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Pero la
búsqueda de la verdad no es el objetivo de muchos inescrupulosos,
sino sembrar la duda y medrar en consecuencia. Por eso no se puede jugar
con el rumor. Nos interesa señalar que rumor también se define como
“murmullo continuo y confuso de voces” o “sonido vago y constante”, pues
revela que lo ininteligible de los mensajes que pueden contener los
sonidos o voces, los convierte en algo diferente a una fresca y veraz
información. El ruido es como la ceniza que dejó el fuego, o el trueno
que anuncia la lluvia. No hay fuego ni agua, pero sus prolegómenos o
restos anuncian lo que habrá o hubo. Los rumores no son verdades, pero
las anuncian como posibilidades, tratan de persuadir, de hacer compartir
una creencia. De allí su fuerza.
El chisme
es también una información verdadera o falsa, que se difunde siempre
para difamar a una persona o para malquistarla con otra. Los chismosos
son, por eso, siempre maliciosos. Los chismes casi siempre utilizan la
vía del rumor, pero el rumor no siempre es un chisme. Dado que la
actividad política es conversada, se ejerce con la palabra, el discurso,
el lenguaje. El rumor y el chisme son perversiones de esos instrumentos
de comunicación. Más el chisme que el rumor, que puede ser anticipatorio
de un hecho verdadero, por eso molesta o atrae, en forma ambivalente.
Hay una
cadena del rumor, en la que participan como eslabones
muchas personas, por lo general. También hay personas especialistas en
hacer correr un rumor con intenciones muy definidas, como decir que un
político está enfermo de cáncer u otra enfermedad mortal, como el Sida,
que tiene una amante o un amante, que es homosexual, que pertenece a
grupos o logias secretas, que en su juventud militó en la extrema
izquierda o en la extrema derecha, que fue agente de la CIA o de la KGB,
o que trabajaba a sueldo de organizaciones extranjeras, que pronto será
despedido de su cargo o que será trasladado en forma desdorosa. Todo
ello para causar un perjuicio a la imagen del político. Pero también se
puede correr el rumor de que fue el mejor de su promoción militar o
profesional, que fue objeto de distinciones o condecoraciones, que cenó
con el Presidente, que su esposa es prima del jefe, que tiene una novia
o embarazó a alguien -si se sospecha sobre su homosexualidad-, que
recibió llamadas de apoyo de personajes claves, que tiene en la manga un
proyecto secreto, que está propuesto para un cargo jerárquico, etcétera.
Y la intención de estos rumores es favorecer la imagen del protagonista.
En la
difusión del rumor se dan ciertas características que lo hacen peculiar.
Primero, hay una dispersión de la información, lo que da lugar a que
cada eslabón de la cadena interprete, haga comentarios, y agregue o
censure y elimine partes de la versión, lo que hace del rumor una
versión colectiva que trata de dar sentido a los hechos que no son
del todo explicables. Por ejemplo, se esperaba una resolución que se
posterga y se produjo otra diferente: el rumor que se genera en
consecuencia, trata de entender y explicar porqué pasó esto y no lo
otro. Es decir, es una respuesta a lo paradójico. Hace suponer
intenciones aviesas, de doble vida, de algo oculto. La psiquiatría
considera al rumor como una enfermedad mental casi psicótica del cuerpo
social. Si cunde la desconfianza, hay paranoia. Si cunde la credulidad,
se es capaz de creer las fantasías más disparatadas, no se tiene juicio
de realidad. Para el psicoanálisis el rumor se vincula con lo siniestro
que a su ver permite liberar el instinto de muerte.
¿Cómo puede
creerse lo que no está confirmado? Porque hay confianza, buena fe
depositada en la persona. Cuando recibimos una información de parte de
un colega, amigo, compañero, correligionario, pariente, no necesitamos
verificarlo: lo dijo alguien que nos merece confianza. Esas son las
reglas de la vida social, no es común que se dude de todo. En cambio,
cuando desconfiamos de alguien o ya nos defraudó o mintió con
anterioridad, no recibimos ni repetimos el rumor, la cadena se corta.
En todo caso se comenta: “Si lo dijo Fulano, exageró en un 50 o 70 %, o
en un 100%”. “Yo a éste no le creo nada”.
A veces se
crean las noticias, como vimos. Otras, se las manipula deliberadamente,
deformándolas. “El rumor es el mercado negro de la información” dijo
alguien. En el Paraguay se lo llama en español-guaraní “radio so-ó”, o
radio trucha, falsa, que es un verdadero contrapoder. Los periódicos
sensacionalistas tienen su sección muy leída, con nombres tales como
“Hablando bajo”, “La trastienda”, “Lo que se dice”, “Los corrillos” y
otros títulos sugestivos. Para esta sección, lo positivo no posee valor
de intercambio. Lo paradójico y escandaloso sí, lo que da color y
contraste a la vida política por ejemplo. Por eso se despiertan quejas
amargas de parte de los políticos de gobierno, de que sus logros y obras
sean poco consideradas y reconocidas, y más bien estén bajo sospecha de
corrupción, malversación, abuso de influencias. Esas sí son noticias que
venden, y lo son más si los acusados son famosos, “peces gordos”.
El honor,
la reputación y las posibilidades de éxito político, a veces
dependen casi totalmente de la eficacia de los rumores en el mundo
político y entre la población. Lo peor es que nadie es responsable de
los rumores, pues si se pudiera seguir la cadena del rumor –improbable-
la conclusión suele ser otro rumor sobre su origen. “Esto es obra de los
bolches”. “Es una maniobra de los radicales”, “Es una manipulación de la
mafia, de la rosca, de la multinacional”, o “Detrás está la mano del
Presidente” quien en definitiva es el que paga los platos rotos, en
cualquier institución o país. Pero es aun peor desmentir un rumor por
escrito o por una solicitada. Los que no estaban enterados, lo leen y
dicen: “Mirá... quien diría”, y se reaviva el rumor. El remedio empeora
la enfermedad. ¿La solución? Hacer que se transforme en noticia.
Mientras no lo sea, el rumor sigue operando impune. Y como decimos los
médicos: con la enfermedad crónica no hay más remedio que aprender a
convivir.
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