|
Otro carácter
pintoresco que es típico de cualquier actor, sea de cine, teatro o de
este campo, es el político histérico. La gente suele imaginar a un
histérico como a una persona desaforada, que grita y se descontrola, que
camina por las paredes. Pero psicológicamente, el histérico es mucho más
definido y menos escandaloso, aunque pintoresco. Es el actor nato: el
histriónico, que así también se lo llama, necesita ser el centro de
atención en el escenario de su vida y reclama un auditorio o
espectadores como estímulo para su accionar diario, para vivir. Es
vivaz, seductor por antonomasia y dramático en todo.
Si está solo
se siente desgraciado, pero ante otros, es capaz de grandes rendimientos
intelectuales, emocionales y de actuación. Necesita llamar la atención,
brillar, ser considerado por todos, aun por los adversarios. Tolera muy
mal un ataque, una crítica, igual que el paranoico. Pero de manera
distinta a este último, pues el histérico hace todo por agradar, trata
de quedar bien con todos, seducirlos repartiendo sonrisas, haciendo
regalos, adulando y perdonando lo que sea, adoptando posturas
demagógicas y permisivas para que lo crean tolerante, compasivo y bueno.
Llora si es necesario.
Su tendencia
es a falsificar la realidad, sin pudor, para obtener la aceptación y
cautivar a sus amigos y enemigos. Por eso inventa historias o
enfermedades para despertar lástima y atención. No duda en cambiar de
posición en 180º -y volver a los 360 º- si es necesario o lo exigen las
circunstancias o el auditorio de turno, efectuando falsas promesas que
sabe que nunca podrá cumplir, o mediante el autoengaño, sobrevalorando
sus fuerzas. Miente, al igual que los psicópatas, pero no para explotar
al otro y usarlo, sino para ganar su afecto, su voto si es posible.
‘Habla bien’
de los demás, con gran contundencia y poco fundamento. Todas son
“buenísimas personas” para él. Tiene muchos amigos aparentes, a sobre
todo buscan la relación con los influyentes para jactarse de contar con
su apoyo mágico. Dice ser intuitivo. Pero es muy influenciable por los
demás, adoptando convicciones ajenas con rapidez. Practica el
gatopardismo –cambiar un poco para no cambiar nada-, y la simulación
camaleónica, aunque no pierde su hábito de pavo real. No hay nada que le
agrade más que estar rodeado de poderosos, con una gran sonrisa,
llamando la atención por el vestido atildado, la forma cortés, suave,
poco agresivo, un poco niño, confianzudo, muy sugestionable, inestable.
El político
histérico es voluble y a la larga queda en la historia del partido como
un figurón que animaba las fiestas y utilizaba su apariencia para llamar
la atención, gastando mucho tiempo y energía en impresionar a los
demás. Repasa una y otra vez sus pasadas y anodinas glorias registradas
en los periódicos o en las condecoraciones, creando los famosos mitos
familiares del tío que llegó a diputado suplente, a edil o a
secretario, a convencional aunque sea, y que le publicaron dos notas con
fotos en el diario del sector. Su familia puede tomarlo en serio y lo
transforma en el mito: ella también fue seducida y la transmite por
generaciones. Su afán de figurar fue logrado. En familia al menos. A
veces trasciende un poco más.
|