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EL COMPAÑERO LUGO |
Adolfo Ferreiro
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Alguien lo llamo “compañero”, antaño un término de significación precisa, hoy día desnaturalizado como toda la palabrería de nuestra paupérrima política. Otros prefieren el más cálido “paí” o el reverencial “monseñor”. Lo cierto, Fernando Lugo vino a constituirse en el principal referente de la contestación al gobierno y expositor de las consignas que buscan establecer un acuerdo para llegar, vaya a saber cómo, “al poder”.
Lugo habla sin competencia. Sus apariciones públicas suponen el silencio de los jefes de los partidos de la oposición. Lo mejor que hacen los dirigentes civiles es callar. La gente no quiere oírlos, nadie siente necesario saber qué piensan o proponen porque se duda que piensen y lo que proponen no alcanza siquiera el vuelo de la perdiz huyendo en el pastizal.
Por eso es conveniente, para vislumbrar hacia donde va la política y pronosticar acontecimientos, prestar mucha atención a lo que dice el novel caudillo. Lastimosamente dice poco, tan poco que no trasciende el lugar común de los variados descontentos y las invocaciones emotivas.
No obstante, se lo supone candidato presidencial de la “unidad opositora” que ha dado en autodenominarse “fuerzas democráticas”, aunque comportamiento, ideología y propósitos de muchos de sus componentes no acredita credibilidad sobre su integridad democrática. Entonces el “compañero” Lugo, en función de portavoz de esa coalición, lo que hace es repetir, con renovada rimbombancia, la retórica agotada de inicio, por inconsistente, de los cada vez más anodinos partidos de la oposición.
En la manifestación frente al Palacio de Justicia, el reclamo fue la reiterada demanda de nueva pulverización de la Corte Suprema de Justicia, mediante la defenestración de cinco de sus miembros por “corrupción”, otra palabra que de tan utilizada casi no identifica nada. Como la “corrupción” de los ministros denostados se refiere a sus votos en el trámite de la inconstitucionalidad, innecesaria y torpe dicho sea de paso, presentada por el presidente Duarte Frutos cuando las elecciones coloradas, es de suponer que no existe otra corruptela por la que puedan ser cuestionados. Al menos, ninguna otra que afecte exclusivamente a los cinco elegidos como chivos expiatorios de las culpas de Nicanor.
Lo único concreto que Lugo demandó es la esquizofrenia de echar irregularmente a quienes no pueden destituir por los mecanismos previstos en la Constitución. Lo que están exigiéndole al presidente es que abuse del poder, viole la Constitución sometiendo a diputados y senadores para que voten lo que no quieren y así expiar su “pecado” de haberla violado, según la antojadiza interpretación de la que hace gala la oposición.
De los dirigentes civiles de la oposición no puede esperarse honestidad política ni apego por el rigor conceptual a la hora de exponer sus propósitos. Es una lástima que la nueva figura de extracción religiosa, no parece inclinada a exigir el desarrollo de un discurso sustentado en algo más que el exabrupto inconsistente. Por ese camino, la calidad de la política seguirá decayendo. La demagogia, el oportunismo y la irresponsabilidad seguirán destruyendo lo poco que queda de las instituciones, empujando a todos hacia un destino incierto en lo que hace a la convivencia pacífica y civilizada en la república democrática.
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