Hoy somos los dueños absolutos del destino de
nuestro país. Por unos minutos, pero decisivos, tendremos a mano la
formidable palanca para mover el Paraguay hacia atrás o hacia adelante.
Esos minutos marcarán el camino por donde hemos de transitar en los
próximos cinco años. Nadie quiere, desde la razón, volver al pasado. La
condición humana es abrirse paso hacia el porvenir. El progreso está
hecho de rupturas con lo existente.
“Para qué vamos a cambiar si estamos bien”, dijeron los humanos
primitivos a otros que deseaban instruirles en el uso de la rueda. “Para
qué vamos a cambiar si estamos bien”, dijeron las personas que iban a
caballo cuando se les invitó a subir en el primer tren. Hay un apego
enfermizo por lo ya conocido, aunque fuese del todo dañino.
Estar bien suele ser la
costumbre de estar mal.
Hoy podría ser el día
inolvidable del cambio. De algún modo se está dando. En 61 años, por
primera vez el Partido Colorado no tiene asegurada su permanencia en el
poder. No tanto por el empuje de la oposición, que de nuevo se presenta
fragmentada, sino por los mismos colorados que al fin se dieron cuenta
de que no es el Partido el que está en el poder, sino un grupo que
utiliza al Partido para su provecho personal, para volverse inmensamente
ricos a costa de la pobreza, cada vez más agudizada, de los mismos
colorados que se desloman en el trabajo honrado y que son mayoría.
A estos colorados se les
dice que la caída del Partido será una catástrofe. Podría ser, pero sólo
para quienes viven del Partido en función de gobierno. Para los demás,
para los colorados de a pie, para quienes son obligados a escuchar y
aplaudir discursos, nada cambiará. Hasta podrían vivir en un país mejor.
Hasta podrían reencontrarse, aquí, con sus padres o con sus hijos que
salieron del hogar en busca de auxilio extranjero.
A los funcionarios se les
mete el miedo de que serán barridos. Se da el caso de que a muchos de
esos empleados públicos les consta que los que mandan sobre ellos le dan
un manejo irregular, delictivo o arbitrario de los bienes del Estado.
Con la Ley del Funcionario no hay posibilidad de los despidos injustos.
Quienes pasaron dos años en el cargo gozan de una estabilidad que no se
puede quebrantar así porque sí.
Se da también el caso de
que son los mismos colorados los que despiden a sus correligionarios por
cuestiones partidarias. Pensemos en quienes se inclinaron por el Ing.
Luis Castiglioni en las recientes internas. Muchos de ellos, con tal de
asegurar su puesto de trabajo, aceptaron la humillación de apearse de
sus convicciones. Se entiende. La lógica del hambre es la más poderosa
de todas las lógicas. Por eso los que mandan se sirven de ella para
doblegar al adversario.
Está en manos de los
colorados -más que en las de la oposición- enderezar el rumbo del país
que se volvió para unos pocos. Hay demasiadas cosas que cambiar,
apuntalar, corregir. Nos hemos quedado rezagados en todos los órdenes.
Miremos el entorno y comparemos nuestra realidad cotidiana con la de los
vecinos. Tenemos todas las posibilidades para ser un país floreciente,
solidario, humano, pero unos cuantos compatriotas se empeñan en tenernos
al margen del progreso, para que ellos progresen.
Hoy el Paraguay necesita de
nuestro voto para sacarlo de la postración, para hacerle andar por el
camino nuevo de la esperanza nueva.
Nada haremos quedándonos de
brazos cruzados en casa viendo pasar la vida. O peor aún, acudir a las
urnas sólo para seguir amarrando el país a un pasado enteramente
olvidable.
Nada le sucederá al Partido
Colorado si deja el poder. Sus 120 años de vida le sostendrán, vigoroso,
en la placidez del descanso. Además, la Tierra seguirá rodando alrededor
del Sol. No habrá catástrofe.
Asunción, 19 de abril de
2.008
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