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EL SIGNO TRÁGICO DE ASUNCIÓN |
Alcibíades
González Delvalle
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Junto con estas y otras calamidades –como los raudales que arrastraban personas, viviendas y capueras– se padecieron los interminables enfrentamientos entre facciones rivales. Uno de los más serios fue la “herencia” de Alvar Ñúñez Cabeza de Vaca que dividió la Provincia entre “leales” –que eran sus partidarios– y “Comuneros“, que respondían a Domingo Martínez de Irala. Se alzarían después contra los jesuitas en feroces batallas que resonaron por todo el universo.
Por diez años, los conquistadores todavía se aferraban a la esperanza de llegar y adueñarse de la Sierra de la Plata. Todos los intentos habían fracasado porque no podían llegar hasta el sitio donde sabían, o suponían, la existencia de una fabulosa riqueza. Martínez de Irala, valiente, decidido, soñador, se puso al frente de un numeroso grupo de indígenas y españoles dispuestos a conquistar la esquiva fortuna, por la que se iban en suspiros y afanes. Y llegó hasta donde nadie había llegado antes por la ruta que se había trazado. Al fin, después de un largo, agotador, descomunal viaje, Martínez de Irala y sus hombres pisaron las estribaciones andinas. Pero solo fue para comprobar que el Potosí –El Dorado de los sueños y los quebrantos– ya había sido descubierto y tenía dueños. El regreso fue doblemente penoso. La desilusión explotó enseguida y camino a casa destituyeron a Martínez de Irala del cargo de gobernador.
Con los viajeros llegó la mala nueva a Asunción, ocupada en despilfarrar su energía en una revuelta, como tantas veces habría de repetirse en su historia. Se le repuso a Martínez de Irala pero los asuncenos no se repusieron de la desdicha de saber que nunca tendrían oro ni plata. La noticia llegó a la metrópolis y el Rey Nuestro Señor decidió olvidarse de su pobre y lejana Provincia. La abandonó a su suerte. No merecía ni un minuto de su tiempo afanarse por unas tierras donde lo único que brillaba era el sol agobiante.
Con su pobreza franciscana y sus muchos infortunios, Asunción se hizo querer hasta el delirio. Existe una copiosa documentación que prueba la admiración que inspiraba a nativos y extranjeros.
Extrañamente hoy, desde el Congreso, salen voces que alientan el regreso al pasado turbulento de las rencillas. De nuevo los asuncenos se ponen de pie para defender la ciudad de la codicia de quienes buscan desmembrarla. Los parlamentarios, que deberían defender con sus uñas y con sus dientes un territorio pleno de rica historia y de padecimientos indecibles, se inclinan por un nuevo despojo que ya había sido consumado por Stroessner, un dictador de raza a quien bastaba alzar un dedo para alterar mapas o borrar vidas humanas. Para infortunio de Asunción el espíritu depredador de Stroessner se posó en el recinto del Congreso. En el infierno hará una pausa para brindar cuando la capital del país sufra –Dios no lo quiera– otra mutilación que será tanto más dolorosa porque se habrá dado en democracia.
Una entendida en estos asuntos, la arquitecta Mabel Causarano, dijo en un reciente debate: “Una posible desafectación del territorio capitalino afectará en forma negativa no solo a Asunción sino a toda el área metropolitana”. En el mismo acto, el arquitecto Jorge Rubiani expresó: “(Asunción) mal podría tolerar que la quieran mutilar. Sería un golpe para todos los paraguayos (…) Esta ciudad debe ser protegida y potenciada, pues de aquí parten las soluciones de todos los problemas del Paraguay”.
Es de esperar que estas y otras razones inclinen la voluntad de los parlamentarios por mantener intacto el límite capitalino. Que el Dios de las ciudades ilumine la conciencia de los parlamentarios y eviten sellar la suerte adversa de Nuestra Señora de la Asunción. ALCIBIADES GONZÁLEZ DEL VALLE Asunción, 19 de abril de 2009
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