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EL DOLOR DE LAS DISTANCIAS |
Ana María Rivas
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Yo también fui una exiliada. Pero una exiliada por opción, dado que la vida me puso en la encrucijada de poder elegir entre ir a vivir fuera del país o quedarme en él. Mi autoexilio no fue ni político ni económico, sino educativo, por ponerlo de alguna manera, ya que en esa época el periodismo era sólo un oficio sin mayor valor, dadas las condiciones de restricción a la libertad de expresión que imponía la dictadura stronista. Pero después de algunos coqueteos con el cursillo para Química y una asumida frustración por no contar con el carácter suficientemente estable para Medicina, el atractivo por las redacciones, el olor a café frente a la máquina y el color de la tinta sobre el papel recién impreso pudieron más. Y fui a inaugurarme como estudiante inmigrante en un lindo país con vista al mar. Estuve nueve años fuera y han pasado muchos años más de mi retorno. Pero hoy volví a recordar el dolor de las distancias. El primer Congreso de la Migración Paraguaya que se realizó en el Parlamento me devolvió la sensación de esa soledad del emigrante, esa que se queda estampada en el rostro de cada compatriota que sabe lo que es caminar solo, entre miles de desconocidos, en ciudades que huelen de otra forma y donde hablan otro idioma. Me recordó lo que es estar entre la gente sin saludar a nadie, sin hablar con nadie, porque nadie te conoce. Lo que es festejar la Navidad sin el abrazo de papá y mamá, sin las amigas de siempre, sin el olor a humedad y flor de coco, ni el abochornante calor de diciembre ni las risas del fin de fiesta a la orilla del río. Reconocí en esas caras desconocidas, pero familiares, lo que queda en el alma cuando te enfermás y pasas días enteros en cama sin que nadie te acerque un vaso de agua o te llame a preguntar cómo te va. O peor, cuando es tu bebé el que se enferma y uno, sin seguro médico y sin un peso, sólo muere de pena añorando el espaldarazo del hermano o el abrazo de mamá. Nunca uno es tan paraguayo como cuando está en un país extranjero. Por eso, después de casi 20 años de transición "democrática", seguir cercenando a cada compatriota que vive en el exterior su derecho al voto, a elegir a quienes regirán el destino de la tierra a la que pertenecen, es una inaceptable rémora de la dictadura. Este fue uno de los reclamos principales del Primer Congreso de migrantes paraguayos; compatriotas que viven en Argentina, España, Estados Unidos, Brasil y otros países se hicieron visibles por primera vez. Dijeron estamos en otros países pero seguimos siendo parte de ustedes, tenemos problemas que no creamos ni quisimos, tenemos hijos extranjeros que hablan guaraní mejor que cualquiera. Nadie del futuro gobierno los escuchó, ninguna autoridad asistió a las mesas de trabajo o las discusiones del evento, excepto por el saludo final y cuasiprotocolar del presidente del cambio. Pero aún así, no pierden las esperanzas de recuperar voz y voto, aunque sigan viviendo lejos. Ayudémoslos. Se lo merecen. Asunción, 10 de julio de 2.008
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