¿NO QUEDA UN SOLO POLÍTICO EN QUIEN CREER?

Andrés Colmán Gutierrez

   

 

 

 

 

Entre las fotos más emblemáticas que obtuvieron los reporteros de Última Hora durante los sucesos del Marzo paraguayo hay una, dramática, estremecedora, que muestra al entonces diputado del Encuentro Nacional, Marcelo Duarte, con el rostro y la camisa ensangrentados por un golpe recibido en la cabeza, durante la primera represión ocurrida el martes 23, en la esquina del Palacio de Gobierno.


        En esa foto, pálido y desencajado, apenas sostenido por otros jóvenes de la plaza, el legislador se levanta altivo, rebelde, valiente, gritando su indignación contra los represores del gobierno oviedista.


        Era el mismo Marcelo Duarte que en la trágica noche del viernes 26 de marzo de 1999 fue visto en la plaza ayudando a rescatar a los heridos y muertos que iban cayendo, unos tras otros, bajo las balas asesinas disparadas desde las sombras.


         Era el mismo –¿era el mismo?– Marcelo Duarte, ahora senador por el partido Patria Querida, que antes de ayer, jueves 29 de junio de 2006, en el pleno de la Cámara de Senadores, junto a la gran mayoría de los legisladores de la oposición, levantó su mano para votar por el oviedista Enrique González Quintana –acusado y condenado por la Justicia a 30 meses de prisión por su participación en el ataque a los manifestantes de la plaza–, y elegirlo nuevo presidente del Poder Legislativo.


        No sé... Me gustaría saber qué pensó y qué sintió Marcelo en el preciso momento de votar por González Quintana, por Lino Oviedo. ¿No le tembló la mano? ¿No se ruborizó? ¿No sintió vergüenza? ¿Qué ha cambiado en él, en estos siete años y pocos meses desde aquella foto, para ser tan distinto de lo que entonces fue?


        Me gustaría saber qué pensaron y qué sintieron cada uno de los senadores de Patria Querida, el nuevo partido que nació tomando el nombre y el símbolo más fuerte de aquella gesta ciudadana, ese himno tantas veces entonado en la plaza heroica: "...robusto el cuerpo, la frente siempre erguida...". Allí, en la aséptica soledad del plenario, ¿no les incomodó el eco de las barricadas juveniles, el aullido de las sirenas, el tableteo de las balas, los gritos de dolor y de rebeldía, la luminosidad de aquella sangre mártir derramada... que llegaban desde la plaza, aún siete años después?


        Confieso que de los liberales no esperaba otra cosa. Ellos ya nos habían curado de espanto en la campaña vicepresidencial de 1999, cuando fueron capaces de vender el alma por un precio tan exiguo que haría empalidecer al mismo Fausto. También el Encuentro Nacional y País Solidario ya se habían encargado de demoler las esperanzas ciudadanas de que aparezca una nueva generación de dirigentes partidarios honestos, idealistas, patriotas, dignos, que demuestren con su ejemplo nuevas formas de hacer política, lejos de la corrupción, del prebendarismo, de la transa, del pokarê.


        Yo pecador de ingenuidad, aún esperaba que algunos de los exponentes de Patria Querida fueran capaces de resistirse a caer en los vicios de la politiquería criolla, dando testimonio de que más vale perder la coyuntural dirigencia del Congreso antes que traicionar los principios y los sueños de la gente que anhela un país diferente. Me equivoqué.


        Hace unos años publiqué un artículo, en el cual defendía la idea de que no todos los políticos son iguales, y me atrevía a dar nombres de dirigentes que me parecían diferentes y creíbles. Hoy ya no tengo ningún nombre.


        ¿No queda un solo político en quien creer? Aún así, no pierdo las esperanzas de que, más temprano que tarde, el pueblo paraguayo sea capaz de engendrar los dirigentes políticos que realmente se merece, y que le ayudarán a cambiar su trágico destino.

  

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