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ELLOS NO VOLVERÁN |
Adolfo Ferreiro
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La palabrería electoral, que tiene sus licencias, no dejó de lado entre todo lo que tocó con superficialidad, la cuestión de los emigrados, especialmente los emblemáticos idos a España. La incapacidad paraguaya de retenerlos con oportunidades dignas, se disimuló incluso con algún exabrupto contra el maltrato que reciben de quienes les brindan una oportunidad de vida con trabajo, paz, pan y libertad, en el primer mundo o, aunque sea, en sus orillas más cercanas. La migración es tan antigua como la humanidad. Es la historia misma de la humanidad. Nosotros no estaríamos aquí, no hablaríamos la lengua que hablamos, no tendríamos los rasgos ni los nombres que portamos, no practicaríamos las religiones que profesamos ni las ideas foráneas, nacionalistas o indigenistas que creemos tan propias, si no fuera porque como todos los puntos del planeta somos uno donde se cruzaron y se siguen cruzando los caminos por donde millones de españoles, indígenas, portugueses, polacos, rusos, árabes, chinos, argentinos, coreanos, japoneses, hindúes, alemanes, croatas, belgas, brasileños, mennonitas, negros, blancos, amarillos, mulatos, mestizos, construyendo la pequeña nación que somos. La migración, como todo proceso humano, es variada, dolorosa y compleja. Si tiene causas dominantes, falta de trabajo por ejemplo, ello no excluye otras, propias del carácter humano: busca de oportunidades imposibles donde se nació; espíritu aventurero y curioso, neurosis y pasiones de todo tipo, circunstancias familiares, afectivas y tantas más. Tomando en consideración los motivos de mayor relevancia por los que la gente se va masivamente a otro país, políticos y económicos, de ambos hemos tenido a lo largo de nuestra historia. Comenzaron en la colonia, se instalaron para siempre en la “época dorada” de Francia y los López y se hizo tan costumbre que lo padecieron hasta los más preclaros héroes de nuestras guerras y, ni que decir, los patriotas de la paz. Casi todos fuimos alguna vez exiliados políticos o económicos. O hijos y nietos de expatriados. Y los que estamos aquí, hemos vuelto. No se en qué porcentaje, pero habiendo recorrido los países vecinos y algunos tan lejanos como los de Norteamérica y Europa, sabemos que para decenas de miles el retorno es el sueño que se alimenta con la quimera que dura lo que la vida de los que se fueron. Igual que nuestros abuelos, que nunca volvieron a Galicia, Génova o Damasco, ellos no volverán. Los que se van echan raíces, tienen hijos y nietos para los que Caraguatay suena tan exótico como para nosotros Pontevedra. Ellos se volvieron peatones de La Gran Vía y de la Ocho Calle. Démonos entonces un baño de realidad, sobre todo por respeto a esos miles de compatriotas que dejaron o se vieron obligados a dejar la vida sedentaria para sumarse a las milenarias caravanas en pos de mejores sitios donde vivir. Si algunos quieren y pueden volver, tal vez podamos facilitarles ciertas cosas. Pero no soñemos, en masa no volverán, no dejarán sus hogares, sus hijos y su bienestar. Sería insensato que lo hicieran, porque les habrá llevado la vida lograr lo que aquí, definitivamente, les fue imposible y, recordémoslo, solo se vive una vez. Asunción, 4 de mayo de 2.008
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