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Es natural
que el político forma parte de un grupo social primario, junto sus
padres y hermanos que vivan con él cuando empieza sus actividades. Más
tarde, cuando forma su propia familia son la esposa y sus propios hijos
los que forman su nuevo grupo familiar. Cada uno de ellos es muy
importante en la actividad política, porque dependen de las
motivaciones que llevaron al político a incursionar en el campo,
dependientes del grupo. A veces, es una familia que no le da espacio en
el grupo y debe creárselo en una proyección fuera de la familia. Pero lo
más común es que el miembro político del grupo sea el líder de esa
familia, y que tenga responsabilidades económicas, afectivas y sociales
sobre cada uno de los miembros. Por tanto, su presencia familiar será
menor en el grupo, aunque su influencia se conserve o incremente.
La
familia debe recomponer sus roles y funciones para poder integrar al
político. Esta recomposición no se produce sin conflictos. Los hijos
pueden reclamar su presencia. Margaret Thatcher decía que desde que
empezó su militancia política sus hijos quedaron a cargo de una niñera y
ella era “madre telefónica”. Hay varones políticos que ni siquiera
llaman por teléfono a sus hijos, se olvidan de los cumpleaños y
aniversarios, y son las secretarias las que deben recordárselo, comprar
y enviar el regalo o las flores. Su esposa también lo necesita como par
parental en la educación de sus hijos, amén de otros aspectos que
veremos luego, en el capítulo sobre la mujer del político. Una
familia funcional, sana, que cubra la retaguardia y sea testimonio
de una salud mental y social vigorosa del político, es de importancia
básica en la vida personal y social del mismo.
Por eso
es necesario que la familia apoye sin reservas, sobre todo el o la
cónyuge. También sirve la tradición familiar, y hay apellidos que se
repiten en candidatos de cada partido, quienes siguen los pasos del papá
o tío, hermano o abuelo famoso. El “producto” ya tiene apellido
registrado. No en balde los descendientes de los próceres toman la
antorcha, bañados por la aureola del pariente líder.
Hay
familias con pretensiones manifiestas de “servidores del Estado” que
promueven la participación política obligada de sus miembros, sobre todo
varones, la que se constituiría en un motivo de desequilibrio mental,
según Mira y López (76), en el punto 3 que veremos en el próximo
capítulo: Hay “un conflicto entre lo que el sujeto cree que es su deber
y lo que los demás creen que es tal deber”. El “peso” del apellido a
veces es insoportable para algunos y se lo cambian o reniegan de él. Ya
veremos que la viuda o huérfana del líder puede ocupar su lugar. Lo
importante es el apellido Pero téngase en cuenta que convivir
cotidianamente con la actividad política de un familiar cercano,
constituye una escuela formativa que no debe despreciarse. Para bien o
para mal. |