SIGO PESIMISTA

Carlos Ardissone Valdés

  Carlos Ardissone Valdés

 

       

Sigo pesimista hacia el futuro del Paraguay; el cambio político que se cierne me parece que no tendrá raíces tan profundas como se precisa para sacar a este país del pantano en que se encuentra.

Advierto que los males paraguayos no afectan sólo al Paraguay; otros países indoamericanos también los sufren con algunas variaciones particulares.  Pero esto no altera significativamente nuestras expectativas.

Llama la atención que un país con recursos naturales abundantes y suficientes personas capacitadas técnicamente para funciones directivas no pueda resolver sus problemas sociales y económicos.  Se observa que hay riquezas crudas abundantes, que algunas explotaciones privadas son rentables y exitosas, que colonias "extranjeras" progresan sostenidamente pero el pueblo paraguayo sigue muy atrasado.  Entonces surge la pregunta de si no será el hombre, el pueblo, el que no sabe solucionar sus problemas.   Y la pregunta se convierte en sospecha cuando observo cómo actúa la mayoría ante las cuestiones ordinarias cotidianas. 

Sabemos que los medios de comunicación forman y dirigen la opinión pública, influyen poderosamente sobre la conducta de la gente y sobre su psicología.  Pero, a su vez, son el reflejo de la cultura nacional.  Pues bien, los medios paraguayos son el colmo de la grosería, de la ignorancia, de la irresponsabilidad y de la falta de consideración.  Un espantoso caso reciente de una joven que acusó a su padre de abusos sexuales y otras barbaridades fue explotado con fruición por los medios; uno de ellos, dirigido por uno de los más famosos comunicadores, llevó a la pobre joven y a sus padres a un programa de televisión, y otro, la radio de la Universidad Católica, también lo trató como si se tratase de una cuestión de importancia nacional.  Un hecho tan tenebroso y lamentable lo convirtieron en atracción pública.  Un incendio que mató 400 personas sigue siendo una veta inagotable de exposiciones insanas.  Dos diarios amarillos se venden tanto o más que el mejor de los "normales".  Tomo a los medios de comunicación masiva como objeto de análisis porque ellos reflejan como ningún otro la mentalidad, los valores, el nivel de la educación, el criterio, los gustos y los hábitos mentales de la población.  Escuchando las radios, mirando la televisión y leyendo los diarios uno puede hacerse una idea bastante correcta de cómo es el pueblo en el que funcionan esos medios.  Se forma un círculo vicioso cuando los medios se convierten en meros portavoces del pueblo.  Como son negocios privados con fines de lucro, la oferta de los medios debe ser apetecible para el público consumidor, y éste es como son los medios.  Un pueblo así, y no menciono otras malas cualidades, no puede construir su progreso; malgasta su energía en pensamientos maliciosos; vive atrapado por sus sentimientos de envidia irracional, malquerencias y ambiciones que nunca podrá realizar trabajando honradamente.  El progreso, según enseña la historia, llega cuando existe un ambiente de paz, consecuencia de la justicia; cuando los ciudadanos viven con la percepción de que el otro comparte los  mismos principios de sociedad; cuando se tiene fe en el trabajo, cuando se ahorra aunque sea una moneda, cuando la honradez es cosa normal, cuando no se espera que los males se curen con más leyes y más policía.  En fin, el progreso llega cuando los hombres de una comunidad son honestos, laboriosos y solidarios, y esas cualidades se reflejan en su gobierno.  La calidad moral de un gobierno es la misma calidad moral típica de su pueblo.  Y es sobre esa fundación moral sobre la que se gobernará para bien o para mal.  Los ciudadanos deben tener un alto grado de autonomía moral, de conciencia, tanto para elegir autoridades como para orientar su vida sin conflictos, manteniendo la armonía que nace de que cada uno haga lo que debe hacer y como lo debe hacer.  Esto no ha sucedido casi nunca en el Paraguay en mi opinión.  Y no veo razón alguna para que ocurra ahora de la noche a la mañana por el sólo hecho de ser desplazado del poder el sistema criminal que depredó el país durante seis décadas.  Desde el poder político se puede hacer mucho para bien y para mal, pero no me parece que el nuevo mandatario tenga las cualidades para repetir una revolución corregida y actualizada como lo hizo Don Carlos.  Tampoco se pueden hacer milagros para cambiar una cultura profundamente enraizada en la conciencia nacional.  Los paraguayos deben darse cuenta de que “el cambio” del que todos hablan no está donde lo buscan sino que está en ellos, en sus conductas, en sus actitudes, en su manera de ver el mundo y la vida.  Los paraguayos deben tener unidad de propósitos, rectitud de conciencia y sentido de sociedad, de solidaridad, de respeto, para esperar el progreso verdadero, firme y sostenido.  En ese sentido deben operar todas las organizaciones gremiales, religiosas, profesionales, educativas, instituciones oficiales y privadas, todas, y especialmente los partidos políticos.  Sin esta conversión cultural, que es también una conversión espiritual, el progreso del Paraguay que conocemos hoy es una utopía.

Carlos J. Ardissone


 

Asunción, 5 de agosto del 2008

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