Churchill, y si los demócratas de
Venezuela nunca creyeron las advertencias sobre
Chávez, en Paraguay no debe sorprendernos que nada se
haga para preservar nuestra libertad.
Fernando Lugo y Jorge Lara Castro expresaron con su
firma su ideología. Ushuaia II es el protocolo para la
democracia participativa chavista y para volver al
absolutismo en el que la soberanía no está en el
pueblo, sino que en el (príncipe) Presidente. Por eso
no les sirve ni OEA ni Ushuaia I.
Entonces, como ellos PREFIEREN la democracia chavista,
la tiranía del Socialismo Siglo XXI, entregan nuestra
soberanía. Solamente con el marxismo la democracia es
incompatible con la independencia y la soberanía de
las naciones.
Los que juraron velar por la vigencia de la
Constitución, como los congresistas, de no aplicar
las sanciones serán igualmente responsables y
cómplices del peor delito político: la traición a la
patria.
En estas condiciones debemos estar listos, y lo
estamos, para volver a recuperar la democracia de las
garras de la tiranía. Así es que, a los compañeros que
nos guiaron en la lucha: VOLVAMOS A LA ARENA,
LOS GLADIADORES NO SE JUBILAN.
Y como siempre, en esta tarea estaremos de
todos los partidos porque esto está mucho más allá
de los colores.
Anterior entrega.