LO PEOR DE NICANOR


Adolfo Ferreiro 
Abogado

                                                              

Adolfo Ferreiro

El presidente que se va experimenta en carne propia que “del árbol caído todos hacen leña”. En los balances, los méritos de su gestión no suman nada y sus desaciertos se contabilizan con detalles.

Tanto es que Nicanor se convirtió en el artífice de los males que todos padecen. Desde las raterías hasta la derrota electoral de su partido, pasando por la degradación de tantos en la pobreza y el intríngulis de la de la cuestión energética. Pese a contar con fuerte respaldo de partidarios tenaces, aún se duda si jurará como senador vitalicio o lo que sea o, peregrinará por los tribunales buscando zafar en juicios entreverados.

Dicho esto, queda claro que intentar la evaluación objetiva, serena, ponderada, de la gestión de Nicanor sería como predicar en el desierto. Audiencia cero. Por ello, no cabe intentarlo, al menos hasta que la serenidad y objetividad retornen y se restablezcan las condiciones mínimas para pensar y pensarnos.

Ahora apenas es posible listar los ítems sobre los que alguna vez habrá de hablarse. Entre ellos, lo peor de su gestión política presidencial: el daño a la cultura institucional.

Cuando estaba recién electo y todavía no había asumido, un tribunal civil sentenció en un publicitado litigio. Nicanor denostó prepotentemente al magistrado que votó en un sentido y homenajeó “resaltando su condición de mujer paraguaya” a la que lo hizo como él entendía debía ser. De ahí a su iniciativa de “pulverizar la Corte Suprema” y terminar proclamando como consigna patriótica el desprecio a los principios fundamentales del sistema constitucional de inhabilidades para ser electo senador “activo”, con la “doctrina” de que “todos pueden participar y que el pueblo decida”, fue el deslizamiento en el tobogán de la irracionalidad.

Cometió el error de confundir caudillismo con poder institucional. Se proclamó tendotá, luego de insinuarse rey sol. En algún momento lució una boina a lo Chávez y, por supuesto, hasta el final aturdió y asustó con retórica desgañitada, repleta de improperios, que hizo de su discurso afónico en todo sentido. Una lástima, porque las veces que intercambió serenamente supo lucir inteligente, bastante leído, seguro de sus actos de gobierno y hasta seductoramente encantador. Bipolar le dijeron por eso.

Olvidó que el ejercicio de la presidencia y de otras altas funciones de autoridad pública, en la democracia con estado de derecho es más eficaz y fácil si funcionan las instituciones, es decir las regulaciones legales y de práctica que hacen a la moderación de la autoridad y a la coerción legal disponible para su acatamiento.

Entre otras cosas, la política de Nicanor, que en la confusión generada ganó el apoyo unánime de los partidos parlamentarios, deja como herencia una preocupante crisis en relación al Poder Judicial. La perversa noción de que con la Constitución se puede hacer cualquier cosa con sólo interpretarla sin técnica ni respeto por las tradiciones jurídicas y políticas implícitas en su normativa, al mero antojo de la paraguayidad, impidió que en todos estos años se hiciera esfuerzo serio para resolver la cuestión de fondo: la aplicación o no del principio de inamovilidad de los ministros de Corte, como lo manda la tradición constitucionalista de occidente.

Tan profundo caló la vulgarización de las nociones de institucionalidad que promovió y aprovechó Nicanor, aunque no él solamente, que ahora que comienza una nueva etapa su criterio se repite en casi todas las propuestas que se escuchan para superar el estado de las cosas. Las repiten hasta sus más exacerbados detractores, sin percatarse que piensan y actúan como él: con una superficialidad entre ignorante y demagógica.

¿Será que, derrotado Nicanor en las elecciones, vencerá porque su manera de ver y hacer respecto de las instituciones se volvió la de todos?

Apuntemos la pregunta para cuando haya tiempo de pensar en serio, si alguna vez lo hay.



Asunción, 8 de agosto de 2.008 

 

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