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A LA LUNA CON LUGO |
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Adolfo
Ferreiro
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Cuando la Unión Soviética y los Estados
Unidos protagonizaban la carrera espacial, que tenía que ver con la
consolidación del poder las dos potencias, los rusos sacaban pingüe
beneficio de propaganda política por sus resultados iniciales
ventajosos. No era una cuestión solamente de llevar la delantera en la
incipiente aventura hacia la humanidad estelar, sino de hacer ver que
esos artefactos otorgaban ventajas estratégicas para la eventual
confrontación termonuclear que resolviera la rivalidad. Eran los años
de la guerra fría y la cosa no podía tomarse con sorna. El presidente John F. Kennedy sabía que, en el largo plazo, Estados Unidos terminaría venciendo en la carrera por su superioridad científica y tecnológica. Era consciente que, porque los rusos habían comenzado antes, obtendrían durante la primera parte de la competencia mejores resultados. Tenía certeza de que los yankis llegarían primero a la meta final. Esa meta, desde luego, tenía que ver con que toda la parafernalia tecnológica militar derrotaría al enemigo, sea con la guerra o en el nocaut técnico con que, felizmente, terminaron esas décadas de terror belicista. Tomó una decisión de gran inteligencia política: poner la meta no en cada evento menor, sino en uno grande, que opacaría todas las victorias parciales del adversario y que motorizaría la voluntad de hacer el esfuerzo para terminar venciendo al final, en una victoria incontrastable, definitiva. La meta, la línea de llegada, fue puesta por los americanos en un lugar lejano e inspirador, subyugante, depositario de tantos anhelos humanos: la Luna. El final es conocido. Armstrong y Aldrin se posaron en la Luna. Después, mucha agua corrió bajo el puente, cayó el muro de Berlín, etc., etc., hasta que la poderosa y amenazante potencia comunista, se disolvió y desapareció para siempre. La idea de Kennedy fue la versión sofisticada, ajustada y actualizada, de poner la zanahoria delante del carro, bien adelante, de manera que los altibajos y contingencias del camino no pesen demasiado y, sobre todo no impidan llegar al objetivo principal, que se sabe posible, alcanzable y beneficioso. El gobierno que se está formando aún no ha dicho con claridad qué hará en las cosas que requieren resultados en el corto plazo, pero ya ha definido “la Luna” a la que quiere llegar: la renegociación del tratado de Itaipú. Sin embargo, hay diferencias que permiten dudar que pueda obtener el resultado de Kennedy y sus sucesores. Primero, porque nadie honradamente, puede asegurar qué pueda lograrse, al menos como se pretende. Segundo, que la retórica electoralista y el cortoplacismo de nuestro atraso, están colocando la meta en un tiempo muy cercano en el cual difícilmente pueda obtenerse el resultado y que podría coincidir con la etapa más frustrante del intento. Tercero: la falta de precisión sobre el sentido general con que se enfrentarán los grandes desafíos y se orientará eso que se sigue llamando muy genéricamente “el cambio”. Podría convertirse la luna de Lugo en el único gran objetivo, de previsible azaroso proceso, sin resultados visibles durante su mandato. No hay que olvidar que el ímpetu estratégico de Kennedy hizo llegar a la Luna cuando ya gobernaba Nixon y concluyó en el gran premio del desmoronamiento soviético en época de Reagan. No será bueno quedarse mirando la luna de Itaipú mientras no se absorban y superen los escollos del camino que hacia donde lleva la mística reformista del nuevo régimen, porque de ser así, aunque finalmente se pose la nave sobre el tratado y lo reescriba a nuestro gusto y paladar, será tarde para sofocar las iras de tantas otras frustraciones. De la inteligencia política de los nuevos gobernantes depende que la meta a largo plazo no caiga como un aerolito sobre su cabeza, tarde o temprano. Asunción, 12 de junio de 2.008
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