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RECUPERANDO A LUGO |
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Adolfo Ferreiro
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Lugo es “imagen”. Podría decirse “pura imagen”, sin que signifique calificación peyorativa sino mera verificación de las circunstancias políticas que lo llevaron a la presidencia. Se sabe que “la imagen” es volátil en la voluble mente de masas, electores y ciudadanos frívolos, hundidos en la precariedad del más pobre civismo, con instituciones que apenas se levantan, son destruidas por el imperio de lo retrógrado y lo ignorante en las elites. Sin discurso, con moralinas, la Alianza acuñó un término casi religioso, “el cambio”, sin noción uniforme ni programática de lo que ello significaría, al punto que hoy es para cada quien lo que se le da la gana. “El cambio”, en la mala política, quiere decir tanto como “la salvación” en la mala religión. Sensatamente, nadie puede esperar demasiado en términos de resultados de un gobierno que nunca mostró tener idea del qué hacer. No son ni liberales ni socialistas sino todo lo contrario y lo mismo también. Es el resultado del atropello oportunista a la cultura republicana, democrática y laica. Al pisoteo de los principios constitucionales y el fraude legal. Todo justificado en lograr la “alternancia”, aún sin “alternativa”, y que el obispo Fernando Lugo podía reunir electoralmente a todos, porque se necesitaba de alguien que no lo fuera, obvia consecuencia de la destrucción por el canibalismo y el intelecto degradado, de las instituciones partidarias y los liderazgos civiles. Fernando Lugo brindó lo que se necesitaba para la alienada victoria: imagen, todo imagen, nada más que imagen. Por eso la situación actual es delicada. No se trata de un estadista o líder político que dio un tropezón pero que mantiene firme la mano, por la calidad de su gestión, no por el palabrerío de momento, en la nave del gobierno. Fernando Lugo sufrió el impacto de un torpedo en lo más importante de su prestigio: una vida honorable como sacerdote y obispo, que es lo que hizo que se lo viese confiable. Ahora exhibe incoherencia con su moral religiosa, conducta desarreglada y duplicidad. Es terrible que sus defensores, al pretender quitarle importancia al desmoronamiento de su fama, razonen como si dijeran que en el Paraguay la coima no es socialmente mal vista y con ello se quisiera excusar la conducta coimera de una autoridad, por ejemplo. Lugo quedó seriamente disminuido en la estima que la gente tenía hacia su persona por esas virtudes que ahora desaparecieron y que fueron las que lo excusaron por las que carece como presidente. Difícilmente pueda recuperar su imagen de santo y misericordioso obispo. No puede contar con ello para el respeto del público. Tal vez esto lo impulse a intentar ser un buen gobernante, lo que no se espera de él, y acumule méritos que, por su buena obra política, haga olvidar sus tribulaciones de sacristías y reconocerle calidad de estadista. Asunción, 26 de abril de 2009
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