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UN FINAL SIN MUTIS |
Ana María Rivas
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Y llegó el gran acto final de la que es, quizás, la puesta en escena de la ópera de mayor duración en el mundo. Se inició el 22 de abril de 1996, cuando a los protagonistas de entonces convenía sacar al fantoche de escena, ante el peligro que representaba la adhesión que generaba en el auditorio.
Al igual que el Pagliaccio de Leoncavallo, cuando canta su aria más triste y más hermosa, el fantoche robaba la escena política a los protagonistas del espectáculo, recibiendo más de la cuenta los aplausos de un público hipnotizado por su labia populista y sus promesas ídem.
Lo que selló su suerte fue haber impedido a quien entonces tenía el papel protagónico concretar un magnífico negocio, vinculado a un puente internacional. Es decir: la motivación de su relevo no estuvo para nada vinculada a la defensa de las instituciones democráticas ni a proteger la institucionalidad ni a nada de lo que los operadores hicieron correr entonces muy convenientemente, en una avanzada propagandística que encontró su único paralelo solo varios años después, cuando apareció Sistema Siete y se llevó varias cuentas publicitarias del Gobierno.
Maestros del disfraz, nos convencieron a los inocentes testigos de la trama que en la historia había buenos y malos; hoy sabemos que sólo había malos, pero ya es tarde. En esta gran ópera, el papel de la prostituta fue para Astrea, a la que los protagonistas de ambas partes toquetearon, maniataron, violaron y bloquearon.
Pero ahora, cambiaron los intereses del productor general del espectáculo. Siempre teniendo como norte sus propias y específicas necesidades, sin siquiera recordar a los ciudadanos, sin tener en cuenta las heridas que se le causan a una democracia cada vez más débil, cada vez menos representativa de la gente y cada vez más manipulada electoralmente, el nuevo regisseur decreta un cambio en la trama: ordena que termine la persecución al fantoche; se le guiña un ojo y se le ofrece una negociación, se reparten nuevamente los roles, donde se establece que la prostituta terminará como la justiciera que coloque nuevamente las cosas en su lugar, negando rotundamente haber sido jamás presionada ni manipulada ni instrumentalizada.
El fantoche será reivindicado, a cambio sí, de unos buenos miles de votos, quizás en las internas partidarias, quizás en el Parlamento, posiblemente en ambos. Y nosotros, el público de esta ópera, seguiremos como olvidados observadores, simples testigos del gran teatro de nuestra sociedad política, donde el fantoche se reirá de nosotros, brindará con champaña abrazado al regisseur, compartiendo las tablas con sus antiguos verdugos, de espaldas al auditorio y sin permitir que baje finalmente el telón.
Asunción, 01 de noviembre de 2.007
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