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El acto electoral
suele ser una fiesta (30), y como tal, es un momento especial
de la vida de todos, sobre todo del político que es candidato. Es como
una celebración cíclica parecida a los fines de año, en que se hace
balance, hay un tiempo de parada, de pausa, de alto en el camino. El
tiempo es vivido de una manera especial porque está empapado de futuro y
de esperanza. Toda la campaña electoral ha llegado a su clímax y las
cartas están jugadas. Hay una cierta euforia, alegría, en que los
candidatos reciben augurios y los seguidores creen que van a ganar, es
tiempo de movimiento, de acción, de música, en que los estribillos
exitosos son repetidos automáticamente por los niños y también por los
adultos de cualquier partido. La gente se traslada a sus pueblos de
origen para votar y se producen encuentros familiares. Hay ausencia de
trabajo como en todas las fiestas.
La fiesta tiene su víspera, y así como los soldados
velan las armas antes de la guerra, los últimos días previos al acto
electoral, hay alegría, generosidad y entrega de los partidarios, por
una participación colectiva y solidaria. Nos interesa saber cómo
encaran el político y sus seguidores el posible triunfo o la derrota. Y
luego, cuales son las actitudes posibles ante el triunfo presente o la
derrota consumada. Como parte culminante de la campaña, que los ha
puesto en situación límite, el resultado del juego electoral mostrará
también lo mejor y lo peor de cada candidato.
PREPARACIÓN PARA EL
RESULTADO
Habría que prepararse para el resultado de las elecciones. Es una
incógnita a revelarse que inquieta a todos y que despierta conductas
propias de nuestro carácter. A veces se juega el destino de un país o
una región. Otras, el cambio de un proyecto de sociedad. Por eso, todos
jugamos a los adivinos, o profetas, o adelantamos pronósticos de acuerdo
a cálculos racionales basados en encuestas, por ejemplo, o en
intuiciones irracionales. Cuando las encuestas otorgan el triunfo
al adversario por amplio margen, hay gente que acepta este pronóstico
sin discusión, “por respeto a la ciencia”, a los politólogos. Hay otros
que niegan sistemáticamente la veracidad de las encuestas, formulan
dudas sobre sus métodos o sobre la imparcialidad de sus directores, que
tenderían a favorecer a tal o cual partido.
Independientemente de razones, hay optimistas que bucean en lo
más visceral de su ser para creer que puede ganar, contra toda
esperanza, sin razón. Como suelen ser los fanáticos. También hay
optimistas con razón, pues sus candidatos están mejor “posicionados”,
las encuestas les son favorables y hay historia de triunfos anteriores.
Y hay pesimistas que desconfían siempre de cualquier triunfo,
“mientras no lo veo no lo creo”, dicen, como Santo Tomás. Pero otros
pesimistas se consuelan con la idea de que van a perder, pero con honor.
Si luego ganan, mejor. Entre ambos extremos están los que saben que
no van a ganar porque han elegido a un partido chico, testimonial, y
se conformarán con que el grupo obtenga un porcentaje electoral algo
superior a lo que le atribuyen las encuestas.
Entre los optimistas están los triunfalistas, que se
anticipan al triunfo y se comportan como si ya hubieran ganado, lo que
dan por hecho. La confianza en el éxito -el exitismo- en el triunfo, es
una estrategia que psicológicamente da buenos resultados, habida cuenta
que los indecisos suelen inclinarse hacia los ganadores y se
suman a la corriente más importante. Y hay que adelantar que se es
ganador, porque hay gente que siempre vota al ganador, se “arrima al
poder” en ciernes. Cuando se va a la guerra, los soldados son arengados
para vencer y ninguna otra cosa. En inglés se denomina winners a
los ganadores y loosers a los perdedores inveterados.
Los ganadores no son los triunfalistas, sino quienes luchan para
ganar, lo hacen con habilidad, astucia e inteligencia, por lo que muy
difícilmente pierden. Los perdedores son torpes, obtusos e
ignorantes del campo en que se mueven, y pierden siempre. Aquí cuentan
los supersticiosos que consideran que el candidato es “mufa” o “yeta”, o
sea que traen mala suerte. En ese orden de ideas, los astrólogos,
quirománticos y adivinos ganan mucho dinero con sus pronósticos un poco
ambiguos y que se adaptan a varios candidatos por las dudas. No obstante
su imprecisión, muchos políticos serios consultan a los adivinos sobre
su suerte, como los romanos consultaban a los augures y los arúspices.
El efecto tranquilizante de una sentencia mágica puede ser completo, o
generar más inquietud aun en los obsesivos y otras patologías de raíz
psicológica más primitiva.
Los reflexivos suelen ser los que han elegido votar a los
candidatos y partidos que interpretan mejor su modelo de hombre, de
sociedad y su particular cosmovisión, que construirán el mundo que
quisiera para sí y sus hijos. No les importa si las encuestas los
favorecen o no, y tampoco les importa demasiado si sus candidatos
triunfan o pierden en esta elección en particular, aunque preferirían
que ganaran. Lo importante para el reflexivo es haber elegido bien,
y con eso ya siente que ganará, pues otorgará poder a los representantes
de sus ideas. La consecuencia consigo mismos, hace que los reflexivos
manejen bien sus angustias y ansiedades respecto del triunfo o la
derrota futura de su partido.
Hay una anécdota
ejemplarizante al respecto. Cuando los negros ganaron el derecho al voto
en los Estados Unidos, le preguntaron a un hombre de esa raza que poseía
renombre por su sabiduría, a quién había votado. Contestó: “Yo voté al
mejor candidato y al único candidato por el que podía votar”.
Sorprendidos, le dijeron que era un fanático, a quién se refería como al
único candidato y el mejor. Y contestó: “El único candidato al que yo
podía votar era el que me dictaba la voz de mi conciencia”. Habiendo
cumplido este consejo, estaremos preparados para el triunfo y la
derrota.
ACTITUDES ANTE EL
RESULTADO
Antes que nada, el triunfo electoral corresponde a los que han obtenido
el mayor número y porcentaje de votos. Pero hay varias concepciones del
triunfo. Uno es el anunciado. Otro es el de aquellos que, cualquiera sea
el resultado, han luchado bien, éticamente, con bravura, pero sin
apearse de sus principios. En el segundo caso, no obtendrán cargos de
primer orden, tal vez obtengan otros o ninguno, pero han triunfado
moralmente. El fracaso electoral es no haber alcanzado el número de
votos esperado y por tanto, los cargos que ellos conllevaban, o el
máximo cargo en juego.
Cuando un esfuerzo
culmina con el éxito, los participantes se llenan de alegría y gozo, y
después del estrés de la campaña, recogen las “mieles del triunfo”, y se
valora el sacrificio como un eu-trés, o estrés
preparatorio de una reparación, recompensado con el reconocimiento de
que valió la pena todo el esfuerzo. Se dio un salto en el vacío y del
otro lado se encontró el escalón, algo de qué agarrarse con fuerza y
pasar al otro lado. Hay un “pasaje” del ‘antes’ al ‘después’ del acto
electoral.
Los ganadores suelen adoptar diferentes posturas de acuerdo a su
carácter. Mencionemos tres: la euforia, la depresión y la serenidad. La
euforia del candidato ganador, lleva al mismo a un estado maníaco, por
el que continúa la campaña, no puede desasirse de la tensión pre-electoral,
prosigue con el mismo énfasis, repitiendo las bondades de su programa,
de su persona, con la aparición de elementos narcisísticos, que de
acuerdo a cada persona se expresará como consideración, generosidad
hacia los vencidos, cortesía sincera, o petulancia, orgullo, vanidad,
soberbia, altanería, autoritarismo. En ese “estado de gracia” se
muestran como son, así como en el estadio de fútbol se grita el gol en
una suerte de psicosis aguda, el vencedor muestra las aristas de su
carácter.
El ganador vive su
“momento más glorioso”, tal vez el más glorioso de su vida personal. Hay
una suerte de expansión del espíritu, de magnanimidad, de omnipotencia
mágica, de realización de deseos, de felicidad. El estado maníaco
también puede provocar actitudes riesgosas de consumo de drogas,
alcohol, caravanas de victoria en vehículos sin seguridad, insomnio e
hiperactividad exagerada. El triunfalismo previo de la campaña puede
llevar a cometer errores a los candidatos. Cuando el escrutinio demora y
las encuestas a boca de urna son engañosas y disimiles, los candidatos
que se autoproclaman ganadores precozmente, hacen el ridículo si luego
no se confirma su triunfo.
Hay ganadores que se deprimen al obtener el triunfo. Son los que Freud
(64) denomina “Los que fracasan al triunfar”. En un trabajo así
denominado por su autor, dice: ”La privación de una satisfacción pasa a
ser la condición primera de la génesis de la neurosis. Así pues,
quedamos sorprendidos y desconcertados cuando hay quien enferma
precisamente cuando se le ha cumplido un deseo profundamente fundado y
largamente acariciado”...”y anula el disfrute del éxito logrado”. ”No es
nada raro que yo tolere un deseo mientras solo existe en calidad de
fantasía y me oponga cuando se acerca su cumplimiento y amenaza
convertirse en realidad”.
Pone el ejemplo de
lady Macbeth, el personaje de Shakespeare, quien se derrumba después de
una tremenda lucha y una vez alcanzado el éxito, lo mismo que a Rebeca
de Ibsen. El conflicto se genera en el complejo de Edipo, en el que se
aspira a algo prohibido, el incesto, y se inhibe ante el posible acto.
Traducido en otro código, podemos decir que la depresión del que triunfa
se debe a que reconoce que no es merecedor del mismo y que no estará a
la altura de las circunstancias, por motivaciones inconscientes
complejas que tienen que ver con sus conflictos con las figuras de
autoridad o sus padres. No son casos comunes. Los animales políticos no
lo sufren. Es cosa de los outsiders.
La postura más adecuada frente al triunfo es la serenidad, esta es la
actitud esperada de los candidatos elegidos, quienes se apoyan en un
asentamiento firme como el apoyo popular para la aplicación de sus
proyectos y los de sus seguidores. “Aquí paz, y después gloria”, es una
frase que pone fin a un asunto enojoso. “La elección terminó, ahora haya
paz, reconciliémonos y restañemos nuestras heridas para trabajar todos
juntos”. El candidato sereno aquieta espíritus, calma a los violentos,
consuela a los desaforados, sosiega a los impacientes. Solo los
candidatos con salud mental pueden permanecer serenos en medio del
triunfo, y así debería ser siempre.
De las actitudes ante el fracaso hemos seleccionado tres típicas: la
depresión, la liberación y la serenidad. La depresión ante el fracaso es
resultado de la mala elaboración el duelo por la pérdida. Todo duelo
pasa por tres etapas: 1) la conmoción y negación; 2) el dolor
y la depresión; y 3) la reparación en que todo vuelve a la
normalidad, con la experiencia incorporada.
1) Ante los
resultados adversos, el candidato puede reaccionar negándola: “No
puede ser”, rechaza a los amigos: “No quiero hablar”, reniega de sus
electores: “Traidores”. En estos casos, si no avanza el proceso de
duelo, se permanece en la negación, se pone en duda los resultados, se
apela a la Corte o Tribunal Electoral, se presta oídos a los que
denuncian un fraude, se convoca a conferencias de prensa donde no se
reconoce la derrota, anuncia que esperará hasta el escrutinio final o
definitivo. Es una suerte de renegación. Puede permanecer días o semanas
en este estadio primero.
2) Cuando ya no
puede negarse la derrota, se enfrenta a ella con dolor, depresión,
tristeza. La depresión puede darse completa, depende del grado de
psicopatología previa del candidato. Aparece el insomnio o el sueño
incontenible, falta de energía, pérdida de autoestima, autodesprecio,
aislamiento, disminución de actividad, falta de interés por actividades
gratas, irritabilidad o enfados excesivos, incapacidad de responder a
las alabanzas o recompensas en otros terrenos. Está menos hablador,
adopta una actitud pesimista frente al futuro, prorrumpe en llanto y a
veces en gritos, lo acosan pensamientos sobre el suicidio y hasta
realiza intentos sin o con éxito.
3) Pero después de
un tiempo variable para cada uno, depende de su grado de neuroticidad -a
mayor patología, duelo más largo y mal elaborado-, puede llegar a la
reparación y resignación.
Hay candidatos que
no olvidan nunca un fracaso electoral que les marca la vida, pues su
narcisismo ha sido herido y su afán de protagonismo ha sido postergado.
Es peor si sus aspiraciones fueron animadas por encuestas triunfalistas,
o si estaban en el poder y lo pierden pasando al llano, o pierden su
banca parlamentaria, o responden a una suerte de designio hereditario
familiar de ganadores, por lo que su fracaso no es solo personal, sino
familiar. Pero los animales políticos experientes se reponen rápidamente
de los fracasos. A veces demasiado rápido, lo que lleva a pensar que se
estancaron en la negación del fracaso y no elaboraron la pérdida. Al día
siguiente están convocando a sus partidarios a reorganizarse para la
próxima elección. Esto tampoco es normal. La capacidad de superar la
frustración de la derrota forma parte de la salud mental. Los
candidatos neurópatas no la poseen y viven en medio de los duelos sin
poder superarlos.
En segundo lugar, ante el fracaso, hay candidatos que se sienten
liberados. Por fin terminó el examen y conozco los resultados, que no
fueron buenos, pero se acabó la duda. “Me voy para casa con el mate y
las pantuflas...”. Se sienten aliviados de una presión que en realidad
no aceptaban o una tarea que no les agradaba, consciente o
inconscientemente. Son los que fracasan al triunfar, pero al revés.
Triunfan al perder. La psicopatología actuante es la misma. Puede darse
en los casos de candidatos con apellidos famosos que se ven obligados
por los seguidores de sus ancestros a hacerle asumir responsabilidades
que no desean. Pero también puede darse en los casos de los outsiders
verdaderos, no los supuestos, que nunca aceptaron del todo su rol de
candidatos y el fracaso electoral lo viven como un triunfo interior, del
que no son culpables. “Si el pueblo no me eligió, la culpa no es
mía...”. “Yo nunca fui político”. “Vuelvo a mi profesión”.
Pero, en tercer lugar, lo que se espera es que el candidato que no
triunfa conserve la serenidad. Es más difícil conservarla en la derrota
que en el triunfo, pero hay personalidades equilibradas que están
preparadas de antemano para cualquier resultado, pues saben que las
reglas del juego son esas. No hay estratega que no planee una retirada
digna entre sus planes de batalla. Son los que felicitan al adversario,
lo van a abrazar a su casa, reconocen la derrota oportunamente y no
después que hasta el último votante está enterado del resultado
definitivo y ellos se han pasado haciendo cálculos engañosos en su
cubil, para no aceptar la verdad. Son los que ofrecen su colaboración
para trabajar juntos desde la oposición, con lealtad y patriotismo,
etcétera. No pierden el buen humor y consuelan a sus partidarios
deprimidos, a los desesperados, frustrados. Convierten el fracaso en un
triunfo moral. Conservan “la paz interior, el primero de los bienes
después de la salud”, como decía La Rochefoucauld.
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El acto electoral suele
ser una fiesta, y como tal, es un momento especial de la vida de
todos, sobre todo del político que es candidato. Es como una celebración
cíclica parecida a los fines de año, en que se hace balance, hay un
tiempo de parada, de pausa, de alto en el camino. El tiempo es vivido de
una manera especial porque está empapado de futuro y de esperanza. Toda
la campaña electoral ha llegado a su clímax y las cartas están jugadas.
Hay una cierta euforia, alegría, en que los candidatos reciben augurios
y los seguidores creen que van a ganar, es tiempo de movimiento, de
acción, de música, en que los estribillos exitosos son repetidos
automáticamente por los niños y también por los adultos de cualquier
partido. La gente se traslada a sus pueblos de origen para votar y se
producen encuentros familiares. Hay ausencia de trabajo como en todas
las fiestas.
La fiesta
tiene su víspera, y así como los soldados velan las armas antes
de la guerra, los últimos días previos al acto electoral, hay alegría,
generosidad y entrega de los partidarios, por una participación
colectiva y solidaria. Nos interesa saber cómo encaran el político y sus
seguidores el posible triunfo o la derrota. Y luego, cuales son las
actitudes posibles ante el triunfo presente o la derrota consumada. Como
parte culminante de la campaña, que los ha puesto en situación límite,
el resultado del juego electoral mostrará
también lo mejor y lo peor de cada candidato.
PREPARACION
PARA EL RESULTADO
Habría que
prepararse para el resultado de las elecciones. Es una incógnita a
revelarse que inquieta a todos y que despierta conductas propias de
nuestro carácter. A veces se juega el destino de un país o una región.
Otras, el cambio de un proyecto de sociedad. Por eso, todos jugamos a
los adivinos, o profetas, o adelantamos pronósticos de acuerdo a
cálculos racionales basados en encuestas, por ejemplo, o en intuiciones
irracionales. Cuando las encuestas otorgan el triunfo al
adversario por amplio margen, hay gente que acepta este pronóstico sin
discusión, “por respeto a la ciencia”, a los politólogos. Hay otros que
niegan sistemáticamente la veracidad de las encuestas, formulan dudas
sobre sus métodos o sobre la imparcialidad de sus directores, que
tenderían a favorecer a tal o cual partido.
Independientemente de razones, hay optimistas que bucean en lo
más visceral de su ser para creer que puede ganar, contra toda
esperanza, sin razón. Como suelen ser los fanáticos. También hay
optimistas con razón, pues sus candidatos están mejor “posicionados”,
las encuestas les son favorables y hay historia de triunfos anteriores.
Y hay pesimistas que desconfían siempre de cualquier triunfo,
“mientras no lo veo no lo creo”, dicen, como Santo Tomás. Pero otros
pesimistas se consuelan con la idea de que van a perder, pero con honor.
Si luego ganan, mejor. Entre ambos extremos están los que saben que
no van a ganar porque han elegido a un partido chico, testimonial, y
se conformarán con que el grupo obtenga un porcentaje electoral algo
superior a lo que le atribuyen las encuestas.
Entre los
optimistas están los triunfalistas, que se anticipan al
triunfo y se comportan como si ya hubieran ganado, lo que dan por hecho.
La confianza en el éxito -el exitismo- en el triunfo, es una estrategia
que psicológicamente da buenos resultados, habida cuenta que los
indecisos suelen inclinarse hacia los ganadores y se suman a la
corriente más importante. Y hay que adelantar que se es ganador, porque
hay gente que siempre vota al ganador, se “arrima al poder” en ciernes.
Cuando se va a la guerra, los soldados son arengados para vencer y
ninguna otra cosa. En inglés se denomina winners a los ganadores
y loosers a los perdedores inveterados.
Los
ganadores no son los triunfalistas, sino quienes luchan para ganar,
lo hacen con habilidad, astucia e inteligencia, por lo que muy
difícilmente pierden. Los perdedores son torpes, obtusos e
ignorantes del campo en que se mueven, y pierden siempre. Aquí cuentan
los supersticiosos que consideran que el candidato es “mufa” o “yeta”, o
sea que traen mala suerte. En ese orden de ideas, los astrólogos,
quirománticos y adivinos ganan mucho dinero con sus pronósticos un poco
ambiguos y que se adaptan a varios candidatos por las dudas. No obstante
su imprecisión, muchos políticos serios consultan a los adivinos sobre
su suerte, como los romanos consultaban a los augures y los arúspices.
El efecto tranquilizante de una sentencia mágica puede ser completo, o
generar más inquietud aun en los obsesivos y otras patologías de raíz
psicológica más primitiva.
Los
reflexivos suelen ser los que han elegido votar a los candidatos
y partidos que interpretan mejor su modelo de hombre, de sociedad y su
particular cosmovisión, que construirán el mundo que quisiera para
sí y sus hijos. No les importa si las encuestas los favorecen o no, y
tampoco les importa demasiado si sus candidatos triunfan o pierden en
esta elección en particular, aunque preferirían que ganaran. Lo
importante para el reflexivo es haber elegido bien, y con eso ya
siente que ganará, pues otorgará poder a los representantes de sus
ideas. La consecuencia consigo mismos, hace que los reflexivos manejen
bien sus angustias y ansiedades respecto del triunfo o la derrota futura
de su partido.
Hay una
anécdota ejemplarizante al respecto. Cuando los negros ganaron el
derecho al voto en los Estados Unidos, le preguntaron a un hombre de esa
raza que poseía renombre por su sabiduría, a quién había votado.
Contestó: “Yo voté al mejor candidato y al único candidato por el que
podía votar”. Sorprendidos, le dijeron que era un fanático, a quién se
refería como al único candidato y el mejor. Y contestó: “El único
candidato al que yo podía votar era el que me dictaba la voz de mi
conciencia”. Habiendo cumplido este consejo, estaremos preparados para
el triunfo y la derrota.
ACTITUDES ANTE
EL RESULTADO
Antes que
nada, el triunfo electoral corresponde a los que han obtenido el mayor
número y porcentaje de votos. Pero hay varias concepciones del triunfo.
Uno es el anunciado. Otro es el de aquellos que, cualquiera sea el
resultado, han luchado bien, éticamente, con bravura, pero sin apearse
de sus principios. En el segundo caso, no obtendrán cargos de primer
orden, tal vez obtengan otros o ninguno, pero han triunfado moralmente.
El fracaso electoral es no haber alcanzado el número de votos esperado y
por tanto, los cargos que ellos conllevaban, o el máximo cargo en juego.
Cuando un
esfuerzo culmina con el éxito, los participantes se llenan de alegría y
gozo, y después del estrés de la campaña, recogen las “mieles del
triunfo”, y se valora el sacrificio como un eu-trés, o estrés
preparatorio de una reparación, recompensado con el reconocimiento
de que valió la pena todo el esfuerzo. Se dio un salto en el vacío y del
otro lado se encontró el escalón, algo de qué agarrarse con fuerza y
pasar al otro lado. Hay un “pasaje” del ‘antes’ al ‘después’ del acto
electoral.
Los ganadores
suelen adoptar diferentes posturas de acuerdo a su carácter. Mencionemos
tres: la euforia, la depresión y la serenidad. La euforia del candidato
ganador, lleva al mismo a un estado maníaco, por el que continúa la
campaña, no puede desasirse de la tensión pre-electoral, prosigue con el
mismo énfasis, repitiendo las bondades de su programa, de su persona,
con la aparición de elementos narcisísticos, que de acuerdo a cada
persona se expresará como consideración, generosidad hacia los vencidos,
cortesía sincera, o petulancia, orgullo, vanidad, soberbia, altanería,
autoritarismo. En ese “estado de gracia” se muestran como son, así como
en el estadio de fútbol se grita el gol en una suerte de psicosis aguda,
el vencedor muestra las aristas de su carácter.
El ganador
vive su “momento más glorioso”, tal vez el más glorioso de su vida
personal. Hay una suerte de expansión del espíritu, de magnanimidad, de
omnipotencia mágica, de realización de deseos, de felicidad. El estado
maníaco también puede provocar actitudes riesgosas de consumo de drogas,
alcohol, caravanas de victoria en vehículos sin seguridad, insomnio e
hiperactividad exagerada. El triunfalismo previo de la campaña puede
llevar a cometer errores a los candidatos. Cuando el escrutinio demora y
las encuestas a boca de urna son engañosas y disimiles, los candidatos
que se autoproclaman ganadores precozmente, hacen el ridículo si luego
no se confirma su triunfo.
Hay ganadores
que se deprimen al obtener el triunfo. Son los que Freud
denomina “Los que fracasan al triunfar”. En un trabajo así denominado
por su autor, dice: ”La privación de una satisfacción pasa a ser la
condición primera de la génesis de la neurosis. Así pues, quedamos
sorprendidos y desconcertados cuando hay quien enferma precisamente
cuando se le ha cumplido un deseo profundamente fundado y largamente
acariciado”...”y anula el disfrute del éxito logrado”. ”No es nada raro
que yo tolere un deseo mientras solo existe en calidad de fantasía
y me oponga cuando se acerca su cumplimiento y amenaza convertirse en
realidad”.
Pone el
ejemplo de lady Macbeth, el personaje de Shakespeare, quien se derrumba
después de una tremenda lucha y una vez alcanzado el éxito, lo mismo que
a Rebeca de Ibsen. El conflicto se genera en el complejo de Edipo, en el
que se aspira a algo prohibido, el incesto, y se inhibe ante el posible
acto. Traducido en otro código, podemos decir que la depresión del que
triunfa se debe a que reconoce que no es merecedor del mismo y que no
estará a la altura de las circunstancias, por motivaciones inconscientes
complejas que tienen que ver con sus conflictos con las figuras de
autoridad o sus padres. No son casos comunes. Los animales políticos no
lo sufren. Es cosa de los outsiders.
La postura
más adecuada frente al triunfo es la serenidad, esta es la actitud
esperada de los candidatos elegidos, quienes se apoyan en un
asentamiento firme como el apoyo popular para la aplicación de sus
proyectos y los de sus seguidores. “Aquí paz, y después gloria”, es una
frase que pone fin a un asunto enojoso. “La elección terminó, ahora haya
paz, reconciliémonos y restañemos nuestras heridas para trabajar todos
juntos”. El candidato sereno aquieta espíritus, calma a los violentos,
consuela a los desaforados, sosiega a los impacientes. Solo los
candidatos con salud mental pueden permanecer serenos en medio del
triunfo, y así debería ser siempre.
De las
actitudes ante el fracaso hemos seleccionado tres típicas: la depresión,
la liberación y la serenidad. La depresión ante el fracaso es resultado
de la mala elaboración el duelo por la pérdida. Todo duelo pasa por tres
etapas: 1) la conmoción y negación; 2) el dolor y la
depresión; y 3) la reparación en que todo vuelve a la normalidad,
con la experiencia incorporada.
1) Ante los
resultados adversos, el candidato puede reaccionar negándola: “No
puede ser”, rechaza a los amigos: “No quiero hablar”, reniega de sus
electores: “Traidores”. En estos casos, si no avanza el proceso de
duelo, se permanece en la negación, se pone en duda los resultados, se
apela a la Corte o Tribunal Electoral, se presta oídos a los que
denuncian un fraude, se convoca a conferencias de prensa donde no se
reconoce la derrota, anuncia que esperará hasta el escrutinio final o
definitivo. Es una suerte de renegación. Puede permanecer días o semanas
en este estadio primero.
2) Cuando ya
no puede negarse la derrota, se enfrenta a ella con dolor, depresión,
tristeza. La depresión puede darse completa, depende del grado de
psicopatología previa del candidato. Aparece el insomnio o el sueño
incontenible, falta de energía, pérdida de autoestima, autodesprecio,
aislamiento, disminución de actividad, falta de interés por actividades
gratas, irritabilidad o enfados excesivos, incapacidad de responder a
las alabanzas o recompensas en otros terrenos. Está menos hablador,
adopta una actitud pesimista frente al futuro, prorrumpe en llanto y a
veces en gritos, lo acosan pensamientos sobre el suicidio y hasta
realiza intentos sin o con éxito.
3) Pero
después de un tiempo variable para cada uno, depende de su grado de
neuroticidad -a mayor patología, duelo más largo y mal elaborado-, puede
llegar a la reparación y resignación.
Hay
candidatos que no olvidan nunca un fracaso electoral que les marca la
vida, pues su narcisismo ha sido herido y su afán de protagonismo ha
sido postergado. Es peor si sus aspiraciones fueron animadas por
encuestas triunfalistas, o si estaban en el poder y lo pierden pasando
al llano, o pierden su banca parlamentaria, o responden a una suerte de
designio hereditario familiar de ganadores, por lo que su fracaso no es
solo personal, sino familiar. Pero los animales políticos experientes se
reponen rápidamente de los fracasos. A veces demasiado rápido, lo que
lleva a pensar que se estancaron en la negación del fracaso y no
elaboraron la pérdida. Al día siguiente están convocando a sus
partidarios a reorganizarse para la próxima elección. Esto tampoco es
normal. La capacidad de superar la frustración de la derrota
forma parte de la salud mental. Los candidatos neurópatas no la poseen y
viven en medio de los duelos sin poder superarlos.
En segundo
lugar, ante el fracaso, hay candidatos que se sienten liberados. Por fin
terminó el examen y conozco los resultados, que no fueron buenos, pero
se acabó la duda. “Me voy para casa con el mate y las pantuflas...”. Se
sienten aliviados de una presión que en realidad no aceptaban o una
tarea que no les agradaba, consciente o inconscientemente. Son los que
fracasan al triunfar, pero al revés. Triunfan al perder. La
psicopatología actuante es la misma. Puede darse en los casos de
candidatos con apellidos famosos que se ven obligados por los seguidores
de sus ancestros a hacerle asumir responsabilidades que no desean. Pero
también puede darse en los casos de los outsiders verdaderos, no
los supuestos, que nunca aceptaron del todo su rol de candidatos y el
fracaso electoral lo viven como un triunfo interior, del que no son
culpables. “Si el pueblo no me eligió, la culpa no es mía...”. “Yo nunca
fui político”. “Vuelvo a mi profesión”.
Pero, en
tercer lugar, lo que se espera es que el candidato que no triunfa
conserve la serenidad. Es más difícil conservarla en la derrota que en
el triunfo, pero hay personalidades equilibradas que están preparadas de
antemano para cualquier resultado, pues saben que las reglas del juego
son esas. No hay estratega que no planee una retirada digna entre sus
planes de batalla. Son los que felicitan al adversario, lo van a abrazar
a su casa, reconocen la derrota oportunamente y no después que hasta el
último votante está enterado del resultado definitivo y ellos se han
pasado haciendo cálculos engañosos en su cubil, para no aceptar la
verdad. Son los que ofrecen su colaboración para trabajar juntos desde
la oposición, con lealtad y patriotismo, etcétera. No pierden el buen
humor y consuelan a sus partidarios deprimidos, a los desesperados,
frustrados. Convierten el fracaso en un triunfo moral. Conservan “la paz
interior, el primero de los bienes después de la salud”, como decía La
Rochefoucauld.
Freud,
Sigmund
(1916): LOS QUE FRACASAN AL TRIUNFAR, En su: “Obras Completas”,
TIII. P.2416-2426, Biblioteca Nueva, Madrid, 3ª, 1973.
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