Ante la serie de
acontecimientos que se
suceden en Europa, no se puede menos que pensar que estamos ante un
retroceso respecto de los ideales de la modernidad que se forjaron,
precisamente, en el Viejo Mundo.
Desde que se ha
constituido la columna vertebral de gobiernos
conservadores en Francia, Alemania, Italia, Inglaterra, Europa comienza
a sacrificar su influencia ideológica en el mundo, para sumarse a los
Estados Unidos en la línea de la influencia por la fuerza y la
apelación al miedo; y arrastra tras de la estela a España y otros
estados "progresistas".
La constitución de
la Unión Europea pone a los 27 frente al espejo
de sus propias contradicciones. Democracia para los demás, pero no para
votar por el Tratado de Lisboa; Libre comercio para los demás, pero en
lo que respecta a Europa el único subsidio eliminado es el que afectaba
a los pollos made in USA. Ejércitos europeos acompañan las misiones
"democratizadoras" promovidas por la agresiva política exterior de la
administración Bush, descubierta en sus rasgos más íntimos e infames a
través del escándalo de las mentiras que provocaron la invasión a Irak.
Alguien tiene que
precautelar el legado de la modernidad, que
Europa abandona, particularmente el de los Derechos Humanos. Alguien
tiene que volver a leer a los clásicos del humanismo, porque la Vieja
Europa ha decidido retornar al medioevo, a la era de las murallas y los
feudos. Al menos, en el ámbito de sus élites que han optado por
decisiones institucionales, deformando profundamente el espíritu del
legado moderno y de las aspiraciones de los comunitaristas a la
profundización de la democracia europea. Las dos expresiones de este
retroceso medieval europeo son la ausencia de debate democrático sobre
las instituciones de la Unión y esa mancha, difícil de digerir y más
difícil aún de borrar, que es la Directiva de Retorno, correctamente
calificada como Directiva de la Vergüenza.