EL FIN DE NUESTRA HISTORIA

Adolfo Ferreiro 

                                                              

 

 

     Cuando Francis Fukuyama analizó el chavismo de Hugo Chávez, planteó cosas que no se pueden dejar de lado respecto del fenómeno político venezolano y latinoamericano en general, incluido el nuestro.

 

Pese a que, como lo señaló Fukuyama, el rumbo político de la mejor Latinoamérica, con sus gobiernos algunos de izquierda, va para otro lado, el “chavismo” inspira fuertemente donde el atraso integral y la pobreza intelectual de los dirigentes impera. Por ahí nos toca a nosotros la cosa, sobre todo después de que nuestro Tendotá expresó su embelezo por la democracia venezolana, lo que comparte con muchos animadores del Iluminador, su principal rival electoral del momento.

 

No es fácil entender y explicar el fenómeno Chávez; a no ser que se cuente con el poderoso intelecto de pensadores como Fukuyama o se supere los prejuicios de la miseria intelectual que abruma la periferia del mundo. Por eso provoca tanto al decir: “La idea de que la Venezuela contemporánea representa un modelo social superior a la democracia liberal es absurda. En sus ocho años como  presidente, Chávez ha capitalizado la riqueza petrolera de su país para tomar el  control del congreso, los tribunales, los sindicatos, las comisiones electorales y la empresa nacional petrolera. Hay propuesta una legislación que limitaría el financiamiento extranjero y que pronto también pudiera estrangular a las organizaciones no gubernamentales. Y la gente que firmó a favor de un  referendo revocatorio en el 2004 se quedó sin trabajo. El éxito de Chávez en atraer la atención - haciéndose amigo de Fidel Castro, firmando acuerdos de compra de armas con Rusia, visitando a Irán y criticando incesantemente a Estados Unidos - ha popularizado la idea de que el chavismo encarna un  nuevo futuro para América Latina”. Fukuyama explica sucinta pero brillantemente cómo el chavismo se sostiene en la bonanza petrolera y está condenado a durar lo que ella dure. Venezuela, cada vez más, se parece menos al resto de Latinoamérica, no porque progrese sino porque se tornó un emirato árabe, sin economía dinámica que permita la disminución de la pobreza, el progreso económico y social. Su “bolivarianismo” no es más que un disparate místico político. Un fundamentalismo para ignorantes.

 

 “Al preservar algunas libertades, incluyendo una prensa relativamente libre y elecciones seudo democráticas, Chávez ha desarrollado lo que algunos observadores llaman una dictadura postmoderna,  ni plenamente democrática ni plenamente totalitaria, un híbrido de izquierda  que disfruta de una legitimidad nunca conseguida por la Cuba de Castro o por la Unión Soviética”, señala Fukuyama al caracterizar el régimen político venezolano. La noción “dictadura postmoderna”, un hibrido más que de izquierda porque podría darse, en nuestra modesta opinión, con regimenes populistas de derecha, es subyugante. Merece ser analizada como un riesgo cierto para nuestro país: el camino abierto por la Constitución del 92, que aniquiló la viabilidad de instituciones básicas de la democracia, el actual desmantelamiento de los partidos políticos democráticos y el surgimiento de liderazgos mesiánicos, en medio del total extravío ideológico de las dirigencias amorales de masas sin educación, tal vez supla con creces la falta del dinero petrolero y sustente nuestra versión de la barbarie chavista en poco tiempo.

 

“El chavismo no es el futuro de América Latina. Si es algo, es su pasado”, sentenció Fukuyama. Pero, como en el Paraguay nos encanta vivir el presente como la continuación del pasado visto a través del delirio; ¿quién puede asegurar que nuestro futuro no sea el pasado de los demás?

         

      

¿Que calificación le merece este artículo?
Excelente

Muy Bueno

Bueno
Regular
Malo

Ver resultados
Ver comentarios 

volver