BOLIVIA EN LA GUERRA DEL SETENTA

Artículo número 100 y su estrella

Adolfo Ferreiro 
Abogado

                                                              

Adolfo Ferreiro

   Suelo preguntar a estudiantes y graduados de “la secundaria” sobre temas que hacen a su formación general. También los someto a pequeñas pruebas de habilidad matemática, capacidad de lectura, escritura y razonamiento.

    Es así que recuerdo algunas respuestas, todas para la risa y el espanto, como que la raíz cuadrada es un número con una ve grande encima, las leyes las escriben los intendentes municipales, Natalicio González fue un prócer de la independencia y que Brasil, Argentina y ¡Bolivia! “pelearon” contra nosotros después de atacar primero en la guerra de ¡mil novecientos setenta!...

    Si a esto sumamos que en la etapa universitaria hay quienes responden que el renacimiento es “cuando resucita la gente” y que quienes no pagan sus deudas pueden ir presos porque así lo autorizan las leyes o, al tomar dictado escriben: “me dirijo a buestra señoria porke me hordenó de bolber el vuey que…”, el escenario se vuelve dramático.

    Podríamos gastar las páginas del diario en la bochornosa exposición de lo que el actual Ministro Riart, con coraje, calificó como el “fracaso” de la educación. Esa expresión, por venir de quien tiene a su cargo la principal responsabilidad gubernamental en la materia, contiene la energía de la asunción de la realidad, algo que la maquinaria de excusar evita sistemáticamente en este y en tantos temas.

    La realidad es atroz. En términos socialmente relevantes puede decirse que la educación actual, en su conjunto, la que se brinda en las escuelas humildes y en los institutos más requintados, no provee a los educandos los recursos mínimos para hacerlos personas aptas para el desempeño en eso de ganarse la vida y aportar cuotas de calidad a la sociedad.

    Será tarea de expertos hurgar en tantos pliegues de la historia próxima y remota, desarrollar consideraciones técnicas, revolver el arsenal teórico y listar evidencias deprimentes, para explicar el fracaso global de la educación, audible en toda conversación con quienes son su razón de ser. Habrá que pensar mucho para corregirla, lo que no será fácil en un país donde muchos maestros exhiben deficiencias formativas tan estridentes como que al manifestar sus protestas llegaron a corear aquello de “que se vaye la ministra… que se vaye la ministra…” o que a la hora de razonar entienden que no hay que perder tiempo en la teoría, porque en nuestra brutal cultura actual teorizar es despreciado y vamos a los tumbos con improvisaciones que no encaran los problemas con rigor y perspectivas de resultados aceptables.

    Si consideramos que en la educación se juega gran parte de nuestra viabilidad como sociedad y nación, es hora de asumir su fracaso y encarar la definición de políticas de Estado y de iniciativas sociales que nos haga salir de la prolongada caída libre en la que estamos desde hace décadas y cuyos patéticos resultados están a la vista.

Asunción, 20 de Enero de 2010

 

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