|
|
Entre las fotos más
emblemáticas que obtuvieron los reporteros de Última Hora durante los
sucesos del Marzo paraguayo hay una, dramática, estremecedora, que
muestra al entonces diputado del Encuentro Nacional, Marcelo Duarte, con
el rostro y la camisa ensangrentados por un golpe recibido en la cabeza,
durante la primera represión ocurrida el martes 23, en la esquina del
Palacio de Gobierno.
En esa foto, pálido y desencajado, apenas sostenido por otros
jóvenes de la plaza, el legislador se levanta altivo, rebelde, valiente,
gritando su indignación contra los represores del gobierno oviedista.
Era el mismo Marcelo Duarte que en la trágica noche del viernes
26 de marzo de 1999 fue visto en la plaza ayudando a rescatar a los
heridos y muertos que iban cayendo, unos tras otros, bajo las balas
asesinas disparadas desde las sombras.
Era el mismo –¿era el mismo?– Marcelo Duarte, ahora senador por
el partido Patria Querida, que antes de ayer, jueves 29 de junio de
2006, en el pleno de la Cámara de Senadores, junto a la gran mayoría de
los legisladores de la oposición, levantó su mano para votar por el
oviedista Enrique González Quintana –acusado y condenado por la Justicia
a 30 meses de prisión por su participación en el ataque a los
manifestantes de la plaza–, y elegirlo nuevo presidente del Poder
Legislativo.
No sé... Me gustaría saber qué pensó y qué sintió Marcelo en el
preciso momento de votar por González Quintana, por Lino Oviedo. ¿No le
tembló la mano? ¿No se ruborizó? ¿No sintió vergüenza? ¿Qué ha cambiado
en él, en estos siete años y pocos meses desde aquella foto, para ser
tan distinto de lo que entonces fue?
Me gustaría saber qué pensaron y qué sintieron cada uno de los
senadores de Patria Querida, el nuevo partido que nació tomando el
nombre y el símbolo más fuerte de aquella gesta ciudadana, ese himno
tantas veces entonado en la plaza heroica: "...robusto el cuerpo, la
frente siempre erguida...". Allí, en la aséptica soledad del plenario,
¿no les incomodó el eco de las barricadas juveniles, el aullido de las
sirenas, el tableteo de las balas, los gritos de dolor y de rebeldía, la
luminosidad de aquella sangre mártir derramada... que llegaban desde la
plaza, aún siete años después?
Confieso que de los liberales no esperaba otra cosa. Ellos ya
nos habían curado de espanto en la campaña vicepresidencial de 1999,
cuando fueron capaces de vender el alma por un precio tan exiguo que
haría empalidecer al mismo Fausto. También el Encuentro Nacional y País
Solidario ya se habían encargado de demoler las esperanzas ciudadanas de
que aparezca una nueva generación de dirigentes partidarios honestos,
idealistas, patriotas, dignos, que demuestren con su ejemplo nuevas
formas de hacer política, lejos de la corrupción, del prebendarismo, de
la transa, del pokarê.
Yo pecador de ingenuidad, aún esperaba que algunos de los
exponentes de Patria Querida fueran capaces de resistirse a caer en los
vicios de la politiquería criolla, dando testimonio de que más vale
perder la coyuntural dirigencia del Congreso antes que traicionar los
principios y los sueños de la gente que anhela un país diferente. Me
equivoqué.
Hace unos años publiqué un artículo, en el cual defendía la idea
de que no todos los políticos son iguales, y me atrevía a dar nombres de
dirigentes que me parecían diferentes y creíbles. Hoy ya no tengo ningún
nombre.
¿No queda un solo político en quien creer? Aún así, no pierdo
las esperanzas de que, más temprano que tarde, el pueblo paraguayo sea
capaz de engendrar los dirigentes políticos que realmente se merece, y
que le ayudarán a cambiar su trágico destino.
 |