CIFRAS

Artículo número 100 y su estrella

Adolfo Ferreiro 
Abogado

                                                              

Adolfo Ferreiro


Por donde se mire, los números que cuantifican las cosas en nuestro país, o las cosas puestas en números, producen ansiedades varias. Unas veces, las cifras son descomunalmente desalentadoras, otras estimulantemente minúsculas.

Somos apenas seis millones de habitantes en un territorio que, en otros “mundos” de civilización, cultura y desarrollo, en las mismas superficies, aún con adversidades por aquí impensables, albergan diez veces más personas en notorio grado de riqueza y bienestar. Mientras a algunos esto lleva a la tranquilidad de que “nuestros problemas no son nada”, a otros altera de los nervios porque en veinte años más seremos doce millones y si ahora no podemos con lo pocos que somos, qué será entonces.

Coincidimos que estamos en una era donde la calidad de la gente, especialmente la que resulta de la educación, es el recurso principal para mejorar integralmente. Entonces se evidencia, en toda clase de cifras, que sufrimos la pandemia de resultados lamentables, a todos los niveles. El casi ochenta por ciento de maestros que no supera pruebas elementales de capacidad profesional y la constatación de los miserables resultados de la educación superior donde se contabiliza decenas de “universidades” que los especialistas no vacilan en calificar de estafas, da para todas las aritméticas deprimentes que se intenten.

Las demandas de transferencias de recursos a sectores necesitados de todo, que según se mire incluye hasta al cuarenta por ciento de la población, no parecen significativamente atendidas cuando una iniciativa como la reforma agraria proyecta resultados que no llegarán, si llegan, a más de cinco mil de las doscientas mil familias que los reclaman, al menos en los tiempos que las impaciencias exigen.

Los índices del desempleo, explícito, encubierto o disfrazado por el supernumerario en el sector público, demandan un crecimiento económico que no se vislumbra ni en la versión más optimista. El estancamiento es verificable en las cifras y a simple vista. La crisis financiera global tiene su impacto, sin duda, pero la persistencia conservadora en obstaculizar hasta el agobio a los particulares en el desarrollo de versátiles iniciativas industriosas que produzcan riqueza, intercambio y generen empleos directos e indirectos, parece constitutiva de la famosa “alma de la raza”. Las cuantificaciones de trabas burocráticas, requisitos inconducentes y parasitismo administrativo siguen escandalosamente cargadas a favor del estancamiento, la lentitud, los altos costos y la exacción parasitaria. Todo conduce a despilfarros multimillonarios si se los mide “socialmente” y constituye tal vez el freno más determinante al crecimiento económico que produce la gente para la gente.

Puede insistirse en múltiples rubros e infinitos casos. Cifras las hay para el regodeo, sobre todo cuando por la mentalidad estática y conservadora dominante, cada vez más adornada de radicalismos e intransigencias inconducentes, queda poco para planteamientos en verdad modificadores. Tal vez sea la hora de hacer el esfuerzo de enfoques serenos, alejados de maniqueísmos simplistas y reflexionar profundamente sobre cuestiones previas que hacen a la viabilidad de lo que somos y de lo que decimos que queremos ser. La tarea no es fácil. Implica, antes que nada, asumir como ciertos y hasta inmodificables hechos y condicionamientos que, según quienes sean, obligaría a superar repugnancias ideológicas que operan como dogmas místicos.

Obligaría a una renovación completa de nuestra indolente manera de pensar y actuar, con diagnósticos críticos y coraje político que, si se pudieran medirse en cifras como el P.I.B., se verificarían entre las más bajas del mundo. Sin duda esta vía exige la total “reingienería” del desempeño intelectual, político y moral, socialmente valuables, lo que de darse llevaría a la profunda revolución paraguaya del siglo y arrojaría toda clase de cifras alentadoras en las décadas por venir. De lo contrario, no hay muchas esperanzas de sanar la depresión en la que nos hundimos cada vez que se publican e interpretan números.



Asunción, 24 de mayo de 2009 

 

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