MI TÍO ALFREDO


David Rafael Velázquez Seiferheld
Filósofo

Catedrático de la Universidad Comunera de Asunción y del Instituto Interamericano de Ciencias Sociales

Miembro del Comité Editorial de la Revista Takuapú

Asesor del Comité de Educación de la Confederación Paraguaya de Cooperativas

 

                                                              

 

 

Mi primer vínculo con él fue el soborno. En efecto: a mis 3 años, era un fanático del auriazul Sportivo Luqueño, de la mano de mi abuelo Bertholdo, familiarmente "Opa Toldo". Un chocolate de tío Alfredo me hizo azulgrana, hecho del que hasta hoy no sé si arrepentirme o no.

Tío Alfredo era fuente de travesuras, de simpatía y de misterio. Se ensañaba, especialmente con mi hermano y conmigo, enseñándonos alemán por la vía de las malas palabras, que repetíamos como misa frente a mi escandalizada Oma, con la aprobación de las risas complacientes de los tíos y tías. No es necesario, creo, recalcar que fueron las únicas palabras que retuve del idioma de Hegel, Heidegger, Hölderlin y tantos otros. Pero como la vida da revancha, ya adolescente tuve oportunidad de devolverle el gesto haciendo burlas de su pronunciación de la "erre", que sonaba a "ge".

Si tuviera que evocar el dolor, suena todavía en mis oídos su llanto inconsolable ante la desaparición de Opa. A mis 8 años, no podía dimensionar la muerte... y sus palabras del funeral, entonces incomprensibles, eran palabras en hebreo. El otro dolor, el suyo propio, vendría mucho después y sería todavía más lacerante, y hasta hoy para mí difícil de olvidar y por lo mismo, difícil de recordar.

Su biblioteca - dormitorio (ese es el orden de los factores) era un misterio: nadie podía entrar a ella. Era un espacio de reverencial temor en la casa... Con una minuciosidad que nos parecía de brujería, sabía exactamente dónde y cómo había quedado un documento, una página de lectura. El mínimo movimiento, desapercibido para el más avispado mortal, era institivamente notado por Tío Alfredo, y se desataba una ira tal que haría palidecer a los dioses mitológicos, y nos obligaba a poner los pies en polvorosa.

Parrillada Roma, Alcibiades González Delvalle, Luis Szarán, "Von" Prieto (quien también abusaba de nuestra ingenuidad infantil diciéndonos que jugó al ajedrez contra Bobby Fischer), el Círculo Paraguayo de Ajedrez y el también misterioso, aunque afable y simpático Jörg, Helio Vera, los hermanos Santacruz (ajedrecistas), Luis Alberto Mauro y el látigo en la redacción de ABC Color, Carlos Meyer Saldívar y sus dibujos de la Guerra del Chaco, son nombres, lugares y objetos que recuerdo inmediatamente asociados a mi infancia con Tío Alfredo, marcada por Tío Alfredo. De su mano, conocí también a Víctor Korchnoi (contra quien jugó ajedrez) y hoy recién, muy tarde, puedo dimensionar el valor de haber conocido a Carlos Pedretti (a quien, si mal no recuerdo, entrevistó para Cómo viven Hoy), y a Gustavo Chacón (ex canciller boliviano, a quien queríamos casar con mi abuela, entonces ya viuda). También conocí a Don Enrique Bordenave, a quien volví a conocer hace poco tiempo, viéndose tan impactante y tan íntegro como casi 30 años atrás.

Las recorridas por Palma, en las noches, eran fascinantes. Las columnas del alumbrado público, llenas de orificios de balas de revoluciones pasadas, motivaron mi primera incursión fallida en el periodismo, con un artículo corto escrito en ABC, pero nunca publicado. La esquina en la que mataron a Gill, la casa de Benjamín Aceval, la casa de la Independencia... el viejo tanque de guerra capturado a Bolivia... la casa Patri (que conocimos como "el lugar donde su fundó el Club Guaraní)"... el amor por el Paraguay y su historia son la herencia más preciada que recibí de Tío Alfredo.

Con él leí y aprendí, siendo todavía niño, las aberraciones del stronismo a través de los crudos relatos de Ko'eju Latinoamericano, revista que él recibía clandestinamente y que me convirtió, temprano, en opositor a la dictadura. Viví con él la censura de sus cables de noticias por parte de la ANTELCO, que los recortaba, cuyo servicio de télex entonces utilizábamos. Vivimos juntos la entrega del Micrófono de Plata a Monseñor Maricevich en radio Ñandutí, rodeados, vigilados...

Para mí era mágico el sonido de las teclas de su máquina de escribir... no entendía cómo, después de algún tiempo, esas páginas se convertían en libros, aunque recuerdo haber asistido varias noches a la impresión de ABC Color. Y sus libros siempre tenían dedicatorias que hablaban del Paraguay del futuro.

Hay episodios dolorosos, por cierto. Pero hasta hoy me resisto a asociarlos a Tío Alfredo. Tío Alfredo es el juguetón, el que compartía el fútbol (del que era eximio practicante en su infancia) y ping pong, el que ponía los pelos de punta de mi Oma con un vocabulario poco recomendable pero divertido, amigo querido de sus queridos amigos. A veces, cuando puedo volver a ponerme en el lugar del niño que alguna vez fui, Tío Alfredo no es Alfredo Seiferheld, el historiador. Su recuerdo es, más que todo, espontaneidad, alegría, cariño, afecto, amistad. 

      

David Rafael Velázquez Seiferheld 

 

Asunción, junio de 2.008

 

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