SE NOS CAYÓ LA PESTE

Alcibíades González Delvalle
Periodista

Ex Presidente del Sindicato de Periodistas del Paraguay

                                                              


Adelantándose a la peste porcina llegó a nuestro país Sabino Augusto Montanaro. Fue el viernes, día del obrero y en la semana del Periodista y del Maestro. O sea, algunos de los sectores sobre cuyas espaldas cayeron las manos inmisericordes de Montanaro.


Arrugado en una silla de ruedas daba la misma y patética imagen de Pinochet a su llegada al aeropuerto de su país, supuestamente a punto de morir. Pero enseguida, ya seguro en su tierra, se levantó y anduvo como cualquier persona de su edad. Fue otra bofetada a los chilenos.


Ignoramos si también Montanaro estaría con los males que le atribuyen. Aunque lo estuviere, no hay razón –con él ni con ninguno de su misma índole perversa– para que no se le apliquen las sentencias judiciales según las cuales debe guardar reclusión en la Penitenciaría Nacional.


Tales sentencias se dictaron luego del correspondiente proceso por los muchos crímenes en los que está comprometido y que fueron demostrados y probados. Asesinatos, desapariciones, torturas, confinamientos, exilios, son algunos de los hechos fehacientemente documentados. Frente a tales casos, cometidos sin descanso a lo largo de su inmenso poder, es una insignificancia que espere el fin de sus días sentado o acostado en una celda. Muchas de estas celdas están ocupadas por simples ladrones de gallinas. ¿Puede estar libre quien llenó el país de padecimientos indecibles? ¿Tranquilamente en su mansión terminará sus días un asesino en serie y en serio? ¿De qué justicia hablamos cuando Sabino Augusto Montanaro, ex poderoso y bárbaro ministro de Stroessner, deba disfrutar su vida en libertad? Es la misma y santa libertad que ha negado a tantos compatriotas; es la misma comodidad hogareña de la que privó a miles de paraguayos.


Ya comienzan a recordarnos la ley que exime a los ancianos a cumplir su pena en la Penitenciaría. Sí, existe esa ley. Pero fue dictada para los ancianos que hayan delinquido. Montanaro no es un anciano cualquiera. Ni siquiera un anciano. Es un monstruo que abría sus fauces para triturar cualquier intento libertario.


Amparado en esa ley, seguro de que sus crímenes quedarían impunes, seguro de que sus víctimas o sus familiares nada podrían hacer más que gritarle sus excesos, tomó el avión para ganar su casa. Esta decisión es un nuevo atropello a los derechos humanos. Su presencia es un nuevo crimen, es el recuerdo tormentoso del río de sangre y de lágrimas que abrió en nuestra tierra.


¿Para qué ha regresado? Seguramente para morir, seguramente empujado por la añoranza de la patria a la que tanto despreció con sus actos inhumanos. Muchos hombres y mujeres dignos de vivir y de morir en su tierra no lo pudieron hacer por culpa de la atrocidad de Montanaro.


Quizás algo alivie la inmensidad de su culpa si contase dónde fueron tirados los cuerpos de los patriotas que soñaron con una patria libre. Todavía le queda voz para decirnos en qué sitios fueron arrojados los despojos de quienes pasaron por Investigaciones, el Cuartel Central de Policía, La Técnica, las comisarías Tercera, Novena, Quinta, etc., la Guardia de Seguridad, y tantos otros centros de torturas.


Ignoramos si el Gobierno de Honduras habría hecho algún arreglo con el Gobierno de Lugo para que Montanaro, después de tantas negativas, decidiera regresar. Tal vez haya sido por propia iniciativa, o la de sus familiares, para luego invocarse razones legales y humanitarias para esquivar Tacumbú.


Sería irónico, tragicómico, que Montanaro no vaya a la cárcel por cuestiones humanitarias. Justamente él, que ha sido uno de los subhumanos del régimen de Stroessner.



ALCIBIADES GONZÁLEZ DEL VALLE

Asunción, 3 de mayo de 2009  

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