CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

Agustín Barúa

artículo redactado en colectivo con trabajadores de salud: psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales, abogados, psicoanalistas. 

                                                              

 

 

 

 

CRÓNICA DE UNA (OTRA MÁS)  MUERTE (ASESINATO)  ANUNCIADA (Y EVITABLE)

Otra negligencia más del gobierno y su desatención a la salud pública

 

Junio, 2006: Sofía Acuña, 37 años, madre de nueve hijos, vivía en Palmital, una compañía de Itapúa. Cuando su comportamiento empezó a volverse “raro”, como les había pasado a su mamá y a su hermana en el pasado, su marido se movilizó para conseguir ayuda. Consiguió quien le escriba una nota al intendente de su distrito pidiendo transporte y ayuda económica. Él firmó con el pulgar.

 

La ayuda llegó, y pudo traerla a Asunción en ambulancia. Antes de salir le aplicaron algo para que viaje tranquila, y así asistieron al Hospital Psiquiátrico. Era la primera vez que llegaban allí. En urgencias él dio las explicaciones que pudo y se apresuró a volver con la ambulancia que les trajo: mucha familia le esperaba en casa, y confiaba que su pareja estaría bien atendida. Tampoco había dinero para derrochar en pasaje.

 

Sólo 3 días habían pasado cuando el sábado 15 de junio le llegó la noticia que su señora había muerto en el Hospital. Un accidente poco claro.

 

No hubo testigos de lo que pasó. En la prensa masiva, que suele gustar de los escándalos casi fue inexistente. Si no hubiera sido por la declaración enfermiza y amenazantemente sincera de la homicida ­­-"si alguien me molesta otra vez le voy a hacer lo mismo"- lo que pasó sería todavía más oscuro. El cuerpo de Sofía tenía los rastros de la alienada furia de la otra persona internada que la atacó: fue golpeada en la cara, le rompieron la mandíbula y otros huesos, tenía los ojos hinchados y amoratados, y rastros en los brazos de haber forcejeado.

 

Ocurrió de madrugada. En una sala de internación para 30 mujeres (con situaciones de excitación, agresividad, insomnio), donde las 50 que viven ahí deben compartir camas o dormir en el piso. Sofía, en la confusión de su estado, ocupó la cama de su atacante, quien decidió darle una lección definitiva.

 

El personal de blanco sólo llegó a las consecuencias, y una historia ficticia y culposa, impulsada desde las autoridades del hospital, cubrió la ausencia.

 

Pasó. No es la primera vez. Si no cambian las cosas, no será la última.

 

¿Qué sucede con las unidades de salud mental descentralizadas del ministerio de salud? ¿Y la tan promocionada reingeniería del hospital psiquiátrico?¿Cuál es la “alienada furia” de este gobierno –otro gobierno “democrático”mas- que prefiere invertir en represión y desigualdad, priorizando negociados y mafias antes que la cobertura mínima, por ejemplo, en salud pública?

 

Los manicomios son lugares peligrosos, son lugares degradantes para los que viven ahí, aunque tengan otra mano de pintura, aunque la comida esté mejor, aunque haya colchones nuevos de vez en cuando.

 

Además, y especialmente, ¿Qué hacemos cuando los manicomios están dentro de las cabezas –con la lógica de encierro, marginación, estigmatización, con discriminación sobretodo hacia las desposeídas- y no nos damos cuenta?

 

¿Qué vamos a hacer para cambiar las cosas?

 

         

 

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