DEMOCRACIA NO - REPRESENTATIVA

Federico Jorge Tatter 

                                                               Paraguayo, Comunicador

 


       

La democracia representativa, o lo que se quiere parecer a ella, que fue incrustada en nuestro país a partir de un golpe de estado en febrero de 1989, obtuvo sobrado respaldo de los partidos políticos que confluyeron en un gran acuerdo denominado Asamblea Constituyente de 1992, cuando éstos contaban con un respetable margen de aceptación y credibilidad.
Corrían años tiernos, de ensoñación democrática, con derechos ilimitados y deberes difusos, con oportunidades y reencuentros, con mucha basura dictatorial bajo la alfombra, con gremios y asociaciones relativamente representativas y acordes a su época. Desde aquella fecha en adelante, el Paraguay y el mundo han experimentado cambios vertiginosos instalando y reposicionando más instituciones que en los anteriores cien años de su vida política y social.

 

Nuestra democracia imperfectamente representativa, coincidió con el inicio del proceso de globalización económica, con la caída del muro de Berlín, con la creación de nuevos bloques económicos y políticos, con el surgimiento de un mundo unipolar. Con ello quiero decir, que la democracia en Paraguay coincidió cronológicamente con estos procesos, sin ser parte integrante de proceso de modernización alguno. Estábamos en el mismo mundo al mismo tiempo, pero mientras unos iban hacia delante, en Paraguay, aunque con formalidades y fachadas constitucionales, empezábamos a estancarnos, que es lo mismo que ir hacia atrás. Sin necesidad de citarlas extensamente una tras otra, simultáneamente y por acciones de particulares, así como de grupos de privilegio del anterior escenario dictatorial, pero también por la época y el mundo que nos rodea, las nuevas instituciones democráticas creadas, devinieron casi en simultáneo, en desechables por rápido desgaste o por mal uso, cuando no directamente inútiles, a una velocidad creciente y sin dejar a casi ningún rescoldo de la vida pública institucional exento de mácula o sospecha. Los ejemplos podrían llenar libros desde el Consejo de la Magistratura, el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, hasta llegar a la actual Corte Suprema de Justicia, los sistemas de contratación del Estado, sin dejar de darnos una vueltita por los fuertemente sospechados Entes Binacionales. La transición a la democracia, a medida que pasa el tiempo sin resultados, a medida que el mundo acelera su paso transformador sin incluirnos, parece empujarnos, al no encontrar el nuevo modelo económico productivo que la sustente en el tiempo, hacia una gran desilusión hacia todos los actores políticos, gremios de trabajadores, grupos de presión empresarial, hacia todos los partidos y organizaciones que las contienen y en forma cada vez más amplia, hacia los diferentes poderes nacionales, departamentales y municipales, concluyendo contra el propio sistema de representación democrática. Pero, si bien el estancamiento económico crónico de origen interno y externo tensa la cuerda de la estabilidad desplazando a mayores sectores a los márgenes -profundizando la desigualdad social, empequeñeciendo a los sectores medios -, impidiendo la generación legítima de riqueza, son los profundos cambios cualitativos en las formas de generación y acumulación a nivel nacional e internacional los que están empujando a los viejos-nuevos agentes corporativos a asumir la totalidad del poder político y económico, desvirtuando el equilibrio de poderes de la democracia formal en la que creímos ingresar, que en teoría debería mantenerse a resguardo de las diversas contiendas en la lucha por el acceso al poder. La crisis de los partidos realmente existentes es preocupante, por el grado de dependencia de éstos respecto de grupos de presión corporativa nacional e internacional, muchos de ellos en claro abuso de su posición dominante de mercado, y no pocos directamente fuera de la ley (con todas las palabras, se debe decir por éstas últimas, mafias organizadas del comercio ilícito y la falsificación), puesto que el espacio dejado por los militantes o activistas sociales, no es ocupado inmediatamente por entidades más democráticas y más estables sino, más bien, por un conjunto de añoranzas autoritarias y de tutelaje paternal, cuando no por formas clonadas que cultivan las artes de la simulación y el gatopardismo al servicio del más puro gansterismo nacional con sede regional.

 

El Estado paraguayo refundado en 1992, ha asumido como su responsabilidad el fortalecimiento de los partidos, y éstos en cambio han malgastado toda su credibilidad en luchas intestinas tras codicias personales y grupales ajenas al interés general, y muchos de ellos se han entregado al dinero negro. Llegando al extremo de empujar al sistema hacia su punto de quiebre o bien, en la mayoría de los casos, a entregar su idearios y organización a grupos de presión corporativa que sólo necesitaban de los mismos como trampolín hacia un control creciente de los diversos poderes del Estado.  El mandato constitucional de fortalecer los partidos políticos y todas las formas de organización, expresión y representación democrática va mucho más allá que incluirlos en el presupuesto; implica un seguimiento y cuidado muy especial:

a) auditando su gestión, transparentando su financiación interna y externa;

b) estableciendo padrones confiables y sistemas de elección que no atomicen sus organizaciones;

c) promoviendo la creación de centros de estudios e investigación para la formación de líderes y laboratorio de propuestas y programas de superación;

d) reglamentando la acción orgánica de los colegiados partidarios en función de cada uno de los espacios ocupados en la administración pública;

e) garantizando el equilibrado acceso de los mismos a los medios masivos de comunicación social, etc. La crisis económica, social y moral del Paraguay, es esencialmente una crisis de representación política, de supervivencia de un modelo de control político y social perimido que siguió existiendo más allá de aquél escenario de guerra fría internacional bajo el que nació.

 

El estado nacional actual, que naufraga en medio de una globalización galopante, donde el que no crece, se asocia y se desarrolla por lo menos a un 7 por ciento sustentable durante diez años seguidos, se muere de inanición, está secuestrado por una elite oligárquica, hegemónica y paralizante, de perfil clientelista, de esencia conservadora que debió pasar al basurero de la historia hace ya mucho tiempo. Este estado patrimonialista y arbitrario, gordo pero anémico a su vez, asfixia y engulle a la sociedad en  su conjunto, impidiendo el desarrollo de nuevas e imaginativas formas de organización, de administración democrática y plural. El mundo nos da todos los días buenos ejemplos de los avances económicos y sociales, desde situaciones aún mucho más comprometidas que las que hemos tenido que sobrellevar todos los paraguayos.

 

       Ayer el estado dictatorial martirizaba hasta dar muerte a la sociedad con instrumentos de persecución y tortura, hoy, bajo endebles preceptos constitucionales, ese mismo Estado, herido de muerte, pero no acabado, mata a la sociedad a diario, con la corrupción, el atraso, el aislamiento, la arbitrariedad, la mediocridad insultante, en definitiva, con el antidesarrollo.

 

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