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Discrepo con
la línea editorial de este diario (abc.com.py) con
respecto a que el único propósito de las
transferencias monetarias condicionadas (TMC) es
crear zánganos, que solo sirven para hacer que
los pobres extremos sean dependientes del
presupuesto nacional, en vez de crear fuentes de
trabajo para ellos.
Debemos partir de la base de que el pobre
extremo es un miserable cuya caracterización más
representativa es que no gana lo suficiente para
comer todos los días, o sea que su ingreso
diario es inferior a un dólar. En estas
condiciones está el 19% de la población,
alrededor de 1.200.000 personas, entre niños,
adultos y ancianos.
Un miserable no solo carece del acceso a la
alimentación básica diaria sino además carece de
medios para acceder a la educación y a la salud
elementales, por tanto carece de los
conocimientos y habilidades básicas para
trabajar. La precaria salud y la baja
escolaridad les restan oportunidades para
competir, para tener iniciativa propia,
discernir y más aún para asumir los riesgos y
desafíos propios del progreso personal.
¡Quién daría trabajo serio y seguro a una
persona desnutrida, desconcentrada, sin fuerzas
ni ganas siquiera de prestar atención a su
propio aspecto personal, sin disciplina laboral
y menos aún experiencia, ya que el día a día le
obliga a realizar diversas cosas, de acuerdo con
las “oportunidades” que vayan surgiendo¡
Hay ciertamente algunas cosas que un miserable
puede hacer, pero sus tendencias naturales son
la vagancia y la delincuencia. Y como no se
puede pedir y menos exigir a las empresas
privadas que les tengan paciencia, corresponde
al Estado intervenir directamente para tratar de
sacarlos de ese estado y colocarlos por lo menos
en un estadio de pobreza, ya que a cambio del
dinerito que reciben deben buscar trabajo,
enviar regularmente a sus hijos a la escuela y a
hospitales.
Las TMC fueron creadas para tratar de resolver
el problema del puente, de pasar de la extrema
pobreza a la pobreza y como metodología de
trabajo cuenta inclusive con el aval de los
bancos multilaterales y se tienen además
experiencias exitosas en países de la región,
Desde mi punto de vista, el problema no son las
TMC sino quienes las aplican. Ya sabemos que
deben ser temporales y no eternas, pero en
Paraguay nadie sabe a ciencia cierta hasta
cuándo se otorgarán estos subsidios y las
respuestas que se dan al respecto carecen de
credibilidad, casi siempre son discursos y no
resultados de una planificación articulada entre
instituciones.
Coincido, por otra parte, con la línea editorial
de ABC cuando señala que las TMC forman parte de
un esquema de proselitismo, y no lo hago por una
simple presunción sino por los resultados
concretos del programa. Durante el actual
gobierno aumentó la cantidad de subsidiados de
15 mil a 95 mil familias, sin embargo en ese
mismo lapso, la pobreza extrema subió 0,5%.
Lo lógico es que al inyectar dinero en el
terreno de la extrema pobreza, en tres años haya
menos miserables en Paraguay, pero en cambio
aumentaron, lo que significa que la institución
que aplica el programa es ineficiente, ha
fracasado.
Se busca atribuir la causa del fracaso a la
resistencia del Congreso a otorgar los fondos
necesarios, pero este elemento monetario no
puede ser el eje sino un componente secundario
en la historia. Finalmente la plata siempre
llegó, tarde, pero llegó, como creo que llegarán
los 55 mil millones que aún faltan para el
2011.
El problema de fondo radica en el tinte
político, que comienza con la designación al
frente de la entidad de un activista político,
pasa por la existencia de asistidos que no
reúnen las condiciones y el destino que los
beneficiarios dan al dinero, más la falta de un
control eficiente.
Asunción, 09 de enero de 2012
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