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Suelo preguntar a estudiantes
y graduados de “la secundaria” sobre temas que hacen a su formación
general. También los someto a pequeñas pruebas de habilidad matemática,
capacidad de lectura, escritura y razonamiento.
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Es así que recuerdo algunas respuestas, todas para la risa y el
espanto, como que la raíz cuadrada es un número con una ve grande
encima, las leyes las escriben los intendentes municipales, Natalicio
González fue un prócer de la independencia y que Brasil, Argentina y
¡Bolivia! “pelearon” contra nosotros después de atacar primero en la
guerra de ¡mil novecientos setenta!...
Si a esto sumamos que en la etapa
universitaria hay quienes responden que el renacimiento es “cuando
resucita la gente” y que quienes no pagan sus deudas pueden ir presos
porque así lo autorizan las leyes o, al tomar dictado escriben: “me
dirijo a buestra señoria porke me hordenó de bolber el vuey que…”, el
escenario se vuelve dramático.
Podríamos gastar las páginas del diario
en la bochornosa exposición de lo que el actual Ministro Riart, con
coraje, calificó como el “fracaso” de la educación. Esa expresión, por
venir de quien tiene a su cargo la principal responsabilidad
gubernamental en la materia, contiene la energía de la asunción de la
realidad, algo que la maquinaria de excusar evita sistemáticamente en
este y en tantos temas.
La realidad es atroz. En términos
socialmente relevantes puede decirse que la educación actual, en su
conjunto, la que se brinda en las escuelas humildes y en los institutos
más requintados, no provee a los educandos los recursos mínimos para
hacerlos personas aptas para el desempeño en eso de ganarse la vida y
aportar cuotas de calidad a la sociedad.
Será tarea de expertos hurgar en tantos
pliegues de la historia próxima y remota, desarrollar consideraciones
técnicas, revolver el arsenal teórico y listar evidencias deprimentes,
para explicar el fracaso global de la educación, audible en toda
conversación con quienes son su razón de ser. Habrá que pensar mucho
para corregirla, lo que no será fácil en un país donde muchos maestros
exhiben deficiencias formativas tan estridentes como que al manifestar
sus protestas llegaron a corear aquello de “que se vaye la ministra…
que se vaye la ministra…” o que a la hora de razonar entienden que no
hay que perder tiempo en la teoría, porque en nuestra brutal cultura
actual teorizar es despreciado y vamos a los tumbos con improvisaciones
que no encaran los problemas con rigor y perspectivas de resultados
aceptables.
Si consideramos que en la educación se
juega gran parte de nuestra viabilidad como sociedad y nación, es hora
de asumir su fracaso y encarar la definición de políticas de Estado y
de iniciativas sociales que nos haga salir de la prolongada caída libre
en la que estamos desde hace décadas y cuyos patéticos resultados están
a la vista.
Asunción, 20 de Enero
de 2010
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