POLÍTICOS HISTÉRICOS

Andrés Flores Colombino

Médico psiquiatra y geriatra gerontólogo

Residente en Montevideo, Uruguay 

                                                              


 
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Product Details
  • Unknown Binding: 204 pages
  • Publisher: A&M Ediciones (1999)
  • Language: Spanish
  • ISBN-10: 9974759404
  • ISBN-13: 978-9974759404
Extraído del libro "El Animal Político – Psiquiatría y Poder."[1] (1999) - Cap. 5f "POLÍTICOS HISTÉRICOS"
con permiso del Autor

 

  Otro carácter pintoresco que es típico de cualquier actor, sea de cine, teatro o de este campo, es el político histérico. La gente suele imaginar a un histérico como a una persona desaforada, que grita y se descontrola, que camina por las paredes. Pero psicológicamente, el histérico es mucho más definido y menos escandaloso, aunque pintoresco. Es el actor nato: el histriónico, que así también se lo llama, necesita ser el centro de atención en el escenario de su vida  y reclama un auditorio o espectadores como estímulo para su accionar diario, para vivir. Es vivaz, seductor por antonomasia y dramático en todo.

 

  Si está solo se siente desgraciado, pero ante otros, es capaz de grandes rendimientos intelectuales, emocionales y de actuación. Necesita llamar la atención, brillar, ser considerado por todos, aun por los adversarios. Tolera muy mal un ataque, una crítica, igual que el paranoico. Pero de manera distinta a este último, pues el histérico hace todo por agradar, trata de quedar bien con todos, seducirlos repartiendo sonrisas, haciendo regalos, adulando y perdonando lo que sea, adoptando posturas demagógicas y permisivas para que lo crean tolerante, compasivo y bueno. Llora si es necesario.

 

  Su tendencia es a falsificar la realidad, sin pudor, para obtener la aceptación y cautivar a sus amigos y enemigos. Por eso inventa historias o enfermedades para despertar lástima y atención. No duda en cambiar de posición en 180º -y  volver a los 360 º- si es necesario o lo exigen las circunstancias o el auditorio de turno, efectuando falsas promesas que sabe que nunca podrá cumplir, o mediante el autoengaño, sobrevalorando sus fuerzas. Miente, al igual que los psicópatas, pero no para explotar al otro y usarlo, sino para ganar su afecto, su voto si es posible.

 

  ‘Habla bien’ de los demás, con gran contundencia y poco fundamento. Todas son “buenísimas personas” para él. Tiene muchos amigos aparentes, a sobre todo buscan la relación con los influyentes para jactarse de contar con su apoyo mágico. Dice ser intuitivo. Pero es muy influenciable por los demás, adoptando convicciones ajenas con rapidez. Practica el gatopardismo –cambiar un poco para no cambiar nada-, y la simulación camaleónica, aunque no pierde su hábito de pavo real. No hay nada que le agrade más que estar rodeado de poderosos, con una gran sonrisa, llamando la atención por el vestido atildado, la forma cortés, suave, poco agresivo, un poco niño, confianzudo, muy sugestionable, inestable.

 

  El político histérico es voluble y a la larga queda en la historia del partido como un figurón que animaba las fiestas y utilizaba su apariencia para llamar la atención, gastando mucho tiempo y energía en impresionar a los demás.  Repasa una y otra vez sus pasadas y anodinas glorias registradas en los periódicos o en las condecoraciones, creando los famosos mitos familiares del tío que llegó a diputado suplente, a edil o a secretario, a convencional aunque sea, y que le publicaron dos notas con fotos en el diario del sector. Su familia puede tomarlo en serio y lo transforma en el mito: ella también fue seducida y la transmite por generaciones. Su afán de figurar fue logrado. En familia al menos. A veces trasciende un poco más.  

   


[1] INTRODUCCIÓN DEL AUTOR.   Este trabajo pretende ser un estudio psicosocial de la política como ciencia, arte y ética, y de los políticos como los individuos que practican esta actividad de enorme trascendencia para las sociedades y cada uno de sus integrantes.

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