El argumento reiteradamente
utilizado por algunas personas para oponerse
al vallado de la Plaza Uruguaya es la
pérdida de libertad de la ciudadanía. Es
como si la Municipalidad decidiera, de
pronto, enjaularnos en esa “selva aromada”.
Se dijo, incluso, que se trata de una
actitud dictatorial “propia de la era
stronista”. A mi juicio, estos razonamientos
son una exageración.
Una plaza pública es del público. Fue
concebida para que los ciudadanos ejerzan,
precisamente, su libertad: libertad de
reunión, de recrearse, de disfrutar del
arte, la literatura, la conversación, el
ocio, manifestarse contra las autoridades o
a favor de ellas; en fin, la plaza es un
sitio de todos y para todo en el marco de
una libertad responsable. Así fue siempre. Y
si el espacio es de todos no se entiende que
un grupo de hombres y mujeres, indígenas o
no, deba adueñarse de él.
Y aquí está, a mi criterio, el problema que
los opositores del vallado no encaran: la
causa de la presencia de los indígenas en la
Plaza Uruguaya. Vinieron para reclamar al
Gobierno su promesa de solución al antiguo
problema de la tierra. Encontraron en la
plaza el mejor sitio para presionar a las
autoridades nacionales que parecieran
haberse desentendido del caso a juzgar por
el tiempo de la ocupación. Un tiempo de
padecimientos, de frustraciones, de rabia
mal contenida. Un tiempo de hambre, de
mugre, de enfermedades. Un tiempo que sirvió
para que se note toda la miseria, no de los
indígenas, sino de quienes deberían
atenderlos en su miseria, su orfandad, su
impotencia.
Cuesta creer que los indígenas vivan peor
que en la Plaza Uruguaya. Y si aquí están
mejor, se sienten más cómodos, más a gusto,
entonces necesitamos la intervención
inmediata de los organismos internacionales
que atienden los derechos humanos. No es
posible que prefieran vivir en la plaza
porque en su comunidad padecen una situación
peor a causa de la falta de tierra.
Esta falta de tierra es un tema que compete
al Gobierno central. La Municipalidad de
Asunción nada puede hacer al respecto, ni
siquiera –mucho menos– entregarles la Plaza
Uruguaya como sitio donde puedan vivir
agonizantes.
Y si el problema es de los indígenas con el
Gobierno, y el Gobierno se desentiende de
ellos, ¿por qué las protestas van dirigidas
contra la Comuna que procura salvar un
patrimonio que es de la ciudad y no del
Estado?
Los manifestantes contra el vallado –y no
contra la inacción del Gobierno– deben
dirigir sus buenas y humanas intenciones
contra las autoridades nacionales que están
para buscar, y encontrar, la solución a los
problemas de su competencia.
Hay enojos porque las rejas se alzan con la
intención de que los indígenas dejen de
acampar en la plaza y sigan viviendo en
ella. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que mueran todos
de hambre o de enfermedades? ¿Es posible, en
nombre de la solidaridad, manifestarse
porque los indígenas vivan, como viven, en
la plaza? ¿No sería más práctico dirigir el
enfado contra las instituciones que se
cruzan de brazos?
Otra cosa. Si el problema es entre los
indígenas y el Gobierno, creo que tendrían
mejor resultado las protestas si los
nativos, en vez de elegir la Plaza Uruguaya
–que es de la ciudad– se instalasen en los
jardines del Palacio de Gobierno o en
Mburuvicha Róga, que son del Estado. Pero
nadie, en su sano juicio, aceptaría que
tales sitios fuesen tomados en nombre de la
libertad de expresión.
Sí, la plaza es un lugar para la
manifestación, pero no para vivir en ella,
levantar ranchos de hule, hacer fuego, lavar
y tender la ropa, en una palabra, no fue
concebida para otra ocupación que no fuese
un paseo. Es decir, una actividad
transitoria.
En momentos en que no existen impedimentos
para que la ciudadanía disfrute de las
comodidades de una plaza –aunque fuese un
pedazo de sombra– no es correcto hablar de
una libertad enjaulada porque se dispone la
construcción de un vallado.
Sería bueno, en
todo caso, preguntar a los vecinos de la
Plaza Italia si sienten que su libertad ha
sido sepultada. Tal vez respondan con un
suspiro de alivio.
ALCIBIADES
GONZÁLEZ DEL VALLE
Asunción, 20
de Enero 2012
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