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CULEBRÓN CARIBEÑO |
Adolfo Ferreiro
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Como era de esperar, las cosas terminaron en la cumbre de jefes de estado latinoamericanos en Santo Domingo donde debieron comenzar: una disculpa educada por parte de Colombia y una rápida y razonable aceptación ecuatoriana. Sin disminuir la importancia del principio de intangibilidad de los territorios de los estados soberanos, lo que ocurrió en la jungla ecuatoriano colombiana no tiene, desde el punto de vista de la soberanía territorial ni la integridad de las poblaciones, la magnitud que le dieron los estentóreos discursos de algunos mandatarios. Menos aún en consideración de esta y miles de otras anécdotas trágicas en una guerra civil que lleva cerca de cincuenta años, perturbando no sólo al país donde se produce, sino a la región en su conjunto, incluso más allá de los países linderos. Se vivió y sufrió de todo en la maratónica cumbre. Una vez más hubo de soportarse la verborrea esquizofrénica de Hugo Chávez, que insumió decenas de minutos en relatar, pretendiendo una gracia personalizada de la que carece, su historia personal, desde cuando fue cadete hasta el tiempo bendito en que él y su delirante boliviaranismo llegaron para la salvación de Venezuela, América Latina y, ya que estamos, del mundo… y sus alrededores. Se sucedieron las expresiones groseras y fanfarronas y serviles de Ortega, que se entienden porque quién de la limosna vive no puede morder la mano que se la da. Cristina Fernández pronunció algunas palabras de circunstancia pero, sobre todo, repartió sonrisas, besitos y pestañeos. Total, como es la política argentina, de los gronchos caribeños nomás se trata y alguna ventaja en pesos siempre produce lisonjear al Energúmeno. A por eso fue y con algunos duros volvió. Los brasileros, por su parte, tal vez fueron los que más hicieron pero, como siempre, con el perfil bajo, sobrio, de quienes administran Sudamérica como una fazenda de temperamentales e improvisados. Por supuesto, figurita central del culebrón de mala factura, el atildado presidente Correa tuvo que acomodar sus extremos afectivos y emocionales impostados para descabalgar del corcel guerrero e intercambiar cumplidos de cantina con su archienemigo de circunstancias, el presidente Uribe. Tuvo que tragarse verdades sobre el ambiguo comportamiento de su gobierno y su gente de poder en el asunto de coqueteos, flirteos y concubinatos con las FARC. En fin, para gusto de todos, compartieron la ficción de que arreglaron un crucial melodrama sin la participación de Estados Unidos, fomentando la creencia falsa de que algo importante que ocurra en el Caribe podrá ser sin una participación constructiva, permisiva o destructiva del “imperio”. Show de mala factura y peor fritura, la reunión de Santo Domingo no cambió la realidad real. Lo primero, que la cuestión de la guerra civil en Colombia es, antes que nada, una cuestión de los colombianos. Si su finalización será mediante la supresión militar de los rebeldes o caminará por la negociación pacificadora, dependerá de lo que pase política y militarmente en Colombia. Por la fuerza de esta realidad y una clara superioridad cultural, el presidente Uribe fue el mejor actor, uno de los pocos que estuvo a la altura de la comedia, muy por arriba del teleteatro mediocre del Caribe. Si prospera el deseo de Hugo Chávez de convertir a las FARC en la milicia del “bolivarianismo”, del que se considera jefe y líder incuestionable, sin duda lo que se haya dicho en Santo Domingo y pueda decirse en el futuro sobre la inviolabilidad de los territorios soberanos, no tendrá que ver con unos matorrales perdidos por ahí sino en una confrontación bélica de las que involucran a estados que siempre priorizarán sus intereses como tales, que nada tienen que ver con las sensiblerías, fruslerías y vulgaridades del culebrón que nos chupamos, para muy poco, el viernes pasado.
Asunción, 9 de marzo de 2.008
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