ANTE EL TRIUNFO Y LA DERROTA

Andrés Flores Colombino

Médico psiquiatra y geriatra gerontólogo

Residente en Montevideo, Uruguay 

                                                              

 
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Product Details
  • Unknown Binding: 204 pages
  • Publisher: A&M Ediciones (1999)
  • Language: Spanish
  • ISBN-10: 9974759404
  • ISBN-13: 978-9974759404
Extraído del libro "El Animal Político – Psiquiatría y Poder."[1] (1999) - Cap. 19 "ANTE EL TRIUNFO Y LA DERROTA"
con permiso del Autor


  El acto electoral suele ser una fiesta (30), y como tal, es un momento especial de la vida de todos, sobre todo del político que es candidato. Es como una celebración cíclica parecida a los fines de año, en que se hace balance, hay un tiempo de parada, de pausa, de alto en el camino. El tiempo es vivido de una manera especial porque está empapado de futuro y de esperanza. Toda la campaña electoral ha llegado a su clímax y las cartas están jugadas. Hay una cierta euforia, alegría, en que los candidatos reciben augurios y los seguidores creen que van a ganar, es tiempo de movimiento, de acción, de música, en que los estribillos exitosos son repetidos automáticamente por los niños y también por los adultos de cualquier partido. La gente se traslada a sus pueblos de origen para votar y se producen encuentros familiares. Hay ausencia de trabajo como en todas las fiestas.

  La fiesta tiene su víspera, y así como los soldados velan las armas antes de la guerra, los últimos días previos al acto electoral, hay alegría, generosidad y entrega de los partidarios, por una participación  colectiva y solidaria. Nos interesa saber cómo encaran el político y sus seguidores el posible triunfo o la derrota. Y luego, cuales son las actitudes posibles ante el triunfo presente o la derrota consumada. Como parte culminante de la campaña, que los ha puesto en situación límite, el resultado del juego electoral mostrará también lo mejor y lo peor de cada candidato.

 

PREPARACIÓN PARA EL RESULTADO

 

  Habría que prepararse para el resultado de las elecciones. Es una incógnita a revelarse que inquieta a todos y que despierta conductas propias de nuestro carácter. A veces se juega el destino de un país o una región. Otras, el cambio de un proyecto de sociedad. Por eso, todos jugamos a los adivinos, o profetas, o adelantamos pronósticos de acuerdo a cálculos racionales basados en encuestas, por ejemplo, o en intuiciones irracionales. Cuando las encuestas otorgan el triunfo al adversario por amplio margen, hay gente que acepta este pronóstico sin discusión, “por respeto a la ciencia”, a los politólogos. Hay otros que niegan sistemáticamente la veracidad de las encuestas, formulan dudas sobre sus métodos o sobre la imparcialidad de sus directores, que tenderían a favorecer a tal o cual partido.

 

  Independientemente de razones, hay optimistas que bucean en lo más visceral de su ser para creer que puede ganar, contra toda esperanza, sin razón. Como suelen ser los fanáticos. También hay optimistas con razón, pues sus candidatos están mejor “posicionados”, las encuestas les son favorables y hay historia de triunfos anteriores. Y hay pesimistas que desconfían siempre de cualquier triunfo, “mientras no lo veo no lo creo”, dicen, como Santo Tomás. Pero otros pesimistas se consuelan con la idea de que van a perder, pero con honor. Si luego ganan, mejor. Entre ambos extremos están los que saben que no van a ganar porque han elegido a un partido chico, testimonial, y se conformarán con que el grupo obtenga un porcentaje electoral algo superior a lo que le atribuyen las encuestas.

 

  Entre los optimistas están los triunfalistas, que se anticipan al triunfo y se comportan como si ya hubieran ganado, lo que dan por hecho. La confianza en el éxito -el exitismo- en el triunfo, es una estrategia que psicológicamente da buenos resultados, habida cuenta que los indecisos suelen inclinarse hacia los ganadores y se suman a la corriente más importante. Y hay que adelantar que se es ganador, porque hay gente que siempre vota al ganador, se “arrima al poder” en ciernes. Cuando se va  a la guerra, los soldados son arengados para vencer y ninguna otra cosa. En inglés se denomina winners a los ganadores y loosers a los perdedores inveterados.

 

   Los ganadores no son los triunfalistas, sino quienes luchan para ganar, lo hacen con habilidad, astucia e inteligencia, por lo que muy difícilmente pierden. Los perdedores son torpes, obtusos e ignorantes del campo en que se mueven, y pierden siempre. Aquí cuentan los supersticiosos que consideran que el candidato es “mufa” o “yeta”, o sea que traen mala suerte. En ese orden de ideas, los astrólogos, quirománticos y adivinos ganan mucho dinero con sus pronósticos un poco ambiguos y que se adaptan a varios candidatos por las dudas. No obstante su imprecisión, muchos políticos serios consultan a los adivinos sobre su suerte, como los romanos consultaban a los augures y los arúspices. El efecto tranquilizante de una sentencia mágica puede ser completo, o generar más inquietud aun en los obsesivos y otras patologías de raíz psicológica más primitiva.

 

  Los reflexivos suelen ser los que han elegido votar a los candidatos y partidos que interpretan mejor su modelo de hombre, de sociedad y su particular cosmovisión, que construirán  el mundo que quisiera para sí y sus hijos. No les importa si las encuestas los favorecen o no, y tampoco les importa demasiado si sus candidatos triunfan o pierden en esta elección en particular, aunque preferirían que ganaran. Lo importante para el reflexivo es haber elegido bien, y con eso ya siente que ganará, pues otorgará poder a los representantes de sus ideas. La consecuencia consigo mismos, hace que los reflexivos manejen bien sus angustias y ansiedades respecto del triunfo o la derrota futura de su partido.

 

  Hay una anécdota ejemplarizante al respecto. Cuando los negros ganaron el derecho al voto en los Estados Unidos, le preguntaron a un hombre de esa raza que poseía renombre por su sabiduría, a quién había votado. Contestó: “Yo voté al mejor candidato y al único candidato por el que podía votar”. Sorprendidos, le dijeron que era un fanático, a quién se refería como al único candidato y el mejor. Y contestó: “El único candidato al que yo podía votar era el que me dictaba la voz de mi conciencia”. Habiendo cumplido este consejo, estaremos preparados para el triunfo y la derrota.

 

ACTITUDES ANTE EL RESULTADO

 

  Antes que nada, el triunfo electoral corresponde a los que han obtenido el mayor número y porcentaje de votos. Pero hay varias concepciones del triunfo. Uno es el anunciado. Otro es el de aquellos que, cualquiera sea el resultado, han luchado bien, éticamente, con bravura, pero sin apearse de sus principios. En el segundo caso, no obtendrán cargos de primer orden, tal vez obtengan otros o ninguno, pero han triunfado moralmente. El fracaso electoral es no haber alcanzado el número de votos esperado y por tanto, los cargos que ellos conllevaban, o el máximo cargo en juego.

 

  Cuando un esfuerzo culmina con el éxito, los participantes se llenan de alegría y gozo, y después del estrés de la campaña, recogen las “mieles del triunfo”, y se valora el sacrificio como un eu-trés, o estrés preparatorio de una reparación, recompensado con el reconocimiento de que valió la pena todo el esfuerzo. Se dio un salto en el vacío y del otro lado se encontró el escalón, algo de qué agarrarse con fuerza y pasar al otro lado. Hay un “pasaje” del ‘antes’ al ‘después’ del acto electoral.

 

  Los ganadores suelen adoptar diferentes posturas de acuerdo a su carácter. Mencionemos tres: la euforia, la depresión y la serenidad. La euforia del candidato ganador, lleva al mismo a un estado maníaco, por el que continúa la campaña, no puede desasirse de la tensión pre-electoral, prosigue con el mismo énfasis, repitiendo las bondades de su programa, de su persona, con la aparición de elementos narcisísticos, que de acuerdo a cada persona se expresará como consideración, generosidad hacia los vencidos, cortesía sincera, o petulancia, orgullo, vanidad, soberbia, altanería, autoritarismo. En ese “estado de gracia” se muestran como son, así como en el estadio de fútbol se grita el gol en una suerte de psicosis aguda, el vencedor muestra las aristas de su carácter.

 

  El ganador vive su “momento más glorioso”, tal vez el más glorioso de su vida personal. Hay una suerte de expansión del espíritu, de magnanimidad, de omnipotencia mágica, de realización de deseos, de felicidad. El estado maníaco también puede provocar actitudes riesgosas de consumo de drogas, alcohol, caravanas de victoria en vehículos sin seguridad, insomnio e hiperactividad exagerada. El triunfalismo previo de la campaña puede llevar a cometer errores a los candidatos. Cuando el escrutinio demora y las encuestas a boca de urna son engañosas y disimiles, los candidatos que se autoproclaman ganadores precozmente, hacen el ridículo si luego no se confirma su triunfo.

 

  Hay ganadores que se deprimen al obtener el triunfo. Son los que Freud (64) denomina “Los que fracasan al triunfar”. En un trabajo así denominado por su autor, dice: ”La privación de una satisfacción pasa a ser la condición primera de la génesis de la neurosis. Así pues, quedamos sorprendidos y desconcertados cuando hay quien enferma precisamente cuando se le ha cumplido un deseo profundamente fundado y largamente acariciado”...”y anula el disfrute del éxito logrado”. ”No es nada raro que yo tolere un deseo mientras solo existe en calidad de fantasía y me oponga cuando se acerca su cumplimiento y amenaza convertirse en realidad”.

 

  Pone el ejemplo de lady Macbeth, el personaje de Shakespeare, quien se derrumba después de una tremenda lucha y una vez alcanzado el éxito, lo mismo que a Rebeca de Ibsen. El conflicto se genera en el complejo de Edipo, en el que se aspira a algo prohibido, el incesto, y se inhibe ante el posible acto. Traducido en otro código, podemos decir que la depresión del que triunfa se debe a que reconoce que no es merecedor del mismo y que no estará a la altura de las circunstancias, por motivaciones inconscientes complejas que tienen que ver con sus conflictos con las figuras de autoridad o sus padres. No son casos comunes. Los animales políticos no lo sufren. Es cosa de los outsiders.

 

  La postura más adecuada frente al triunfo es la serenidad, esta es la actitud esperada de los candidatos elegidos, quienes se apoyan en un asentamiento firme como el apoyo popular para la aplicación de sus proyectos y los de sus seguidores. “Aquí paz, y después gloria”, es una frase que pone fin a un asunto enojoso. “La elección terminó, ahora haya paz, reconciliémonos y restañemos nuestras heridas para trabajar todos juntos”. El candidato sereno aquieta espíritus, calma a los violentos, consuela a los desaforados, sosiega a los impacientes. Solo los candidatos con salud mental pueden permanecer serenos en medio del triunfo, y así debería ser siempre.

 

 De las actitudes ante el fracaso hemos seleccionado tres típicas: la depresión, la liberación y la serenidad. La depresión ante el fracaso es resultado de la mala elaboración el duelo por la pérdida. Todo duelo pasa por tres etapas: 1) la conmoción y negación; 2) el dolor y la depresión; y 3) la reparación en que todo vuelve a la normalidad, con la experiencia incorporada.

 

  1) Ante los resultados adversos, el candidato puede reaccionar negándola: “No puede ser”, rechaza a los amigos: “No quiero hablar”, reniega de sus electores: “Traidores”. En estos casos, si no avanza el proceso de duelo, se permanece en la negación, se pone en duda los resultados, se apela a la Corte o Tribunal Electoral, se presta oídos a los que denuncian un fraude, se convoca a conferencias de prensa donde no se reconoce la derrota, anuncia que esperará hasta el escrutinio final o definitivo. Es una suerte de renegación. Puede permanecer días o semanas en este estadio primero.

 

  2) Cuando ya no puede negarse la derrota, se enfrenta a ella con dolor, depresión, tristeza. La depresión puede darse completa, depende del grado de psicopatología previa del candidato. Aparece el insomnio o el sueño incontenible, falta de energía, pérdida de autoestima, autodesprecio, aislamiento, disminución de actividad, falta de interés por actividades gratas, irritabilidad o enfados excesivos, incapacidad de responder a las alabanzas o recompensas en otros terrenos. Está menos hablador, adopta una actitud pesimista frente al futuro, prorrumpe en llanto y a veces en gritos, lo acosan pensamientos sobre el suicidio y hasta realiza intentos sin o con éxito.

 

  3) Pero después de un tiempo variable para cada uno, depende de su grado de neuroticidad -a mayor patología, duelo más largo y mal elaborado-, puede llegar a la reparación y resignación.

 

  Hay candidatos que no olvidan nunca un fracaso electoral que les marca la vida, pues su narcisismo ha sido herido y su afán de protagonismo ha sido postergado. Es peor si sus aspiraciones fueron animadas por encuestas triunfalistas, o si estaban en el poder y lo pierden pasando al llano, o pierden su banca parlamentaria, o responden a una suerte de designio hereditario familiar de ganadores, por lo que su fracaso no es solo personal, sino familiar. Pero los animales políticos experientes se reponen rápidamente de los fracasos.  A veces demasiado rápido, lo que lleva a pensar que se estancaron en la negación del fracaso y no elaboraron la pérdida. Al día siguiente están convocando a sus partidarios a reorganizarse para la próxima elección. Esto tampoco es normal. La capacidad de superar la frustración de la derrota forma parte de la salud mental. Los candidatos neurópatas no la poseen y viven en medio de los duelos sin poder superarlos.

 

  En segundo lugar, ante el fracaso, hay candidatos que se sienten liberados. Por fin terminó el examen y conozco los resultados, que no fueron buenos, pero se acabó la duda. “Me voy para casa con el mate y las pantuflas...”. Se sienten aliviados de una presión que en realidad no aceptaban o una tarea que no les agradaba, consciente o inconscientemente. Son los que fracasan al triunfar, pero al revés. Triunfan al perder. La psicopatología actuante es la misma. Puede darse en los casos de candidatos con apellidos famosos que se ven obligados por los seguidores de sus ancestros a hacerle asumir responsabilidades que no desean. Pero también puede darse en los casos de los outsiders verdaderos, no los supuestos, que nunca aceptaron del todo su rol de candidatos y el fracaso electoral lo viven como un triunfo interior, del que no son culpables. “Si el pueblo no me eligió, la culpa no es mía...”. “Yo nunca fui político”. “Vuelvo a mi profesión”.

 

  Pero, en tercer lugar, lo que se espera es que el candidato que no triunfa conserve la serenidad. Es más difícil conservarla en la derrota que en el triunfo, pero hay personalidades equilibradas que están preparadas de antemano para cualquier resultado, pues saben que las reglas del juego son esas. No hay estratega que no planee una retirada digna entre sus planes de batalla. Son los que felicitan al adversario, lo van a abrazar a su casa, reconocen la derrota oportunamente y no después que hasta el último votante está enterado del resultado definitivo y ellos se han pasado haciendo cálculos engañosos en su cubil, para no aceptar la verdad. Son los que ofrecen su colaboración para trabajar juntos desde la oposición, con lealtad y patriotismo, etcétera. No pierden el buen humor y consuelan a sus partidarios deprimidos, a los desesperados, frustrados. Convierten el fracaso en un triunfo moral. Conservan “la paz interior, el primero de los bienes después de la salud”, como decía La Rochefoucauld.

 

  El acto electoral suele ser una fiesta, y como tal, es un momento especial de la vida de todos, sobre todo del político que es candidato. Es como una celebración cíclica parecida a los fines de año, en que se hace balance, hay un tiempo de parada, de pausa, de alto en el camino. El tiempo es vivido de una manera especial porque está empapado de futuro y de esperanza. Toda la campaña electoral ha llegado a su clímax y las cartas están jugadas. Hay una cierta euforia, alegría, en que los candidatos reciben augurios y los seguidores creen que van a ganar, es tiempo de movimiento, de acción, de música, en que los estribillos exitosos son repetidos automáticamente por los niños y también por los adultos de cualquier partido. La gente se traslada a sus pueblos de origen para votar y se producen encuentros familiares. Hay ausencia de trabajo como en todas las fiestas.

 

  La fiesta tiene su víspera, y así como los soldados velan las armas antes de la guerra, los últimos días previos al acto electoral, hay alegría, generosidad y entrega de los partidarios, por una participación  colectiva y solidaria. Nos interesa saber cómo encaran el político y sus seguidores el posible triunfo o la derrota. Y luego, cuales son las actitudes posibles ante el triunfo presente o la derrota consumada. Como parte culminante de la campaña, que los ha puesto en situación límite, el resultado del juego electoral mostrará también lo mejor y lo peor de cada candidato.

 

PREPARACION PARA EL RESULTADO

 

  Habría que prepararse para el resultado de las elecciones. Es una incógnita a revelarse que inquieta a todos y que despierta conductas propias de nuestro carácter. A veces se juega el destino de un país o una región. Otras, el cambio de un proyecto de sociedad. Por eso, todos jugamos a los adivinos, o profetas, o adelantamos pronósticos de acuerdo a cálculos racionales basados en encuestas, por ejemplo, o en intuiciones irracionales. Cuando las encuestas otorgan el triunfo al adversario por amplio margen, hay gente que acepta este pronóstico sin discusión, “por respeto a la ciencia”, a los politólogos. Hay otros que niegan sistemáticamente la veracidad de las encuestas, formulan dudas sobre sus métodos o sobre la imparcialidad de sus directores, que tenderían a favorecer a tal o cual partido.

 

  Independientemente de razones, hay optimistas que bucean en lo más visceral de su ser para creer que puede ganar, contra toda esperanza, sin razón. Como suelen ser los fanáticos. También hay optimistas con razón, pues sus candidatos están mejor “posicionados”, las encuestas les son favorables y hay historia de triunfos anteriores. Y hay pesimistas que desconfían siempre de cualquier triunfo, “mientras no lo veo no lo creo”, dicen, como Santo Tomás. Pero otros pesimistas se consuelan con la idea de que van a perder, pero con honor. Si luego ganan, mejor. Entre ambos extremos están los que saben que no van a ganar porque han elegido a un partido chico, testimonial, y se conformarán con que el grupo obtenga un porcentaje electoral algo superior a lo que le atribuyen las encuestas.

 

  Entre los optimistas están los triunfalistas, que se anticipan al triunfo y se comportan como si ya hubieran ganado, lo que dan por hecho. La confianza en el éxito -el exitismo- en el triunfo, es una estrategia que psicológicamente da buenos resultados, habida cuenta que los indecisos suelen inclinarse hacia los ganadores y se suman a la corriente más importante. Y hay que adelantar que se es ganador, porque hay gente que siempre vota al ganador, se “arrima al poder” en ciernes. Cuando se va  a la guerra, los soldados son arengados para vencer y ninguna otra cosa. En inglés se denomina winners a los ganadores y loosers a los perdedores inveterados.

 

   Los ganadores no son los triunfalistas, sino quienes luchan para ganar, lo hacen con habilidad, astucia e inteligencia, por lo que muy difícilmente pierden. Los perdedores son torpes, obtusos e ignorantes del campo en que se mueven, y pierden siempre. Aquí cuentan los supersticiosos que consideran que el candidato es “mufa” o “yeta”, o sea que traen mala suerte. En ese orden de ideas, los astrólogos, quirománticos y adivinos ganan mucho dinero con sus pronósticos un poco ambiguos y que se adaptan a varios candidatos por las dudas. No obstante su imprecisión, muchos políticos serios consultan a los adivinos sobre su suerte, como los romanos consultaban a los augures y los arúspices. El efecto tranquilizante de una sentencia mágica puede ser completo, o generar más inquietud aun en los obsesivos y otras patologías de raíz psicológica más primitiva.

 

  Los reflexivos suelen ser los que han elegido votar a los candidatos y partidos que interpretan mejor su modelo de hombre, de sociedad y su particular cosmovisión, que construirán  el mundo que quisiera para sí y sus hijos. No les importa si las encuestas los favorecen o no, y tampoco les importa demasiado si sus candidatos triunfan o pierden en esta elección en particular, aunque preferirían que ganaran. Lo importante para el reflexivo es haber elegido bien, y con eso ya siente que ganará, pues otorgará poder a los representantes de sus ideas. La consecuencia consigo mismos, hace que los reflexivos manejen bien sus angustias y ansiedades respecto del triunfo o la derrota futura de su partido.

 

  Hay una anécdota ejemplarizante al respecto. Cuando los negros ganaron el derecho al voto en los Estados Unidos, le preguntaron a un hombre de esa raza que poseía renombre por su sabiduría, a quién había votado. Contestó: “Yo voté al mejor candidato y al único candidato por el que podía votar”. Sorprendidos, le dijeron que era un fanático, a quién se refería como al único candidato y el mejor. Y contestó: “El único candidato al que yo podía votar era el que me dictaba la voz de mi conciencia”. Habiendo cumplido este consejo, estaremos preparados para el triunfo y la derrota.

 

ACTITUDES ANTE EL RESULTADO

 

  Antes que nada, el triunfo electoral corresponde a los que han obtenido el mayor número y porcentaje de votos. Pero hay varias concepciones del triunfo. Uno es el anunciado. Otro es el de aquellos que, cualquiera sea el resultado, han luchado bien, éticamente, con bravura, pero sin apearse de sus principios. En el segundo caso, no obtendrán cargos de primer orden, tal vez obtengan otros o ninguno, pero han triunfado moralmente. El fracaso electoral es no haber alcanzado el número de votos esperado y por tanto, los cargos que ellos conllevaban, o el máximo cargo en juego.

 

  Cuando un esfuerzo culmina con el éxito, los participantes se llenan de alegría y gozo, y después del estrés de la campaña, recogen las “mieles del triunfo”, y se valora el sacrificio como un eu-trés, o estrés preparatorio de una reparación, recompensado con el reconocimiento de que valió la pena todo el esfuerzo. Se dio un salto en el vacío y del otro lado se encontró el escalón, algo de qué agarrarse con fuerza y pasar al otro lado. Hay un “pasaje” del ‘antes’ al ‘después’ del acto electoral.

 

  Los ganadores suelen adoptar diferentes posturas de acuerdo a su carácter. Mencionemos tres: la euforia, la depresión y la serenidad. La euforia del candidato ganador, lleva al mismo a un estado maníaco, por el que continúa la campaña, no puede desasirse de la tensión pre-electoral, prosigue con el mismo énfasis, repitiendo las bondades de su programa, de su persona, con la aparición de elementos narcisísticos, que de acuerdo a cada persona se expresará como consideración, generosidad hacia los vencidos, cortesía sincera, o petulancia, orgullo, vanidad, soberbia, altanería, autoritarismo. En ese “estado de gracia” se muestran como son, así como en el estadio de fútbol se grita el gol en una suerte de psicosis aguda, el vencedor muestra las aristas de su carácter.

 

  El ganador vive su “momento más glorioso”, tal vez el más glorioso de su vida personal. Hay una suerte de expansión del espíritu, de magnanimidad, de omnipotencia mágica, de realización de deseos, de felicidad. El estado maníaco también puede provocar actitudes riesgosas de consumo de drogas, alcohol, caravanas de victoria en vehículos sin seguridad, insomnio e hiperactividad exagerada. El triunfalismo previo de la campaña puede llevar a cometer errores a los candidatos. Cuando el escrutinio demora y las encuestas a boca de urna son engañosas y disimiles, los candidatos que se autoproclaman ganadores precozmente, hacen el ridículo si luego no se confirma su triunfo.

 

  Hay ganadores que se deprimen al obtener el triunfo. Son los que Freud [A] denomina “Los que fracasan al triunfar”. En un trabajo así denominado por su autor, dice: ”La privación de una satisfacción pasa a ser la condición primera de la génesis de la neurosis. Así pues, quedamos sorprendidos y desconcertados cuando hay quien enferma precisamente cuando se le ha cumplido un deseo profundamente fundado y largamente acariciado”...”y anula el disfrute del éxito logrado”. ”No es nada raro que yo tolere un deseo mientras solo existe en calidad de fantasía y me oponga cuando se acerca su cumplimiento y amenaza convertirse en realidad”.

 

  Pone el ejemplo de lady Macbeth, el personaje de Shakespeare, quien se derrumba después de una tremenda lucha y una vez alcanzado el éxito, lo mismo que a Rebeca de Ibsen. El conflicto se genera en el complejo de Edipo, en el que se aspira a algo prohibido, el incesto, y se inhibe ante el posible acto. Traducido en otro código, podemos decir que la depresión del que triunfa se debe a que reconoce que no es merecedor del mismo y que no estará a la altura de las circunstancias, por motivaciones inconscientes complejas que tienen que ver con sus conflictos con las figuras de autoridad o sus padres. No son casos comunes. Los animales políticos no lo sufren. Es cosa de los outsiders.

 

  La postura más adecuada frente al triunfo es la serenidad, esta es la actitud esperada de los candidatos elegidos, quienes se apoyan en un asentamiento firme como el apoyo popular para la aplicación de sus proyectos y los de sus seguidores. “Aquí paz, y después gloria”, es una frase que pone fin a un asunto enojoso. “La elección terminó, ahora haya paz, reconciliémonos y restañemos nuestras heridas para trabajar todos juntos”. El candidato sereno aquieta espíritus, calma a los violentos, consuela a los desaforados, sosiega a los impacientes. Solo los candidatos con salud mental pueden permanecer serenos en medio del triunfo, y así debería ser siempre.

 

 De las actitudes ante el fracaso hemos seleccionado tres típicas: la depresión, la liberación y la serenidad. La depresión ante el fracaso es resultado de la mala elaboración el duelo por la pérdida. Todo duelo pasa por tres etapas: 1) la conmoción y negación; 2) el dolor y la depresión; y 3) la reparación en que todo vuelve a la normalidad, con la experiencia incorporada.

 

  1) Ante los resultados adversos, el candidato puede reaccionar negándola: “No puede ser”, rechaza a los amigos: “No quiero hablar”, reniega de sus electores: “Traidores”. En estos casos, si no avanza el proceso de duelo, se permanece en la negación, se pone en duda los resultados, se apela a la Corte o Tribunal Electoral, se presta oídos a los que denuncian un fraude, se convoca a conferencias de prensa donde no se reconoce la derrota, anuncia que esperará hasta el escrutinio final o definitivo. Es una suerte de renegación. Puede permanecer días o semanas en este estadio primero.

 

  2) Cuando ya no puede negarse la derrota, se enfrenta a ella con dolor, depresión, tristeza. La depresión puede darse completa, depende del grado de psicopatología previa del candidato. Aparece el insomnio o el sueño incontenible, falta de energía, pérdida de autoestima, autodesprecio, aislamiento, disminución de actividad, falta de interés por actividades gratas, irritabilidad o enfados excesivos, incapacidad de responder a las alabanzas o recompensas en otros terrenos. Está menos hablador, adopta una actitud pesimista frente al futuro, prorrumpe en llanto y a veces en gritos, lo acosan pensamientos sobre el suicidio y hasta realiza intentos sin o con éxito.

 

  3) Pero después de un tiempo variable para cada uno, depende de su grado de neuroticidad -a mayor patología, duelo más largo y mal elaborado-, puede llegar a la reparación y resignación.

 

  Hay candidatos que no olvidan nunca un fracaso electoral que les marca la vida, pues su narcisismo ha sido herido y su afán de protagonismo ha sido postergado. Es peor si sus aspiraciones fueron animadas por encuestas triunfalistas, o si estaban en el poder y lo pierden pasando al llano, o pierden su banca parlamentaria, o responden a una suerte de designio hereditario familiar de ganadores, por lo que su fracaso no es solo personal, sino familiar. Pero los animales políticos experientes se reponen rápidamente de los fracasos.  A veces demasiado rápido, lo que lleva a pensar que se estancaron en la negación del fracaso y no elaboraron la pérdida. Al día siguiente están convocando a sus partidarios a reorganizarse para la próxima elección. Esto tampoco es normal. La capacidad de superar la frustración de la derrota forma parte de la salud mental. Los candidatos neurópatas no la poseen y viven en medio de los duelos sin poder superarlos.

 

  En segundo lugar, ante el fracaso, hay candidatos que se sienten liberados. Por fin terminó el examen y conozco los resultados, que no fueron buenos, pero se acabó la duda. “Me voy para casa con el mate y las pantuflas...”. Se sienten aliviados de una presión que en realidad no aceptaban o una tarea que no les agradaba, consciente o inconscientemente. Son los que fracasan al triunfar, pero al revés. Triunfan al perder. La psicopatología actuante es la misma. Puede darse en los casos de candidatos con apellidos famosos que se ven obligados por los seguidores de sus ancestros a hacerle asumir responsabilidades que no desean. Pero también puede darse en los casos de los outsiders verdaderos, no los supuestos, que nunca aceptaron del todo su rol de candidatos y el fracaso electoral lo viven como un triunfo interior, del que no son culpables. “Si el pueblo no me eligió, la culpa no es mía...”. “Yo nunca fui político”. “Vuelvo a mi profesión”.

 

  Pero, en tercer lugar, lo que se espera es que el candidato que no triunfa conserve la serenidad. Es más difícil conservarla en la derrota que en el triunfo, pero hay personalidades equilibradas que están preparadas de antemano para cualquier resultado, pues saben que las reglas del juego son esas. No hay estratega que no planee una retirada digna entre sus planes de batalla. Son los que felicitan al adversario, lo van a abrazar a su casa, reconocen la derrota oportunamente y no después que hasta el último votante está enterado del resultado definitivo y ellos se han pasado haciendo cálculos engañosos en su cubil, para no aceptar la verdad. Son los que ofrecen su colaboración para trabajar juntos desde la oposición, con lealtad y patriotismo, etcétera. No pierden el buen humor y consuelan a sus partidarios deprimidos, a los desesperados, frustrados. Convierten el fracaso en un triunfo moral. Conservan “la paz interior, el primero de los bienes después de la salud”, como decía La Rochefoucauld.

 

[A] Freud, Sigmund (1916): LOS QUE FRACASAN AL TRIUNFAR, En su: “Obras Completas”, TIII. P.2416-2426, Biblioteca Nueva, Madrid, 3ª, 1973.

   


[1] INTRODUCCIÓN DEL AUTOR.   Este trabajo pretende ser un estudio psicosocial de la política como ciencia, arte y ética, y de los políticos como los individuos que practican esta actividad de enorme trascendencia para las sociedades y cada uno de sus integrantes.

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ïîðíî ñåêñ ýðîòèêà áåñïëàòíî
õàëÿâíîå ïîðåâî
ïîðâàëè âëàãàëèùå
ýëåêòðîííûé ïîðíî æóðíàë
íî÷íîé ïîðíî êàíàë
èíòèì èãðóøêè
ìàòü òðàõàåò ïîäðîñòêà
ïîðíî æåíñêîå äîìèíèðîâàíèå ñòðàïîí
ñêà÷àòü ñåêñ äèåòà
ïîðíî 17
âåá ñòðèïòèç ñêà÷àòü
òåòêè çðåëûå ôîòî ïîðíî
ñêà÷àòü âèäåî ôóò ôåòèø
ïîðíî áàáóøåê áåçïëàòíî
ôîòî ÷ëåíû ïîðíî
ïåðâûé ñåêñ ìóæ÷èíû
îòîðâàííûé êëèòîð
õóé ñåêñ
ïàâè÷ ìèëîðàä ýðîòè÷åñêèå
ðîññèéñêèå ïîðíî ôèëüìû
âèäåî æåíñêèõ îðãàçìîâ áåñïëàòíî
êíèãà ñåêñ ãëàçàìè æåíùèíû
äëèííûå ïîðíîðîëèêè ñêà÷àòü
ñàìîå ðàçâðàòíîå ïîðíî ôîòî
ìàìà ñûí ïîðíî áåñïëàòíî
ñåðãåé çâåðåâ ãîëûé
ýðîòè÷åñêèå êàíàëû ñïóòíèê
æåíñêèé êëèòîð ôîòî
äåòñêèå äåòñêîå ïîðíî ôîòî
ñêà÷àòü õõõ êàðòèíêè
ïîðíî ðàññêàçû èíöåñò ìàëîëåòîê
ôîòî ïîðíî ýðîòèêà ðàññêàçû
äîìàøíåå ïîðíî ôîòî ãàëëåðåÿ
áåñïëàòíîå ôîòî ôåòèø
ïîðíî àíèìå íàñèëèå
ïîðíî ðàññêàçû ìåäîñìîòð
ýðîòè÷åñêèé âèäåî ÷àò
îáëîæêè àíèìå ñêà÷àòü
ãîëàÿ ãðÿçè
ëþáèòåëüñêèå ïîðíî ôîòî ñàéò
áåñïëàòíûå ýðîòè÷åñêèå èãðû òåëåôîí
ñåêñ áåðåìåííóþ ðàññêàç
êîìèêñû ïðî çîî ñåêñ
ãîëûå áîëüøèå ñèñüêè äåâóøåê
÷åðíûå âèäåî ïîðíî
ôîòî îáíàæåííûõ æåíùèí
áåñïëàòíî ñêà÷àòü ïîðíîâèäåî ôèëüìû
÷àñòíîå ëåñáè ôîòî
òîëñòûå îáíàæåííûå æåíùèíû
ïîðíî êðàñíàÿ øàïî÷êà êàðòèíêè
ìóæñêîå ãåé ïîðíî
ïîðíî èíöåñò ìàìà ñûíîê
äðóçüÿ ñûíà òðàõàþò ìàòü
ôîòî ïîðíî ìàëåíüêèõ äåòåé
ôèëüì ìåäñåñòðû ïîðíî
êàðëñîí ìàëûø ñåêñ
âèäåî êîíü åáåò
ôîòî ïîðíî êñåíèÿ ñîá÷àê
ñêà÷àòü ìàñòóðáàöèÿ äåâóøêè
àíèìå êîìèêñû ìàíãà
äåâóøêà ãîëàÿ 17
âèäåî ðîëèêè çîîôèëû ñêà÷àòü
ýðîòèêà ëîëèòû
ïîðíî àíàñòàñèÿ
ïîðíî âèäåî çàãðóçêè
ñåêñ òåëåøîó
ñïèðñ ìèíüåò
ïîðíî ñóïåð òîëñòûå
ýðîòèêà âûñîêîãî êà÷åñòâà
áåñïëàòíîå ëåñáè
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ìèíüåò áåç ïðåçåðâàòèâà
ïîðíî âèäåî ãäå ðâóò öåëêó
ãîëàÿ íàäåæäà èãîøèíà
ôîòî ýðîòè÷åñêîå çðåëûõ äàì
ôîòî äàííà áîðèñîâà ãîëàÿ
ñåêñ ðòîì
ôîòî ðîëèêè çîîôèëîâ
èíòèì ã îáíèíñê
ïîëèæè ïèçäó
ïîðíî êóïèòü óêðàèíà
øêîëüíèöû 2 ïîðíî ôèëüì
áåðêîâà ðîìà ïîðíî
ôîòîãðàôèé äåâî÷êà ñåêñ
ðàçúåáàë äåâñòâåííèöå ïèçäó
ïîðíî ôîòî ëèçàòü ïèçäó
îãðîìíûå ãðóäè ñåêñ
ïîðíî âëàãàëèùå êëèòîðû
êóííèëèíãóñ ðàññêàç
ïîðíî êîí÷àþùèå âíóòðü
ôóêî ñåêñóàëüíîñòü
ãàëëåðåÿ ýðîòè÷åñêîãî ôîòî
áåññïëàòíî ñêà÷àòü ïîðíî ôèëüìû
ñåêñ æåíùèíû 40
ïîðíî àíèìå õåíòàé ãàëåðåè
ïîðíî ôîòî 3d
ýðîòè÷åñêèå ðàññêàçû êîëãîòêè
ñåêñ ôîòî ëåò
åáëÿ ïüÿíûå îðãèè
ñåêñ ÷àò ïåðìü
åáëÿ òðàõ ïîðíî
÷àñòíûå ôîòî êîëëåêöèè ïîðíî
èíòèì äîñóã óêðàèíà
èíòèì óñëóãè ïàð
ôîòî ãîëàÿ ñàðà äæåññèêà ïàðêåð
ýðîòè÷åñêîå ôîòî 19 âåê
ôîòî ïîðíî ñåêñà çðåëûõ æåíùèí
ñïîñîáû ìàñòóðáàöèè ìóæ÷èí
õî÷ó ïîçíàêîìèòüñÿ ñåêñ
áåñïëàòíîå ãåé ïîðíî âèäèî
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ïîðíî ôîòî áåç âèðóñîâ
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òðàõàòü ìàìó ïîðíî ôîòî
ñåêñ âðåìÿ áåðåìåííîñòè
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