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LUCERITO ALBA |
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Adolfo Ferreiro
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Otro castrense, Raúl Castro, decrépito como su régimen que agoniza. De Dominica, vaya saber dónde queda, sonríe sin beberla ni comerla Roosvelt Skerrit, buen mozón parecido al Belafonte de Hollywood. Manuel Zelaya, hondureño, con sombrero tejano y pinta de cowboy de película mejicana, abraza al deteriorado, en todo sentido, Manuel Ortega, quien para posar bajó la mano tendida siempre para su país que se hunde en la miseria por tanto odio, confrontación, fanatismo y corrupción. Evo, de “championes” y camisa nativa sofisticadamente diseñada, con sonrisa de aplicado alumno bolivariano, no podía faltar. En el extremo del cuadro, Fernando Lugo, menos de santo y más de cura que nunca, lente hu para más. No están los presidentes de países como Uruguay, Costa Rica, Chile, Brasil, Perú, Colombia, Méjico, Argentina, diciendo con la ausencia que el plan bolivariano les resbala por chiflado, antidemocrático, inviable y ridículo, a más de inepto para la inserción en un mundo donde la institucionalidad democrática y la cooperación internacional fecunda, andan por caminos sobrios y racionales. Los estilos pueden ser firmes, radicales si se quiere, pero serios, con líderes que no necesitan disfrazarse de vaqueros, indios o rambos de series televisivas. La pinta es lo de menos, pero cuenta. Hasta don Francisco sabe que la investidura implica pudor, por eso con sus años y sus kilos se presenta sobrio ante las cámaras. ¿Qué hace ahí Fernando Lugo? Cuesta entenderlo. Lejos de la región, ausente del mundo, tal vez obtendrá fiado algunos litros de gasoil que igual los podría comprar en cualquier parte, sin necesidad de colgar el futuro del bolsillo y los caprichos de Hugo Chávez. Identificado con lo amortizado, descuidado de lo que se requiere para ser tomado en serio en la comunidad internacional. Formando fila para arrojarse del trampolín a la pileta vacía de perspectivas. Haciendo fuerza en un grupo de etcéteras, donde salvo Venezuela, los demás ni tienen para pagarse el almuerzo o hacer saber donde quedan sus domicilios. Peor aún, varios de los del ALBA son arcaicas figuras del autoritarismo, la demagogia y el desprecio por la república y la democracia. Hombres y regímenes sin mañana y, menos aún, pasado mañana. ¿Hay, acaso, el propósito de emularlos en lo que fueron, son y parece que serán? ¿Se quiere para nuestro país la instalación de gobiernos autoritarios, populistas o antidemocráticos como los de algunos de ellos? ¿Buscamos estatizaciones paralizadoras de todo progreso económico con bienestar sustentable? ¿Quieren evangelizar a las masas alienadas con maoísmos de libritos sacros y constituciones charra? ¿Se anhelan reelecciones infinitas en presidencialismos monárquicos? ¿Sueñan acaso con vivir contra el rumbo global del mundo, reconstruyendo paraísos perdidos e instalando hegemonías raciales, culturales o de clase, perimidas para la inteligencia de los que conciben una humanidad integrada para enfrentar sus desafíos? Tal vez sea la hora de mirar la foto de los del ALBA y hablar con rigor y sinceridad sobre lo qué hacía hace Fernando Lugo entre ellos y que consecuencias tendrá que suba al carro donde los más sensatos no se montan ni borrachos. Asunción, 19 de abril de 2009
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